Política

Lérida

La sombra que se interpuso entre el Rey y Suárez

La Razón
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El 5 de enero de 1955, justo el día que el Príncipe Juan Carlos cumplía 17 años, el general Carlos Martínez Campos, duque de la Torre, al que había pedido Don Juan, a su vuelta del encuentro con Franco en «Las Cabezas», que se hiciera cargo de la Casa del Príncipe durante su nueva etapa en España para preparar su ingreso en la Academia Militar, llamó al comandante Alfonso Armada, artillero como él e hijo del marqués de Santa Cruz de Rivadulla, para incorporarlo a su equipo. Con el mayor sigilo, dentro de un coche que circulaba por las calles de Madrid aquella noche de Reyes, Martínez Campos le pasó a Armada la carta de Don Juan. «¡Enhorabuena, mi general!», le dijo el joven comandante mientras se la devolvía. «¿Te haces el tonto o lo eres de verdad?» –le soltó el general, un hombre adusto, duro y mordaz, de aguda inteligencia–. «¿No te das cuenta del embolado que me han largado?». «¡Pues renuncia!», le indicó Armada. «No –respondió–, eso no sería correcto. No lo haré nunca. Es un honor, incómodo, lleno de responsabilidades, sobre todo largándomelo cuando soy viejo y nunca he sabido educar a mis hijos. Pero no perdamos tiempo. Te he llamado para que me ayudes: te necesito. Eres joven, tienes muchos hijos, tu familia y la de tu mujer conocen bien el palacio y sus entresijos». En eso no andaba descaminado el duque de la Torre. El padre de Armada había sido amigo de infancia de Alfonso XIII, lo mismo que su suegro, Pedro Díez de Rivera y Figueroa, marqués de Somoruelos. Y así fue cómo entró Alfonso Armada al servicio de Don Juan Carlos. Puede decirse que pasó media vida a su lado.

La dolorosa ruptura no ocurrió hasta la noche del 23-F, cuando el Rey se dio cuenta al fin de que llevaba razón Adolfo Suárez, y que Armada había abusado de su confianza y se había erigido por su cuenta en salvador de la Corona y de la patria. Por fin se vio claro que el intento de golpe de Estado ocurre cuando un capitán general y otros mandos del Ejército y de la Guardia Civil, creyendo interpretar la voluntad del Rey, amparándose en ella o, más probablemente, forzándola con hechos consumados, se saltaron la cadena natural de mando, conspiraron en secreto en casas particulares, planearon la acción, aunque fuera chapuceramente, y secuestraron a los representantes del pueblo y al Gobierno legítimo de la nación. Y Armada, tan cercano a La Zarzuela, era la coartada perfecta, la pieza clave, para justificar la acción. El propio Armada había enviado unos meses antes unos papeles al Rey, redactados, según dijo, por un destacado constitucionalista español, en los que se proponía la creación de un Gobierno de salvación nacional con un independiente al frente: presumiblemente él mismo, al que habían tanteado políticos de distinto signo. Cuando él retiró el andamio o soporte de la Corona en el Consejo de guerra de Campamento, sintió el amargo desprecio de los otros reos y la soledad, que ha perdurado, de alguna forma, hasta su muerte.

Es imposible no comprender ahora, a la luz de su muerte, que todo lo relativiza, el drama interior de este hombre cuando notó que el Rey, al que había servido con lealtad durante tantos años, le dejaba de su mano porque él había cometido un error imperdonable. Seguramente el principal fallo del Rey, que supo rectificar a tiempo, fue confiar en un momento dado más en Armada que en Suárez. De hecho, la sombra de Armada se interpuso mucho tiempo entre el Monarca y el primer presidente constitucional. Hay dos escenas que explican esta desavenencia. El primer enfrentamiento serio entre Suárez y el entonces secretario general de la Casa del Rey sucedió en el palacio de La Zarzuela en presencia del Rey, el domingo de Resurrección, al día siguiente de anunciar la legalización del Partido Comunista. Ante los juicios negativos proferidos por el general Armada, Adolfo Suárez le ordenó que se cuadrara y a renglón exigió que abandonara su puesto en la Casa del Rey. Durante mucho tiempo, eso no se lo perdonó el Rey a Suárez. Después del paréntesis de su destino en Lérida, apartado de la Corte, pero sin dejar de conspirar, la segunda escena tensa, también en La Zarzuela, ocurrió cuando Armada, sin el beneplácito del presidente, es nombrado segundo jefe de Estado Mayor, puesto que detenta el 23-F. En esa reunión, un Suárez ya caído mostró abiertamente su enfado al Rey y al ministro de Defensa, Agustín Rodríguez Sahagún, por este nombramiento. «Éste nos dará el golpe», llegó a predecir.

No sé lo que sentirá hoy el Rey ante el inexorable final de su errático servidor. Pero sospecho que, a pesar de todo, aflorarán sentimientos de gratitud, ahogados por la misión regia, por el duro deber de defender la Corona ahogando, si es preciso, los sentimientos. Y seguramente se sentirá un poco más solo.