La presidenta que no será y el president fugado

La batalla empieza ahora: el puzzle catalán queda abierto con Ciudadanos cuadriplicando unos resultados sin precedentes, y una lucha fratricida que se avecina entre JxCAT y ERC: con un candidato fugitivo que puede ser detenido en cuanto pise suelo español y un presidiario pendiente de la decisión de un juez.

La batalla empieza ahora: el puzzle catalán queda abierto con Ciudadanos cuadriplicando unos resultados sin precedentes, y una lucha fratricida que se avecina entre JxCAT y ERC: con un candidato fugitivo que puede ser detenido en cuanto pise suelo español y un presidiario pendiente de la decisión de un juez.

Una noche de infarto, resultados ajustados, un empate con desenlace imprevisible y una participación histórica. Nada en estas elecciones en Cataluña, las cuartas en siete años, ha sido tranquilo y normal. Por vez primera esa mayoría silenciosa, aplastada por el independentismo, ha hablado logrando un avance del bloque constitucional sin precedentes. Y nadie puede negar que con tan solo diez años de vida política, Ciudadanos ha sido la gran marca revelación con un vuelco inesperado hace años con una candidata, Inés Arrimadas, que marca todo un hito contra el soberanismo. Pero la fractura, la profunda división de la sociedad catalana, aflora de nuevo como un veneno difícil de combatir. Los partidos separatistas no bajan en absoluto, antes bien, pueden mover la máquina para que en el Palau de La Generalitat entre un inquilino con la holgura suficiente para gobernar sin problemas.

La pugna entre Ciudadanos y Esquerra Republicana, que parecía inevitable, se dio al traste con la súbita sorpresa de Carles Puigdemont y su candidatura, Junts x Cataluña. Lo que parecía cantado, un partido joven frente a otro con ochenta y seis años de historia. Una candidata gaditana, explosiva, fresca y atractiva, frente a un dirigente preso convincente con sus ideas secesionistas. Todo esto se rompió con la inesperada subida de un ex presidente fugitivo que pasó olímpicamente de su partido, que lo desafió abiertamente con una jefa de campaña fuera ya del PDECaT, que se puso el mundo por montera y que es la prueba palpable de que nunca, en política, hay enemigo pequeño. Quienes daban por amortizado a Puigdemont, entre ellos muchos políticos, empresarios y sociólogos, se rasgaban anoche las vestiduras y, muchos de ellos, proferían un lamento: «Esta es una sociedad enferma».

Puede ser una buena reflexión que se da de bruces con una cruda realidad. El fenómeno Ciudadanos emerge con fuerza, pero los separatistas mantienen su desafío e, incluso, lo incrementan. La pugna entre ellos será terrible, toda vez que los antisistema de las CUP ya han expresado su apoyo a quien consideran el presidente legítimo de La Generalitat, en su exilio belga, frente al preso Junqueras en Estremera. Ironías del destino, Puigdemont ha logrado lo que jamás pudo soñar Artur Mas, ser el auténtico mártir, el mesías del «procés». En el polo contrario, Cs ha logrado un hito histórico. Impulsado por prestigiosos intelectuales como Francesc de Carreras, Félix de Azúa, Xavier Pericay o Albert Boadella, con el objetivo de recoger el hartazgo hacia las formaciones tradicionales, el balance no ha podido ser mejor desde aquel siete de junio de 2005 en que lanzaron su primer manifiesto y, un año después, su puesta de largo en el teatro Tívoli de Barcelona. Con una profunda ideología de centro puro, libertad e igualdad, bilingüismo y Constitución, Cs cuadriplica unos resultados sin precedentes.

La batalla por el liderazgo separatista se avecina cruenta. Esquerra Republicana de Cataluña, el partido de Francesc Macía y Lluis Companys, no podrá ya mantener en solitario la antorcha de la independencia. Sin un líder visible enesta campaña, a Oriol Junqueras no le ha salido bien su arresto carcelario en Estremera frente a los réditos de Carles Puigdemont en su cobarde huida a Bruselas. El mártir, el mesías ha sido Puigdemont, contra todas las expectativas. El candidato autodescartado resurge de las cenizas de la antigua Convergencia y está por ver hasta dónde llega ahora la pugna por el liderazgo del separatismo y su posible sillón en La Generalitat. Una lucha fratricida entre el fugado que se siente presidente legítimo con una intensa campaña mediática, y el encarcelado que quiso, y no lo logró, rentabilizar su tristeza entre los muros de Estremera como auténtica víctima del «procés». En este entramado y complejo escenario aparece tal vez, como un Borgen en los helados páramos políticos catalanes, el socialista Miquel Iceta, que mejorando los resultados del PSC aspiraba a ser el señor de los pactos. Está por ver cómo acaba el pugilato feroz que se avecina entre Junts x Cataluña y ERC, entre un fugitivo que puede ser detenido en cuento pise suelo español y un presidiario cabizbajo pendiente de la decisión de un juez para recoger su acta de diputado. Este relato, ni en las mejores novelas podría imaginarse, pero lo cierto es que los resultados de este 21-D revelan un fenómeno político sin precedentes en Ciudadanos, y una lucha fratricida entre los independentistas. La historia política demuestra una vez más que no hay enemigo pequeño y que un aspirante a vencedor, Oriol Junqueras, ha caído en manos de quien fue un títere de las CUP, y ahora, le ha pisado los talones.

Esta es la historia de unas elecciones atípicas, malévolas, contaminadas y decisivas en el resto de España. Quien no quiera verlo, se engaña. Con una injusticia clarísima, la de Xavier García-Albiol, un hombre honesto, valiente, buen gestor en el ayuntamiento de Badalona, que ha pagado muy caro la marca del PP en Cataluña y las costuras del 155. Muchos ahora le cuestionarán, pero los errores habrá que ponerlos en otro lado. El auge de Ciudadanos en el espectro del centro-derecha es ya imparable, lo que exige una reflexión profunda en muchos estrategas del PP únicamente apegados a sus despachos, olvidados de su votante tradicional. Esto en política siempre pasa factura.

La resaca electoral no acaba y la verdadera batalla va a empezar ahora. Habrá muchos ciudadanos que se preguntarán, con estupor y razón, de qué sirve su voto ante una aritmética de pactos post-electorales. Y por qué, de una vez, no se modifica una ley electoral totalmente absurda que ofrece al votante un fraude en toda regla. El puzzle catalán está abierto sin que nadie sepa todavía cómo va a terminar. Aquí radica la gran pregunta: ¿Quién será finalmente presidente o presidenta?. ¿Tiene La Generalitat nombre de mujer o de hombre?. Porque de no verlo claro con altura de miras, en este baile de intereses, volvemos al principio. Es decir, a las urnas. Menuda decepción.