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Rajoy: «¿Que cómo veo esto? Complicado, muy complicado»

En su vuelta al Congreso después de la moción de censura, Rajoy se convirtió en uno de los políticos más buscados en los corrillos tras los discursos. Valoró la situación actual y sobre Vox aseguró que es «un lío, un lío».

  • Mariano Rajoy y Zapatero conversan ayer durante el acto en el Congreso. Foto: Alberto R. Roldán
    Mariano Rajoy y Zapatero conversan ayer durante el acto en el Congreso. Foto: Alberto R. Roldán

Tiempo de lectura 5 min.

07 de diciembre de 2018. 15:17h

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Pilar Ferrer.  7/12/2018

«Ha sido la ovación más grande y emotiva de mi vida». Palabras del Rey don Juan Carlos en conversación con un grupo de periodistas de la Transición. «Me ha gustado que la presidenta del Congreso haya mencionado a los medios de comunicación, fuisteis básicos». En un abarrotado Salón de los Pasos Perdidos, el Rey emérito mostraba una emoción inusitada, tras un leve lagrimeo que asomó a su rostro cuando su hijo, Felipe VI, alabó su papel. «Como esto siga así, me derrumbo», le susurró a Felipe González, el ex presidente que tenía a su derecha en mitad del hemiciclo. Un perfecto escenario, muy bien calculado, que otorga a Ana Pastor un diez en la organización del evento. Se quería que la gran protagonista fuera la Corona y así se consiguió. Ante los abrumadores aplausos de toda la Cámara, el líder de Podemos, Pablo Iglesias, ordenó calma a los suyos. Con un ridículo adorno morado en la solapa, los rojeras quedaron en segundo plano. Ni las caras tiesas de la portavoz adjunta Ione Belarra, en funciones por baja maternal de Irene Montero, y un desdibujado Alberto Garzón, logaron eclipsar la solemnidad de un acto que ya hace historia en el Congreso.

El homenaje a la Corona impresionante y la alocución de la presidenta de la Cámara impecable. «Ha sido el discurso de todos», admitían unánimes los parlamentarios ante una Ana Pastor espléndida en su vestido blanco con un broche que hace época. Los corrillos eran un hervidero desde que el primer líder, Albert Rivera, el más madrugador, llegó al palacio de San Jerónimo. «Tiene ganas de largar», decían con cierta maldad algunos diputados del PP sabedores del afán de protagonismo del dirigente de Ciudadanos ante la situación andaluza. Y vaya que largó, subidito en el atril a la entrada del Congreso, minutos antes de la llegada de la esperada Susana Díaz. Con un trajecito de colegiala, mirada cabizbaja y una cierta afonía, la sultana no se paró en barras: «Otros han perdido y no se han ido». Toma ya el dardo hacia Pedro Sánchez a quien con ochenta y cuatro diputados nadie la señaló la puerta de salida. Se la veía dolida, tocada, en la tribuna entre el asturiano Javier Fernández, y el gallego Alberto Núñez Feijóo. El primero hizo pronto mutis por el foro. El segundo no se separó de Pablo Casado, escoltado por Teodoro García Egea y Dolors Montserrat, muy bien conjuntada de traje blanco y crema.

De entre los ex presidentes del gobierno, ni que decir tiene, la estrella fue Mariano Rajoy. «Estoy súper en forma», dice el gallego a quien la retirada del poder le aviva aún más su ironía. «¿Qué cómo ve usted esto?», insisten los periodistas. «Complicado jeje, muy complicado», responde Rajoy. Pero, ¿Y lo de Vox?, arrecia la prensa. «Un lío, un lío», asegura lacónico un Mariano imperturbable, triunfador de selfis entre los asistentes. «Estos sabrán cómo arreglarlo», dice el ex presidente señalando con el dedo a la nueva cúpula de Pablo Casado, también rodeado. El asedio a Rajoy fue de tal calibre que una diputada se enredó una media con el bolso de su antigua escudera, la ex secretaria de Estado de Carmen Martínez Castro. «Una contingencia doméstica», ironizó Rajoy ante la mirada atónita del conde de Godó, uno de los pocos catalanes asistentes. «Esto es el principio para desentrañar el lío», apostilló con sarcasmo Miquel Roca, uno de los tres padres de la Constitución en presencia vigilante de sus coetáneos José Pedro Pérez Llorca y Miguel Herrero de Miñón.

De los ex presidentes del gobierno, solo Felipe González acudió con señora. Los demás, Aznar, Zapatero y Rajoy, sin consortes. José María Aznar entró sigiloso, José Luis Rodríguez Zapatero en medio de enormes abucheos, y Mariano Rajoy como un torero de vuelta al ruedo con orejas y rabo. Se le ve contento y relajado, aunque se emocionó con algunos párrafos de los discursos de Ana Pastor y el Rey Felipe VI. A Pedro Sánchez le cayeron todas, entre gritos de «Fuera, fuera, elecciones ya». Pero él, ni inmutarse, con sonrisa de lince y traje de alpaca. Sus ministros locuaces, excepto la de Defensa, Margarita Robles, con una absoluta afonía tras su viaje relámpago a Afganistán. Un alarde de profesionalidad que la ha dejado sin voz, mientras Josep Borrell rajaba lo suyo con Grande Marlaska, el de Fomento, José Luis Ábalos, miraba de reojo a Susana Díaz en compañía de otra andaluza, la titular de Hacienda, María Jesús Montero, que no se para en barras, y la de Justicia, Lola Delgado, pegaba hebra con el eterno presidente del Tribunal Supremo y CGPJ, Carlos Lesmes. Meritxell Batet, monísima y delgada como una ninfa al viento, ha vuelto a practicar el ballet de su juventud.

No faltaron viejas glorias, aunque, como bien dijo Javier Solana, «Parece que no existe el túnel del tiempo». Los padres de la Carta Magna, diputados, senadores constituyentes, los hijos de Adolfo Suárez, Torcuato Fernández Miranda y Santiago Carrillo, los anteriores presidentes del Congreso, Landelino Lavilla y Luisa Fernanda Rudi, todos los autonómicos, con ausencias del catalán y el vasco, y una tribuna interesante de invitados con el jefe de gabinete de Moncloa, Iván Redondo, y el nuevo de la CEOE, Antonio Garamendi, sentaditos junto a la mujer de Felipe González, Mar García Vaquero. Este año hubo que suprimir a invitados de la sociedad civil porque no cabía un alfiler en Pasos Perdidos. Lleno hasta la bandera, hasta que los Reyes Felipe y Letizia, sus hijas Leonor y Sofía, muy formalitas, junto a Don Juan Carlos y doña Sofía, abandonaron las Cortes.

Tras la marcha de la Familia Real, la cosa no decayó. Pedro Sánchez y Pablo Casado seguían rodeados, Mariano Rajoy se fue a comer con un grupo de diputados a un restaurante cercano, mientras Albert Rivera sacaba pecho por Andalucía. Por el contrario, Pablo Iglesias y sus huestes hicieron mutis por el foro, con muy escasa atención a sus soflamas republicanas. La emoción era regia y su mensaje vacío. La última en marcharse fue la inefable vicepresidenta del gobierno, Carmen Calvo, con su traje de flores y chaqueta carmesí. «¿Para cuándo elecciones», rugía la prensa. Su respuesta fue clara: «Perdón, pero tengo que irme».

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