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Rivera, ante el abismo sucesorio

El batacazo sin precedentes de Cs obliga al partido a una revisión en los objetivos y en los equipos, empezando por su presidente.

  • Foto: Platón
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11 de noviembre de 2019. 01:43h

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Pablo Gómez Madrid. 11/11/2019

Si Oscar Wilde hubiera visitado anoche la sede de Ciudadanos habría percibido enseguida que el Dorian Grey de la política española ha envejecido de golpe. Durante más de 13 años bajo el foco permanente de la primera línea había conseguido Albert Rivera aguantar el tipo, sobrevivir a equilibrios imposibles, abrir debates inéditos en nuestro país, soportar una sobreexposición mediática que hubiera calcinado a cualquier otro político y, al tiempo, mantener la frescura y la juventud. La suya como líder y la del proyecto que representa Ciudadanos. Pero el retrato inmaculado se rompió en pedazos este 10 de noviembre, que ya es el día más negro en la historia de la formación y muy probablemente el principio del fin de Rivera como número uno.

En poco más de seis meses ha pasado de blandir los 57 diputados cosechados el 28-A para autopromocionarse como líder de la oposición, despreciando el músculo y la implantación territorial del PP, a ver jibarizada su bancada en el Congreso. Tuvo en la mano alcanzar un acuerdo con el PSOE, centrar a Sánchez, introducir en la agenda de la pasada legislatura alguna de sus ambiciosas reformas, profundizar en la necesaria regeneración democrática a la que se sigue resistiendo el bipartidismo y ser decisivo en la respuesta del Estado al desafío planteado desde Cataluña por el Govern de Torra. La estrategia dibujada por Rivera y por su equipo de confianza dio esquinazo a este escenario sin apenas debatirlo, con el propósito de confirmarse como referencia para el votante liberal y del centro derecha. Llegaron las elecciones municipales y autonómicas, que no hicieron sino confirmar un volantazo que, en la práctica, vino a desmentir la teoría según la cual Ciudadanos podía pactar tanto con populares como con socialistas. Todos los acuerdos autonómicos fueron suscritos con los de Casado, nunca con los barones de Sánchez, sin importar que en muchas de estas ecuaciones fuera necesaria la participación de Vox.

No salió indemne el partido de este trance. Dirigentes como Garicano, Nart, Roldán o De la Torre advirtieron de que el rumbo era equivocado, de que el futuro no pasaba por unir su destino al de Santiago Abascal ni por vetar la posibilidad de un entendimiento con el PSOE en torno a un acuerdo de investidura sostenido en duras exigencias naranjas en materia económica y modelo territorial. A juzgar por el veredicto que ayer arrojaron las urnas, parece claro que una parte mayoritaria de quienes apoyaron a Ciudadanos en abril veía con buenos ojos la estrategia del sector crítico.

El varapalo tendrá consecuencias en Cs y el debate sucesorio ya está abierto. Aunque tal y como reconocen algunos de sus dirigentes, el problema de los partidos construidos a partir de un hiperliderazgo estriba en la sucesión, en el día uno del «posriverismo». Porque hasta ayer nadie se atrevía a agitar esa discusión. «No está sobre la mesa cambiar de líder. Albert está capacitado para seguir al frente», reconocían desde la cúpula del partido esta misma semana. Con la apertura de ese melón, las miradas se dirigirán hacia dos mujeres. De Madrid y de Barcelona. Porque en un partido que hundió los cimientos de su crecimiento en el voto urbano, son dos políticas que se han pateado las dos principales ciudades del país las mejor posicionadas para dar el salto: Inés Arrimadas y Begoña Villacís.

El líder zarandeado por las urnas fue consciente demasiado tarde de que la táctica a la que dio forma tras el 28-A quizá fue fallida, consagró esta contienda a rectificar y a volver sobre sus propios pasos. Levantó el veto al PSOE para acometer reformas de Estado y aplicar mano dura en Cataluña. Ahora, sin casi influencia en el Congreso, el partido buscará cumplir con su nuevo papel, el que le permita reinventar el proyecto en su retorno al centro político. Un nuevo giro del que se trasluce el reconocimiento de los errores cometidos e, incluso, la petición de perdón del propio Rivera a los suyos. Como si, ya liberado de Dorian Grey, quisiera él mismo parafrasear a Wilde: «Discúlpenme, no les había reconocido, pero es que he cambiado mucho».

El «KO» de la vanidad, por Pilar Ferrer

La pregunta circulaba por los pasillos de la sede de Cs, sumidos en un ambiente fúnebre: «¿Tenéis un paracaídas?». Nada mejor para reflejar la hecatombe electoral del partido naranja, sumido en una derrota que vaticinaban todas las encuestas y se ha cumplido. Rivera ha pagado sus veleidades y una vanidad autodestructiva. Y ahora se puede decir alto y claro: Rivera se ha dedicado a hacer la vida imposible a sus socios del PP allí dónde ha podido, con una deslealtad manifiesta incluso en sus gobiernos compartidos.

Andalucía, Castilla-León, Murcia y, sobre todo Madrid, han sido un auténtico calvario para el PP en sus gobiernos de coalición con Ciudadanos. Los naranjas iban de puros azotes, a veces obsesivos, contra una corrupción por encima de una buena gestión, olvidando que en su día bien que apoyaron al PSOE. La soberbia de Rivera le llevó a dar bandazos a diestra y siniestra, pensando siempre en su ego personal en detrimento, incluso, de alguna buena pieza en su partido como Inés Arrimadas. A la que tampoco, por cierto, se le perdonó abandonar Cataluña. La historia de Ciudadanos es hoy, y los resultados así lo confirman, la de una formación veleta anclada en el liderazgo caudillista de un líder al que solo unos pocos osaron discutir. Ahí están los fundadores del partido que se fueron y los lacayos que se quedaron. Erigido en ese cambio sensato que tanto invocaba, hubo un día en que el joven Albert Rivera se creyó firme candidato a la presidencia del Gobierno de España. El líder de Cs empezó fuerte en Cataluña con un discurso valeroso contra la independencia, pero ello no fue suficiente en el resto del país. Sus bandazos, sus apoyos al PP en un caso y al PSOE en otros, siempre teñidos de pequeños chantajes, revelaron un político sin estrategia definida y un partido con ideología variopinta. Pudo ser amable, educado y vender un cambio tranquilo, pero los votantes quieren hechos y no dobles varas de medir. Por ese afán de molino al viento según convenga, Albert Rivera, como avezado nadador, no sincronizó la jugada y ahora se ahoga sin remedio.

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