Política

¿Quién entierra al procés?

Puigdemont y sus partidarios siguen apostando por la unilateralidad y el enfrentamiento.

Torra, esta semana en una de sus intervenciones en el Parlament
Torra, esta semana en una de sus intervenciones en el Parlament

Puigdemont y sus partidarios siguen apostando por la unilateralidad y el enfrentamiento.

El 27 de octubre de 2017 la sociedad catalana saltó por los aires. En el Parlament, diputados y alcaldes capitaneados por Carles Puigdemont se fotografiaron en las escaleras del hemiciclo. El presidente de la Generalitat estaba rodeado de los cuperos puño en alto. En las calles miles de personas saludaban a la recién nacida República Catalana. En el Plaza de Sant Jaume, otros tantos esperaban que se arriara la bandera rojigualda del Palau de la Generalitat. TV3 retransmitía «el momento histórico», manteniendo en un recuadro la imagen de la bandera todavía izada. Se esperaba que cayera de un momento a otro mientras los comentaristas se afanaban en centrar la atención en ese momento. Nunca llegó. Puigdemont y los suyos tras la declaración se reunieron en el Palau. Algunos de sus colaboradores se llevaron el saco de dormir para resistir a un asalto de las fuerzas de seguridad.

Tampoco llegó este supuesto asalto. Todos los miembros del Govern se fueron a su casa, quizás para ver por televisión como el Gobierno de España, amparado en una mayoría parlamentaria, ponía en marcha la aplicación del artículo 155. Mientras, los independentistas estaban en la calle celebrando su República, miles y miles de catalanes miraban sombríos el televisor y asistían estupefactos a la ruptura de la sociedad catalana. Eran los mismos, que días antes habían salido a la calle en la manifestación más multitudinaria del constitucionalismo.

Tras meses y meses de tensión, el procés había llegado al final de su camino. Resultados palpables ninguno. La proclamación de la República había fracasado reduciéndose a una «perfomance». Resultado de fondo: ruptura total de la sociedad catalana en dos bloques irreconciliables que viciaban las relaciones sociales, familiares y económicas. Cataluña, una sociedad fuerte y con ímpetu, se había convertido en una sociedad desestructurada sin liderazgo, fraccionada y sumida en la incertidumbre.

Un año después, Cataluña sigue en estado de shock, aunque algunas cosas han cambiado. Los dos bloques, independentistas y constitucionalistas, continúan activos, pero en ambos bandos se están produciendo movimientos. Un año después ya no son dos bloques monolíticos. Puigdemont y sus partidarios, situados en Junts per Catalunya, la Asamblea Nacional Catalana y en una buena parte de los CDR, sigue apostando por la unilateralidad, por el enfrentamiento con el Estado como única fórmula para lograr la mediación internacional que, de momento no llega. No reconoce errores y señala como único culpable de la situación al represor Estado español.

ERC empieza a desmarcarse

Oriol Junqueras, desde la cárcel de Lledoners, ha conseguido que Esquerra Republicana de Cataluña se desmarque de esta hoja de ruta. Reconocen que el independentismo no tiene la mayoría suficiente para imponerse, que una mitad de catalanes no puede implantar una República a la otra mitad, que se necesita ampliar la mayoría social y que mientras tanto hay que gobernar el país. «No podemos no tener República ni autonomía», afirma un dirigente independentista radiografiando certeramente la posición de los republicanos.

En este año, Esquerra Republicana de Cataluña y PDeCAT dieron apoyo a Sánchez en su moción de censura contra el criterio de Puigdemont, que prefería a un Rajoy en Moncloa para «cargarse de razones» en su particular cruzada. En ese momento, el autoexiliado expresidente catalán inició otra batalla, su guerra civil particular en el PDeCAT que denota como en su núcleo central también la ruptura está presente y con final incierto.

Tras numerosos tiras y aflojas, Carles Puigdemont puso al frente de la Generalitat a un activista, Joaquim Torra, para garantizarse el control de sus adláteres. Torra, fiel seguidor del líder mesiánico y peronista, se ha convertido en el presidente de «los mensajes instituncionales» y en el animador de las huestes con el objetivo de evitar el desaliento. Su gobierno, mientras tanto va a lo suyo. Los de ERC, por supuesto, capitaneados por el vicepresidente Pere Aragonés, negocian con el gobierno de Sánchez transferencias pendientes y acuerdos de futuro. Pero, también la que fuera su ojo derecho, Elsa Artadi. Preguntada la vicepresidenta del Gobierno, Carmen Calvo, si se veía mucho con la consejera de Presidencia del Gobierno catalán, contestó de forma lapidaria: muchísimo.

La llegada de Sánchez al Gobierno de España también ha cambiado el bloque constitucionalista. El frentismo que nació hace un año ya es historia. Sánchez sigue impertérrito su hoja de ruta: desinflamación social y negociación política, a pesar de las cargas de las brigadas de asalto del PP y Ciudadanos que le han llegado a acusar de «golpista» y «colaboracionista», mientras claman por una nueva aplicación, y mucho más dura, del artículo 155.

El presidente del Gobierno busca nuevos espacios de encuentro con el independentismo para forzar un referéndum, su máxima aspiración, pero de autogobierno, con una nueva relación entre Cataluña y el resto de España que sea capaz de vencer a un independentismo, que empieza a abandonar, al menos una parte, las veleidades de la vía unilateral. En este movimiento, Pablo Iglesias apoya a Sánchez y busca la complicidad de ERC para evitar «el triunfo de la derecha». Estos movimientos exacerban a populares y ciudadanos que se han refugiado en un lenguaje frentista ante los independentistas.

Un año después Cataluña sigue dividida y no se vislumbra una solución a corto plazo. Desde ambos bandos, hay quienes claman casi por el enfrentamiento civil. El independentismo ha llegado a decir que «sin muertos» no se avanza. Desde parte del constitucionalismo se idolatra el artículo 155 como la gran solución para «derrotar» a los más de dos millones de independentistas. Pero, en ambos bandos, algo se mueve. Son movimientos tímidos, cogidos con alfileres, que persiguen crear un nuevo espacio de diálogo desde la profunda discrepancia.

Cataluña sigue rota.La solución política llegará o no, pero el procés ha dejado la sociedad catalana rota por décadas.