Sangre y política

Cuando el terrorismo mancha nuestras calles, cabe preguntarse cómo reaccionará el mundo separatista

Cuando gran parte de una sociedad cae bajo el narcisismo nacionalista termina interpretando toda la Historia Universal como si fuera un culebrón que le sucede solo a ella.

Cuando gran parte de una sociedad cae bajo el narcisismo nacionalista termina interpretando toda la Historia Universal como si fuera un culebrón que le sucede solo a ella. Todo nacionalismo se siente, por su propio y delirante credo, el centro del mundo y su protagonista. Ya cuando el atentado de las torres gemelas no faltaron voces en Cataluña que lamentaban que los terroristas hubieran escogido para su masacre una fecha que coincidía casualmente con la de la Diada regional, como si no hubiera muchos más cadáveres que lamentar bajo los escombros. Ahora, cuando la barbarie asesina del terrorismo internacional ha manchado nuestras propias y cercanas calles, cabe preguntarse cómo reaccionará el cada día más encogido mundo separatista frente a estos hechos.

Ya sabemos, que para alimentar su visión independentista, los nacionalistas siempre se han autoimpuesto la visión hegeliana de la Historia, que obliga a dotar de sentido a los hechos aislados y consecutivos otorgándoles razón y justificación por forzadas que sean. Pero ahora con la barbaridad sin sentido de cinco criaturas muertas sobre la acera, no nos queda más remedio que volver la vista a Aristóteles, quien ve la historia como una sucesión de hechos sin que de esa secuencia pueda inferirse relación de consecuencia. Una relación que, según el griego, serían luego los poetas quienes vendrían a dotar de sentido.

Con el proceso independentista de Puigdemont y Forcadell atascado en su inanidad y contradicciones, llegando tarde ya a los plazos que ellos mismos anunciaron, mal lo tendrán ahora para ahondar en la separación, la incomunicación y el aislamiento, justo cuando la colaboración, coordinación e unión de la Guardia Urbana, los Mozos de Escuadra y la Guardia Civil ha respondido de manera capaz, eficiente y resolutiva a la amenaza que cayó irracionalmente sobre los viandantes. Fueron respaldados además en todo momento por la paciencia, comprensión y ayuda de toda la ciudadanía.

Queda claro ahora que no hay que confundir un modelo turístico equivocado con el turista concreto; que hacer eso es también otro tipo de barbarie. Hace meses, Ignacio Echevarría en Londres ejercía asimismo en sus ratos libres de turista. Su bondad y generosidad le llevó a no preguntarse cuál era la religión de la chica que vio acuchillada, ni si era autóctona, indígena, turista o emigrante. La vio en peligro bajo los cuchillos asesinos y se lanzó al combate con lo que tenía entre manos, dejando su vida en el intento. Si, como salida a su torpeza política, Puigdemont pretende ejercer de mártir, hay que reconocer que ahora lo tiene muy mal, porque la prosaica, sangrienta, insensata y brutal realidad le ha superado y como mártir queda muy pequeño. Los hechos, sin embargo, agigantan cada día más la figura de un Ignacio Echevarría.

La posible salida al proceso de Puigdemont a través de la desobediencia, la tozudez y el martirologio queda ya enormemente devaluada porque como héroe sacrificial se convierte, frente a hechos más estremecedores que él, en algo totalmente caricaturesco y doméstico: la pantufla a cuadros de la política. No es lo mismo perder la vida enfrentándote a los cuchillos de la barbarie que no pagar una multa. Otra posible salida para el proceso es aducir, puesto que ya llegaban tarde a todo, que inesperados hechos de violencia internacional han creado un escenario inadecuado para el asunto ahora mismo y que habrá que posponerlo y esperar un poco. Funcionaría para el consumo interno, de cara a ganar tiempo con el que arreglar el patio revuelto de luchas interiores de su debilitada congregación.

Sea cual sea el camino, no dudemos que volveremos a ver aparecer a Hegel en toda esta historia de barbarie y despropósitos. Tarde o temprano alguien, para dotar de un relato con sentido al asesinato irracional, querrá buscar relaciones causales, convertir la relación de secuencia en relación de consecuencia. Y llegarán los poetas para difuminar las diferencias entre realidad y ficción. Veremos y escucharemos teorías conspirativas en las cuales la CIA habría diseñado los atentados para atacar a Cataluña o que el gobierno central tendría noticia de que iba a darse el ataque pero que decidió no hacer nada hasta el último momento sólo para perjudicar al proceso de los independentistas. Obviamente, esos relatos serán anónimos, como les pasa a los cuchillos de la barbarie hasta que luego los capturas y los identificas.

Sea como fuere, lo que es seguro es que en los próximos meses tendremos que volver de vez en cuando la mirada a Aristóteles para entender todo lo que pasa en Cataluña. Y comprender el papel que daba entonces a los poetas en la historia: el de ponerle mayúsculas delante. Nadie en su sano juicio recomendaría esa dirección a Puigdemont. Por ese camino, lo veo dentro de poco solo, a la intemperie, escribiendo rimas y leyendas en lo más alto del Pedraforca.