La revolución de los jubilados

El juicio de Mas arrastra a miles de retirados de toda Cataluña en autobús a las puertas del TSJC. Muchos acudieron con un cancionero para la ocasión, aunque el sonido protagonista en el paseo Lluís Companys fue el de Catalunya Ràdio.

Ambiente en las calles de Barcelona durante el acompañamiento, ayer, a Artur Mas y las ex consejeras Irene Rigau y Joana Ortega
Ambiente en las calles de Barcelona durante el acompañamiento, ayer, a Artur Mas y las ex consejeras Irene Rigau y Joana Ortega

El juicio de Mas arrastra a miles de retirados de toda Cataluña en autobús a las puertas del TSJC. Muchos acudieron con un cancionero para la ocasión, aunque el sonido protagonista en el paseo Lluís Companys fue el de Catalunya Ràdio.

Los protagonistas del proceso soberanista en Cataluña suelen moverse entre lo grandilocuente y lo naíf. Un día se autoproclaman como integrantes del «movimiento democrático más poderoso, pacífico y cívico» de toda Europa y, al día siguiente, dicen estar al frente de «la revolución de las sonrisas». Ciertamente, el ejército independentista de Cataluña no cuenta con armas de fuego, pero se apaña con otros pertrechos no menos intimidatorios. La mayor parte de su infantería –al menos la desplegada ayer en el paseo Lluís Companys de Barcelona– ha llegado a la senectud con enorme vigor y con ganas de agitar banderas. Para que sus «estelades» tengan altura de cometa, los veteranos soldados del «Procés» se sirven de cañas de pescar, lo cual sugiere que la revolución de los jubilados no tiene raíces demasiado urbanitas.

Decenas de autocares (hasta sumar un total de 157) llegan de toda Cataluña a primera hora de la mañana a las proximidades del Arc de Triomf de Barcelona, donde los organizadores han desplegado un cartel gigantesco con un lema que no decepciona: «Love democracy» (Amor a la democracia), un presunto homenaje a Pau Casals y a su discurso ante la ONU que engrosa la lista de consignas internacionales del soberanismo. Es inolvidable, por ejemplo, aquella que dirigieron a Obama en su día: «Mr. President, catalans vote freedom. 9N2014» (Señor Presidente, los catalanes votan libertad).

Una pequeña parte de los manifestantes ha escoltado a Artur Mas desde el Palau de la Generalitat al Arc de Triomf para dar sentido a uno de los mensajes que más reconforta al ex president: «Si alguna vez se siente solo, sepa que tiene un pueblo detrás».

Nadie dijo que el pueblo se colocaría detrás suyo con cañas de pescar ni con cancioneros que incluyen letras como la de «Cómo hacer una tortilla», unos versos que dejan a Rodolfo Chikilicuatre a la altura de Bob Dylan.

Mas, un hombre adicto a los días históricos y a la épica, camina a buen ritmo desde la plaza Sant Jaume, de donde sale sobre las 8.15 horas. Distribuye la mirada hacia ambos lados y asiente cada vez que oye un grito entusiasta. El ex presidente de la Generalitat, quizá el primero de la historia que citó a Gandhi, levita durante un kilómetro hasta llegar al Arc de Triomf, al pie del Palau de Justícia. Sube las escaleras para dirigirse al banquillo de los acusados y antes de cruzar el umbral empuña los pulgares en señal de victoria. Pone fin así a cinco años en los que ha saludado invariablemente a las masas con cuatro dedos para simular la bandera cuatribarrada de Cataluña, un gesto que nunca contribuyó a mejorar su carisma.

Las masas parecen autodisolverse en cuanto Mas desaparece. Hay hambre y los manifestantes huyen despavoridos hacia los bares de alrededor en busca de un desayuno y de un café para sobrellevar el madrugón.

Los hay que resisten y pululan por el paseo Lluís Companys embelesados con la estampa de las «estelades» al aire en una mañana límpida y ventosa. «Hoy las “estelades” quedan súper bien en las fotos con este viento», celebra una señora dispuesta a enviar mensajes de Whatsapp al ritmo del padre de Bustamante.

Hay cansancio porque las excursiones –las del Imserso y las que no son del Imserso– son agotadoras. No hay más ganas de cantar «L’Estaca», ni «Abril del 74» ni la «Oda a l’alegria». Así que los organizadores, que cuentan con buenos altavoces, ponen a todo volumen el matinal de Catalunya Ràdio, emisora oficial de «Love democracy». El pueblo busca asiento. Algunos lo llevan consigo y amenazan con la siesta del burro. «El pueblo no ha fallado», dicen las entidades soberanistas. La revolución continúa.