Recordar para acordar, por Pío García-Escudero

Nuestra democracia constitucional fue el fruto de un anhelo social mayoritario de construir una «libertad sin ira», de cerrar las heridas del pasado mediante una fraternal reconciliación y de mirar hacia adelante

Nuestra democracia constitucional fue el fruto de un anhelo social mayoritario de construir una «libertad sin ira», de cerrar las heridas del pasado mediante una fraternal reconciliación y de mirar hacia adelante.

Si recordar es necesario para comprender lo que hoy somos y también para otear lo que podemos ser mañana, entonces la conmemoración de un acontecimiento tan crucial en la historia de España como fue la aprobación de nuestra Constitución por vía de referéndum hace ahora cuarenta años, el 6 de diciembre de 1978, no puede llegar en momento más oportuno. Nuestra democracia constitucional fue el fruto de un anhelo social mayoritario de construir una «libertad sin ira», de cerrar las heridas del pasado mediante una fraternal reconciliación y de mirar hacia adelante. Ha sido gracias a ese carácter pactado y a ese afán integrador como la Constitución de 1978 ha podido dar cancha al juego del pluralismo político que es inherente a una auténtica democracia, además de procurar estabilidad política y propiciar el mayor avance económico y social de España en toda su larga historia.

Recordar es también despertar, es –como dejó escrito Jorge Manrique– un potente estímulo para «avivar el seso». Por eso la conmemoración del nacimiento de nuestra Constitución nos sirve a todos los demócratas para renovar nuestro firme compromiso con los principios, valores y aspiraciones consagrados en su texto. Es decir, para defender la fortaleza de nuestro Estado social y democrático de Derecho, que es tanto como ser firmes en la salvaguarda del principio de separación de poderes y del imperio de la ley; reivindicar que el Parlamento debe ser el centro del debate político y del control al Gobierno. Celebrar el aniversario de la Constitución es asimismo recordar, cuantas veces haga falta, que la soberanía nacional reside en el pueblo español, en todo su conjunto, porque esa soberanía es única y no fragmentable. En 1978 los españoles no solo acordamos vivir en libertad, sino vivir juntos en libertad. Porque, ante todo, éramos y somos una nación y porque, además, la libertad se fortalece desde la unidad y la solidaridad, pero se debilita con el egocentrismo y la división. Recordemos también que nuestra esencial unidad no es sinónimo de uniformidad, sino que se enriquece mediante la coexistencia de distintas identidades culturales y sentimientos territoriales, que son perfectamente compatibles con nuestra identidad común como españoles y que la Constitución protege y resuelve mediante el reconocimiento del derecho a la autonomía política. Nuestro pacto constitucional hubiera sido imposible sin abordar la llamada «cuestión territorial», pero tampoco hay que olvidar que el derecho a la autonomía no es preexistente a la Constitución, sino su producto y que, por tanto, en ella reside su máxima garantía.

Por último, pero no menos importante, celebrar los indiscutibles éxitos de estos cuarenta años de democracia constitucional supone también referirse a la forma política de nuestro Estado, la monarquía parlamentaria, y a su excelente balance, puesto que la Corona siempre ha cumplido y sigue cumpliendo con acreditada eficacia sus misiones constitucionales, proporcionando estabilidad institucional a largo plazo, actuando constantemente con una exquisita neutralidad y siendo la mejor representación del nombre y el prestigio de España en el mundo.

La Constitución es el gran patrimonio político de todos los españoles, un acervo de valor incalculable que todo estamos obligados a proteger porque es la mejor garantía para nuestra convivencia en democracia y libertad, nuestra estabilidad institucional, nuestro desarrollo económico, nuestro modelo social de bienestar o nuestra presencia relevante en Europa y en el mundo.

La celebración llega en un momento político que, por razones sobradamente conocidas, no es seguramente el más deseable. Sin embargo, en vez de ser un inconveniente, las presentes dificultades deberían servir de acicate para que todas las fuerzas políticas lealmente comprometidas con el pacto constitucional refirmáramos nuestro compromiso con sus valores fundamentales del mejor modo posible, que es siempre la vía de los hechos, empezando por recuperar la actitud de diálogo, transacción y acuerdo que alentó el nacimiento y la consolidación de nuestro régimen de libertades. El gran tributo que les debemos a nuestros padres constituyentes no puede quedarse en buenas palabras, sino traducirse en la recuperación de algo tan esencial para la buena salud de toda democracia como eso que podríamos resumir en la idea de «centralidad», es decir, sentido de Estado, mutua lealtad y visión estratégica de largo alcance.

Recordar para acordar: tal es, sin duda, es el mejor homenaje rendir a nuestra Constitución en su cuadragésimo aniversario.