Política

Más ideología que honradez

El motivo por el que un ciudadano vota a un determinado político tiene muchos misterios. La ideología siempre se impone a la mentira, la corrupción o a la escasa preparación del político

El motivo por el que un ciudadano vota a un determinado político tiene muchos misterios. La ideología siempre se impone a la mentira, la corrupción o a la escasa preparación del político.

En los últimos años se ha escrito mucho sobre el descrédito de la política, no sin motivos, de la degradación de sus líderes más destacados, de la carencia de principios éticos en la actividad pública. Aristóteles ya advirtió de que un estado está mejor gobernado por un hombre bueno que por unas buenas leyes. De ahí que el mayor riesgo de la democracia, escribió el filósofo griego, fuese el despotismo de los gobernantes: actuar por encima de los intereses de los ciudadanos y en favor exclusivo de los propios. Han pasado muchos siglos desde entonces y la democracia se ha demostrado como el mejor sistema posible –prestigio en el que han colaborado tanto sus defensores como sus enemigos–, a pesar de que en él anide siempre un elemento autodestructivo: corrupción, mesianismo, xenofobia.

La característica más importantes que debería tener un político no es precisamente su ideología, sino aspectos que tienen que ver con cuestiones éticas e, incluso su perfil personal: no tanto cómo piensa, sino cómo es. En un estudio de la Universidad de Navarra, se especifican por este orden: honradez, credibilidad –que lo que diga sea cierto y no falso–, preparación profesional, coherencia –no decir una cosa y hacer otra– e ideológica. Este último punto, cuya fórmula más radical no deja de ser un sistema de creencias para negar las del adversario, no es el más exigido por los ciudadanos para ser un buen político, según el mismo estudio, aunque aceptan con resignación que la ideología –ser de izquierdas, de derechas, de centro, extremista en los dos polos– es lo que más cuenta para decidir el voto, seguido de hablar bien, preparación profesional, credibilidad y, finalmente, honradez. La gran información política que circula por los medios de comunicación –sigue siendo el tema al que se le dedica más espacio– y en las redes sociales hace imposible que no sea un tema de conversación habitual, incluso de discusión. Cuanto más unidas estén las ideas políticas con los sentimientos identitarios –sexo, origen, nacionalidad, religión–, más agrios serán los debates.