Política

La identidad del PSOE

La Razón
La RazónLa Razón

Atiendo con gusto la petición del director de este periódico para escribir unas líneas sobre el PSOE, porque hay cosas incuestionables que, aunque se conocen, quizá convenga recordar. El PSOE es el partido con más historia de nuestro país. Es el partido que más elecciones ha ganado en la democracia nacida en 1978. Es decir, el que más apoyo popular ha recibido en los últimos 35 años. Es, también, el único partido que no ha cambiado de siglas... ni sus referencias históricas. Y, del mismo modo, es un partido que ha sabido ganar y perder; nunca se escuchó desde nuestras filas cuestionamiento alguno de los resultados electorales.

Hemos sido leales al pacto constitucional, leales al pluralismo político y social, a la modernización de España, a la construcción del Estado del Bienestar, a la extensión de los derechos y libertades individuales. Y, de manera singular, pusimos todo nuestro empeño en el fin de la peor lacra que hemos vivido en las últimas décadas: el terrorismo.

Y nuestra identidad socialdemócrata tampoco es discutible. Como un partido socialdemócrata de referencia es precisamente como se ve al PSOE más allá de nuestras fronteras. Una mirada desde el exterior que es un buen espejo para reflejarnos, seguramente más fiel que la imagen interna, tantas veces salpicada por la contienda partidista.

Historia, memoria, lealtad e identidad... son valores que explican la fuerza social del PSOE. Y también su capacidad de autocrítica. Siempre hemos sabido digerir una derrota después de sufrirla y seguir sirviendo al país desde nuestras convicciones.

Ésa es la tarea en este momento, recuperar la confianza de la sociedad a partir de la confianza en nosotros mismos, con un secretario general al frente, Pedro Sánchez, que ha sido elegido tan democráticamente, a través de unas primarias, y que cuenta con elrespaldo del partido, como el que disfrutamos quienes le precedimos en tal alta responsabilidad. No es la primera vez que hay intentos, legítimos, claro está, de sustituir al PSOE como alternativa mayoritaria de la izquierda, intentos que no han prosperado porque no es fácil improvisar ese caudal de historia, lealtad, memoria e identidad.

Ciertamente, las últimas derrotas electorales han reabierto el debate sobre la capacidad del PSOE para erigirse de nuevo en mayoría de gobierno. Por eso, quizá sea útil recalcar que un partido como el nuestro puede perder unas elecciones pero no su aptitud para seguir identificando el sentido profundo del trayecto que la sociedad española ha querido para sí desde la recuperación de la democracia.

Es verdad que, en un contexto de grave crisis económica, la identidad de la socialdemocracia se pone más a prueba que nunca, al tener que transitar por un estrecho pasillo, cuando no un verdadero desfiladero, entre la razonabilidad de lo económico y la ambición social. Y ésta es la explicación más de fondo de las dificultades actuales del PSOE para conformar una vez más una mayoría autónoma para gobernar.Es razón de ser de una democracia pluralista que siempre puedan cambiar las opciones mayoritarias, e incluso surgir nuevas fuerzas y desaparecer otras. Pero esa misma razón de ser de la democracia, como proceso abierto, no excluye –más bien convierte en verosímil– que las opciones que han sabido arraigar como mayoritarias en un determinado periodo histórico, y volvieron a hacerlo después de renovarse, consigan de nuevo merecer la confianza de amplios sectores sociales.

En los próximos meses, los ciudadanos decidirán. Y cabe desear que esa decisión sea más fruto de la deliberación democrática que de la confrontación y de las simplificaciones abusivas. Porque, en este último sentido, espero que se comprenda que cada vez que escucho que el PSOE y el PP son lo mismo, no pueda dejar de recordar la oposición que el PP desplegó frente a mi gobierno y sus principales iniciativas, oposición que respeto como opción política, pero que fue la que fue.

No ignoro que la crítica a la política se ha intensificado en este tiempo, aunque no creo que ello sea una mala señal para nuestra democracia ni para la política misma. Pero exige un esfuerzo de más explicación, de más creatividad y de mayor compromiso. Porque no hay duda de que la sociedad espera nuevas respuestas, nuevas iniciativas y actitudes ante las grandes incertidumbres del momento que vivimos. En mi opinión, esas respuestas no las vamos a encontrar en algo parecido a hacer tabla rasa de lo que somos como país. Deben ser, eso sí, la consecuencia de un robusto proceso de debate democrático. Y no hay debate si se produce una suerte de negación apriorítica de las opiniones que no coinciden con las nuestras. Hay que asumir con naturalidad el contraste democrático con nuevos actores, con nuevas posiciones. Todos deberíamos hacerlo.

El PSOE nunca ha rehuido el debate y no lo va a hacer ahora. Y porque hemos sabido interpretar la pluralidad constitutiva de la sociedad y la contingencia de la historia, podemos ser de nuevo, con la humildad de quien no se siente infalible, la alternativa para la mayoría.

La política no es nueva o vieja, es sencillamente más o menos sensible, mas o menos útil, a los intereses y aspiraciones de los ciudadanos. Siempre he pensado que la opción más deseable para el gobierno de una sociedad democrática es aquella que no cree en los milagros ni en la apropiación de los valores que son de todos, aquella que permite el más amplio crecimiento de la libertad y el afán por la cohesión social, y, si se me permite, la que sabe perder con dignidad y vencer con contención.

Por todo ello, mi lealtad al PSOE.