El fin de la «no guerra» de Afganistán

España abandonará Herat la próxima semana, dando casi por acabada su participación en la misión de la OTAN

Soraya Sáenz de Santamaría recibe la bandera de manos del jefe del contingente español, coronel Francisco José García Parra, en el acto de despedida de las tropas españolas destinadas en la base de Herat
Soraya Sáenz de Santamaría recibe la bandera de manos del jefe del contingente español, coronel Francisco José García Parra, en el acto de despedida de las tropas españolas destinadas en la base de Herat

España abandonará Herat la próxima semana, dando casi por acabada su participación en la misión de la OTAN

A partir de la próxima semana, la presencia española en Afganistán será más bien testimonial y se limitará a 20 efectivos que, al menos durante 2016, se quedarán en Kabul. Atrás quedan los contingentes de hasta 1.521 militares que llegaron a desplegarse entre 2008 y 2011, los peores años de una guerra que tardó en llamarse así, guerra, y en la que España participa desde 2002 en la que entonces era la misión de la Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad de la OTAN (ISAF).

Los primeros 350 efectivos de nuestro país se desplegaron en la capital, Kabul, en enero de ese año. Poco a poco, el contingente fue creciendo en número y en responsabilidades y en mayo de 2005 llegó el primer «traslado»: España se hizo cargo de la Base de Apoyo Avanzado de Herat y de un Equipo de Reconstrucción Provincial en Qala i Naw, en la pobre provincia de Badghis.

Pero la inseguridad reinante obligaba a aumentar la presencia militar y, a partir de 2008, el número de efectivos creció hasta un máximo de 1.521. La implicación española era tal que en 2010 se inauguró una nueva base en Qala i Naw, bautizada como «Ruy González de Clavijo», en la que militares y guardias civiles desempeñaron labores de formación y asesoramiento a las Fuerzas de Seguridad afganas, además de otras tareas de cooperación con la población local.

Al mismo tiempo, los efectivos en la provincia de Badghis comenzaron a establecerse en puestos avanzados de combate para garantizar la seguridad en la denominada ruta «Lithium». Ludina, Moqur, Darrah i Bum... son los escenarios en los que los españoles sufrían los constantes ataques de los insurgentes.

A poco más de 150 kilómetros de allí, en Herat, España comenzaba a marcar territorio con la gestión de dos importantes infraestructuras: el aeropuerto y el hospital «Role 2» de la base.

Pero a partir de 2012 empezó a escucharse la palabra «repliegue» y comenzaban las hipótesis de cuándo y, sobre todo, cómo España se retiraría de Afganistán. Se hizo paulatinamente y a la inversa de como se fue llegando. Así, primero se fueron desactivando los puestos de combate y en septiembre de 2013 le tocó el turno a la base de Qala i Naw, que fue cedida al Ejército afgano después de un repliegue sin precedentes.

Los militares españoles quedaron repartidos sólo entre Herat y los cuarteles generales de Kabul y el fin se veía más cerca. Pero España decidió, a finales de 2014, seguir apoyando a Afganistán y sumarse, con unos 500 efectivos, a la nueva misión de la OTAN que arrancó el pasado 1 de enero: «Resolute Support». Las reglas cambiaban y las funciones eran otras. Ya no se combatía sobre el terreno y únicamente se realizaban tareas de formación y asesoramiento. Eso sí, el peligro seguía existiendo, sobre todo para las unidades encargadas de dar seguridad a la base y patrullar por sus alrededores.

Apenas tres meses después comienza a elaborarse el plan del repliegue de Herat, aprobado en julio y que empezó a hacerse efectivo el pasado día 12 con el comienzo del traslado a España de las más de 2.000 toneladas de material que España tenía desplegado. Está previsto que concluya el próximo día 27, el mismo que se espera regrese a territorio nacional el último contingente. Será, por tanto, a partir de entonces cuando la presencia española en el avispero afgano se limite a esos 20 efectivos en el Cuartel General de Kabul. Ni siquiera la decisión de Estados Unidos de retrasar su repliegue y mantener a sus cerca de 9.000 efectivos un año más ha hecho que España se replantee su salida.

Será dicho vuelo de regreso el que certificará esa casi despedida de una misión en la que han perdido la vida 102 efectivos (dos de ellos intérpretes) y en la que se registraron dos de los accidentes más trágicos de las Fuerzas Armadas: el del Yak-42, en 2003 (62 fallecidos), y el del Cougart, en 2005 (17 muertos). La lista de caídos la abrió el soldado Jorge Arnaldo Hernández, quien perdió la vida a causa de la explosión de una mina en julio de 2006, y la cerró, por el mismo motivo (un artefacto explosivo improvisado), el sargento David Fernández Ureña en enero de 2013.