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Sánchez e Iglesias: la gran colisión

Los dos líderes desnudan sus diferencias con reproches mutuos que alejan el gobierno de coalición y la investidura.

  • El presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez, al fondo y Pablo Iglesias en primer plano. Foto: Efe
    El presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez, al fondo y Pablo Iglesias en primer plano. Foto: Efe

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23 de julio de 2019. 10:09h

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Carmen Morodo Madrid. 23/7/2019

La impresión que quedó fue que se siguen matando, Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. A la vez que sin focos siguen negociando «in extremis», en teoría, para formar un Gobierno de coalición que permita al candidato socialista salvar la investidura en la votación del próximo jueves. Siempre quedará septiembre.

Los movimientos de Sánchez «sólo se entienden si lo que busca es unas nuevas elecciones». O queda también la posibilidad de que en este juego de órdagos que sostiene su investidura, ayer utilizase su obligación de presentar un programa de gobierno como un instrumento más al servicio de la representación de que «lo ha intentado con los constitucionalistas, que es un hombre de Estado, que los irresponsables son los otros, que no le han dejado otra alternativa que echarse este jueves en manos de Unidas Podemos», con lo que lleva de añadido, que es PNV, JxCat, ERC y EH Bildu. Una digestión prácticamente imposible para buena parte del PSOE, aunque en la penitencia vaya el disimulo.

Una de estas dos teorías explica que mientras la vicepresidenta en funciones, Carmen Calvo, volvía a intercambiar impresiones con el interlocutor de Iglesias, Pablo Echenique, el candidato hiciese ver en la sede de la soberanía nacional que le preocupa mucho más presionar con la exigencia de abstención a los partidos constitucionalistas que hacer algún guiño al partido de Iglesias.

La manera en que los dos socios principales de las formaciones en fase de coaligarse se desnudaron el uno al otro fue vista como una «cosa de locos». Impresión compartida en constitucionalistas, independentistas y formaciones minoritarias, que asistieron con perplejidad a ese juego de señalar al otro como el «emperador desnudo», sin pudor alguno por ninguna de las dos partes. Sánchez tiene perdida la votación de hoy porque exige mayoría absoluta, y el pulso se resolverá entre el miércoles y el jueves. La negociación es a cara de perro. Y esto no lo ocultó Iglesias, el más contundente de todos los portavoces en la tarea de denunciar las contradicciones del líder del PSOE. Fue corrosivo, adueñándose del papel que correspondía por reparto de funciones a Pablo Casado y a Albert Rivera. Tampoco lo ocultó Sánchez con su tono más conciliador en las formas, y menos en el fondo, con el que afrontó el cuerpo a cuerpo con su socio prioritario.

El cruce de réplicas no bajó la tensión, y Sánchez tampoco disfrazó que en su estrategia está aún viva la idea de que fracase el Gobierno de coalición y que se busque otra fórmula que le facilite una investidura menos costosa y menos atada a las siglas de Iglesias. La falta de confianza en el líder de Unidas Podemos recorre desde la cúpula socialista a las bases del partido, y esto es una clave fundamental. Sánchez y su «núcleo duro» han mirado a medio y largo plazo, y saben que el trámite de la investidura es imprescindible superarlo, pero no se les pasa por alto que con Unidas Podemos en carteras de peso, o en carteras simbólicas, el problema va a seguir siendo el mismo. ¿Cómo sostienen un Consejo de Ministros en el que haya diferencias sustanciales en cuestiones de Estado? ¿Cómo gestionan las reuniones de la comisión de subsecretarios en las que se tiene que negociar el Índice que va cada viernes a la reunión del Gabinete? ¿Qué punto en común pueden encontrar con su socio de coalición en la reforma laboral, en pensiones, en el cumplimiento del déficit y, por supuesto, en responder al desafío independentista?

Iglesias enseñó sin disimulo sus intenciones. Quiere estar en el Gobierno para presionar y apropiarse de todos los avances sociales que impulse Sánchez en la próxima Legislatura. Y el líder del PSOE tuvo que recordarle ante el Pleno del Congreso que el PSOE es el que ha abierto el camino en esos avances sociales. Y que en la izquierda Iglesias no ha inventado nada. Así, como ejemplo del cruce de reproches, Sánchez negó a Iglesias capacidad de darle lecciones sobre políticas sociales porque su partido tiene 140 años de historia, 40 de democracia y más de la mitad de ellos en el gobierno. Su socio prioritario le recordó que el PSOE carga en sus espaldas con indignos casos de corrupción y con políticas económicas que condenaron las expectativas de muchos ciudadanos. «Si no fuera por sus errores nosotros no estaríamos aquí», sentenció Iglesias. Por supuesto, también se echaron en cara sus diferencias abismales en Cataluña. Si con este cruce de «golpes» el pacto de investidura sale adelante este jueves, «o bien a los dos hay que darles un Óscar a la mejor interpretación dramática o es que los milagros existen, aunque Dios no esté probado». La reflexión sale del propio Grupo Socialista y conecta con el escepticismo que ayer cundió por los escaños a derecha y a izquierda.

Sánchez sigue sin querer un Gobierno de coalición, y continúa intentando acorralar a Iglesias. Habló de acuerdo de investidura si no hay de coalición, y el líder de Podemos se lanzó al contraataque con los detalles de cómo está siendo la negociación. En la puesta en escena, en las dos partes ha habido hasta ahora más de impostura que sinceridad. Y los dos han jugado a engañarse, y parece que continúan haciéndolo. Iglesias pensó, o hizo pensar, que le doblaría el pulso a Sánchez y entraría en el Gobierno. Sánchez confió en que la amenaza electoral achantaría al líder de Unidas Podemos. Pero después de la entrevista del pasado jueves en «Al Rojo Vivo», dirigida por Antonio García Ferreras, el juego de engaños tuvo que ajustarse a un nuevo escenario en el que el peso de cargar con la culpa del desacuerdo se hizo más doloroso. La literalidad de las palabras ayer escuchadas confirma que no es que no haya avances, sino que hay retrocesos, mientras cada vez queda menos tiempo para pactar la investidura. «Aquí el problema es que cuando se han marcado líneas rojas con tanta claridad en el terreno público, sin guardar ningún respeto a la discreción obligada, que se arregle sin que uno parezca que se ha dejado pisotear es ya muy difícil». Palabra de un barón socialista que ayer acudió al Congreso.

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