Política

Sánchez frenó el aquelarre de Ferraz contra Redondo

El presidente mantiene intacta la confianza en su director de gabinete frente a quienes, desde el aparato del partido, recelan de su estrategia

El presidente mantiene intacta la confianza en su director de gabinete frente a quienes, desde el aparato del partido, recelan de su estrategia.

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Si alguien escucha a un crítico de Iván Redondo diría que el PSOE ha tocado fondo. Sin embargo, la realidad es tozuda. Desde que el jefe de Gabinete del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, tomó las riendas de la estrategia de los socialistas, el PSOE no ha perdido ni una sola de las convocatorias electorales y, sobre todo, no es, ni de largo, el partido que perdía una vez tras otra y se dividía en luchas cainitas.

Redondo llegó al lado de Pedro Sánchez justo cuando ganó las primarias. Las segundas. Antes había caído en la gran batalla, de infausto recuerdo, del 1 de octubre. Sánchez y Redondo se conocían y les gustaba hablar de política. Eran simplemente amigos que ponían en común sus experiencias y sus conocimientos, reforzando una relación de confianza. Cuando Pedro Sánchez gana las primarias, en contra de todos los pronósticos, da un paso adelante y ficha a Iván Redondo. A partir de ese momento, el PSOE pasa de ser un partido perdedor a un partido ganador. Y en tiempo récord.

Iván Redondo, que ve la política como una partida de ajedrez, dónde siempre tienes que contemplar todos los escenarios y, lo más importante, estar preparado para afrontarlos, acepta la oferta de Pedro Sánchez. Algunos más se disputaban sus servicios. Rechazó sus ofertas porque el PSOE «es el único partido que puede crecer». Lo dijo en mayo de 2017 cuando el PSOE estaba noqueado, saliendo de una crisis que había dejado profundas heridas, un partido dividido, con las fuerzas mermadas y sin expectativas. Los socialistas cotizaban a la baja y Redondo se propuso a agitar la adormecida sala de máquinas del renqueante Partido Socialista. Este guipuzcoano tranquilo, reflexivo, que sabe escuchar, serio, un punto tímido, que no rehúye la polémica porque lleva la política en las venas, aceptó el reto y se instaló en Ferraz.

En pocos días se convirtió en el hombre del presidente. En su escudero. Es el hombre que piensa, que planifica, con tiempo por delante, sin improvisaciones y asume, sin pestañear todas las críticas porque es la última trinchera antes de llegar al secretario general. Redondo fue criticado desde el minuto uno. Eso sí, las críticas en privado y en voz baja, porque criticar y señalar a Redondo es más fácil que criticar a Pedro Sánchez, el secretario general que toma las decisiones.

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Redondo las asume con deportividad. Sabe que estar en medio de la mayonesa requiere sapiencia para no dejarse acorralar por los que quieren que se corte. Y, sobre todo, asume que es el escudero del presidente, al mando de la sala de máquinas y al frente de un equipo que trabaja en la sombra. Lleva en este puesto 16 meses y ha dado al PSOE la vuelta como un calcetín. En este tiempo, el PSOE pasa de ser un muerto viviente en la socialdemocracia europea a partido de referencia. Gana la primera moción de censura de la democracia española y gobierna con 84 diputados y un Parlamento, en general, en contra, y se ha impuesto en todas y cada una de las contiendas electorales. Incluido el 10-N.

En la historia del PSOE, la victoria había dejado de ser una norma desde 2008. Desde entonces se encadenaba derrota tras derrota. Hasta que llega Redondo. Sus adversarios se sitúan en el aparato del PSOE y en aquellos que consideran al partido como una finca de su propiedad sólo por el hecho de haberlo dirigido. Les llaman jarrones chinos y no son conscientes de que se les ha pasado el arroz. En las últimas horas, los zombis vivientes –González y Rodríguez Ibarra– han levantado la voz contra un pacto, histórico en la izquierda española, coreados por los perdedores de las primarias que llevaron al caos al PSOE en 2016. Reaparecen los mismos, con las mismas críticas y los mismos argumentos contra el secretario general socialista, y de paso contra Iván Redondo.

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En estos momentos convulsos, Sánchez vuelve a confiar en su escudero. Con las críticas efervescentes en la noche del 10-N que lo convertían en la cabeza de turco, parecía empezar un aquelarre donde a los críticos de siempre se sumaban, con entusiasmo, los que querían, y quieren, resituarse en los círculos de poder del partido y de La Moncloa. Sánchez cortó por lo sano. No estaba en esta fiesta post-electoral y le encargó a Redondo mover piezas para alcanzar un acuerdo con Podemos, porque el PSOE había vuelto a ganar las elecciones. Algo que muchos no habían tenido en cuenta. La sorpresa para más de uno fue mayúscula porque rompió los esquemas de los que pasarán a mejor vida, de los descolocados y de los que ven todo desde el tendido sin su ansiado protagonismo.

Quedar fuera de foco no es plato de gusto para muchos que buscan ahora con ahínco un premio de consolación y que arremeten, también con ahínco, contra la mano ejecutora de las instrucciones del secretario general. Redondo aguanta el chaparrón. Las críticas mediáticas, impulsadas desde los que en teoría son sus amigos, le resbalan porque su misión sólo es una, hacer de escudero de Sánchez, parar los golpes y ayudarlo a seguir al frente del Gobierno. Algunos críticos dicen que Sanchez confía más en Redondo que en el PSOE. Quizás la historia reciente les da la razón. Confiar en Redondo ha sido más fructífero para el PSOE que confiar en los que consideran que el partido es su cortijo particular. Incluidos los jubilados.