Sánchez- Iglesias: A la espera de un pacto «in extremis»

¿Hacia un acuerdo a la «portuguesa»? El tablero político ha dado tantos giros que muchos confían en un golpe de efecto de Sánchez que logre una investidura de última hora

Pedro Sánchez y Pablo Iglesias en su última reunión antes de la investidura fallida en el Congreso de los Diputados
Pedro Sánchez y Pablo Iglesias en su última reunión antes de la investidura fallida en el Congreso de los Diputados

Ambos líderes han mantenido contactos telefónicos en verano que evidencian el “hondo distanciamiento” entre el Gobierno y los morados

«A Pablo Iglesias le deseo lo mejor... en lo personal». La sentencia, realmente cargada de intención, pertenece a Pedro Sánchez y fue pronunciada ante propios y extraños en medio de la campaña electoral del 28-A. Entonces, el líder del PSOE daba por descontado que gobernaría en solitario sin ofrecer demasiadas contrapartidas al secretario general de Podemos, de quien siempre ha desconfiado. A Sánchez le bastaría jugar con la amenaza de un segundo paso por las urnas como elemento de presión clave para doblegarle. Más aún si, como preveían los gurús demoscópicos de La Moncloa, los socialistas rondaban los 135 escaños y los morados se despeñaban hasta los 30.

El vaticinio, sin embargo, falló. ¡Vaya si falló! El triunfo de Pedro Sánchez fue insuficiente y Pablo Iglesias frenó su «despeñe». Aun así, el presidente en funciones transmitió a los suyos un mensaje optimista. Sólo hacía falta sentarse a esperar. Las municipales, autonómicas y europeas del 26-M eran la mejor muleta para retrasar cualquier atisbo de negociación. Únicamente cuando Sánchez temió cargar con la losa de aparecer ante la opinión pública como el culpable del bloqueo institucional, tuvo que mover ficha e incluso lanzar una tímida oferta de coalición.

Pero las cosas cambiaron al malograrse su investidura en los días finales de julio, con el consiguiente desgaste para su persona. A partir de entonces, Pedro Sánchez parece más decidido que nunca a sacar de la escena a Pablo Iglesias. Ciertamente, en los mentideros se especula con un posible pacto de última hora para que el Rey pueda poner en marcha una nueva investidura, pero cuando se golpea el ego de un líder, la reconstrucción de los puentes puede demorarse durante años. Máxime si quienes están frente por frente son personalidades tan orgullosas como las de Sánchez e Iglesias.

De momento, el único cambio en este paréntesis estival ha sido la contraoferta del líder morado desempolvando fórmulas ya rechazadas en julio. Al menos, le ha servido al jefe de Podemos para un intercambio de WhatsApps que ha evidenciado –afirman fuentes monclovitas bien informadas– «el hondo distanciamiento» entre ambos.

A veces, las segundas oportunidades son imposibles, y Sánchez transmite la impresión de que ya es demasiado tarde: Iglesias está lejos de ser el socio que quiere, más aún cuando su entorno hace tanto hincapié en las diferencias irreversibles en política territorial, migratoria o internacional.

Episodios de este mismo verano, como la crisis de los inmigrantes del «Open Arms» o el fin de semana del G-7 en Biarritz al que el presidente español acudió como invitado mientras Unidas Podemos enviaba representantes a las protestas anticapitalistas, no han hecho más que profundizar en la idea socialista de que entre ellos y el partido morado existe una «distancia sideral» en la concepción de la política y la economía, máxime con el mural de fondo de la situación que vive Cataluña.

Por todo ello, importantes colaboradores del secretario general del Partido Socialista dan por seguro su regreso a la carretera para pedir el voto. Los socialistas, en todo caso, llevan semanas en modo electoral. Sánchez ha reforzado la Secretaría de Organización, calentando su engranaje, e incluso ha explicitado ante los suyos los ejes de la campaña para repartir responsabilidades a diestro y siniestro y ensanchar su espacio electoral apuntalando el espacio de la centralidad.

El líder socialista –abundan quienes apoyan la repetición electoral– sólo debe llenar el escenario cuatro semanas más, las que restan hasta que se cumpla el plazo para la convocatoria automática de elecciones para el 10 de noviembre. Los planes inmediatos de Pedro Sánchez pasan por una nueva tanda de reuniones esta misma semana con los denominados colectivos sociales para construir oficiosamente un programa de legislatura o, más bien, electoral. Tras los muros del Palacio de La Moncloa, Sánchez continuará su política de escenificación, a la que es tan aficionado, y, con la presión del avance del calendario ofrecerá un último encuentro a Pablo Iglesias y al resto de actores políticos. También a Pablo Casado y a Albert Rivera. Instantáneas para mostrar que ha peleado hasta el último momento por superar el bloqueo.

El tablero ha dado ya tantos giros que el presidente en funciones puede guardarse algunos golpes de efecto. Estos días el relato monclovita se centra en el «pacto a la portuguesa»: un gobierno socialista en minoría sustentado por partidos «progresistas» que generen mejoras sociales sin desatender los compromisos económicos con Europa. La realidad cruda, no obstante, apunta más bien a agendas partidistas que pasan por delante del interés de España.

Desde luego, Pedro Sánchez ha cerrado a cal y canto la entrada al Consejo de Ministros, no ya de Pablo Iglesias, sino de todo el partido morado. De «socio preferente» está pasando a ser el enemigo a batir. Los sondeos sobre la mesa de su despacho en La Moncloa le empujan a ello. Si se acaba precipitando la segunda vuelta, el objetivo final del líder del PSOE sería dejar «KO» a Iglesias sobre la lona de las urnas. Entregar a los suyos la cabeza del político «pomposamente autoproclamado» de izquierdas que habría impedido por tres veces un Gobierno encabezado por el Partido Socialista. Eso, en cualquier caso, es otra historia... y está por ver siquiera que llegue a escribirse.