¿Qué se siente?

Todos sabían que la sentencia se iba a ejecutar, que el reo estaba en capilla sabiendo su funesto final

Todos sabían que la sentencia se iba a ejecutar, que el reo estaba en capilla sabiendo su funesto final

Mi intención era dar respuesta a una pregunta: ¿qué se siente? Qué se siente cuando se roza con los dedos la libertad, cuando la Historia ha abierto sus brazos ensangrentados –la partera– para abrazar al pueblo catalán, cuando después de tres siglos de robo y humillación se hace justicia. Quería echarme a la calle nada más salir del Parlament y preguntarle a la gente, al pueblo noble y heroico, ¿qué se siente? Pero no ha podido ser. A las 19.38 horas, Carles Puigdemont dijo que Cataluña era ya un estado independiente en forma de república, pero ocho segundos más tarde quedó suspendido.

Hasta los lingüistas le han dado vuelta a cómo iba a declararse la independencia. No es algo menor, porque no se puede negar lo que ya se ha dicho. Son los llamados «enunciados performativos». «Decir algo producirá ciertas consecuencias o efectos sobre saberes, o acciones», escribió el filósofo John L. Austin. Si lo que se dice no tiene consecuencias, todo sería mentira. Puigdemont declaró la independencia en una sesión sin decoro, pero aun así, la declaró porque es posible que no merezca más dignidad que ese si pero no. Yo me esperaba lo peor cuando vi dos de los arcángeles del «proceso», Pilar Rahola y el politólogo Salvador Cardús, abrazándose y diciéndose: «Hem arribat!». Ha llegado el día y no ha sido fácil soportar tantos años de cómicos convertidos en miembros de una especie de Academia de Ciencias Serbia –la que promulgó la Gran Serbia–; allí estaba Miquel Calzada, el que organizó la celebración de los 300 años de la Guerra de Sucesión, el de guerra de España contra Cataluña. Y, claro, estaba Mas, Homs, Mascarell y Rigol, siempre beatífico. No estaban ni alegres ni tristes, sino distantes.

Puigdemont llegó a las 17:05 horas y cuando apareció, unos empleados, aplaudieron, pero sin demasiado éxito, lo que fue un alivio dada la caótica sesión y esa obsesión enfermiza por hacer historia sudando y no poder evitar que un muy efusivo invitado se llevase al niño en el carrito y tenga un berrinche, el pobre. Sin embargo, en aquella ocasión mereció un debate más largo y contrastado que el de ayer. «Esto de Barcelona sí que es un Parlamento y no aquel caserón remendado y pasado de moda que tenemos en Madrid. ¡Qué leyes tan buenas se deben de elaborar en este suntuoso recinto!», escribió el gran Manuel Chaves Nogales en marzo de 1936. Desconocía el futuro.

Eulàlia Reguant y Mereia Boya, superioras de la CUP, salen urgentemente del despacho del grupo Junts pel Sí. Sólo han estado cinco minutos y no pueden ocultar su enfado: ellas querían una declaración si marcha atrás. Es comprensible. Los primeros en entrar en la cámara fue la oposición y, ante la incomparecencia de Junts pel Sí y la CUP, la abandonaron.. A las 18:10 se aplaza la sesión. A las 18:30 Mas entra en el despacho de grupo; lo veo más encogido y pálido que cuando parecía Moisés. Dicen que Puigdemont ha encontrado un mediador. A las 18:50, salen del despacho Puigedemont y Junqueras.

Da comienzo de nuevo la sesión. Entra Forcadell con un vestido rojo carmesí; algo le oprime. El timbre sonó unas veinte veces llamando a los diputados de la CUP. Al final entraron los niños, enfandos, con esa forma tan extraña de andar que tienen y en formación de a uno. Todos sabían que la sentencia se iba a ejecutar, que el reo estaba en capilla sabiendo su funesto final, que faltaba el «enterado» y luego el mediador vaticano. Era patético ver a los políticos haciendo un último llamamiento ante el pobre condenado y a la gente agolpase en las verjas de parque de la Ciudadela, como en aquel cuadro de Ramón Casas, «Garrote vil», en el que nadie se quería perder el hundimiento.