Socialistas en busca de un autor

Se avecina otra transición socialista en la que el PSOE podría convertirse en una fuerza residual porque están centrando su estrategia en sus afiliados y no sobre sus votantes y simpatizantes, que representan un número mucho mayor

José Luis Rodríguez Zapatero, tras despositar su voto en la sede provincial del PSOE en León
José Luis Rodríguez Zapatero, tras despositar su voto en la sede provincial del PSOE en León

Se avecina otra transición socialista en la que el PSOE podría convertirse en una fuerza residual porque están centrando su estrategia en sus afiliados y no sobre sus votantes y simpatizantes, que representan un número mucho mayor

Cerrada la noche de ayer era previsible la victoria de Pedro Sánchez. Como también era previsible que se dejaran notar finalmente los votos andaluces de Susana Díaz. Si se confirma que quien perdió a la baja dos elecciones consecutivas, dividió su partido y fue arrojado a las tinieblas exteriores por una violentada Ejecutiva Federal, podremos decir aquello de «apaga y vámonos». De todos los secretarios generales que ha tenido el PSOE el menos preparado políticamente es Sánchez y llamarán unidad a lo que solo es revancha e ignorancia de lo que supone el importantísimo voto socialista. Resulta empírico que cuanto más se radicaliza el PSOE menos votos recaba. Pero no acaban aquí los duelos y quebrantos socialistas. Hay que designar un Comité Federal que, según las alianzas que se trencen, podría ser hostil al flamante Secretario, con lo que todo sería un volver a empezar. Y queda obligado un Congreso que puede resultar dividido como esta votación de primarias. División entre funcionarios partidistas e incluso entre el norte y sur del país. Lo que le está ocurriendo al PSOE se denomina «fatiga del metal» que dobla viejas vigas de acero. El PSOE no está en riesgo de explosión sino de implosión por tanto daño que se han hecho a si mismos y que se abrevia a continuación. Lo definió el malvado Andreotti sobre la política española: «Manca fineza». Primarias de carrera de rucios.

Tal como el PNV ha expurgado las obras completas de Sabino Arana aduciendo que no deben leerse fuera de contexto, el PSOE rehúye el primer discurso en Cortes de Pablo Iglesias Posse en un atribulado 1910: «El partido que yo represento aspira a concluir con los antagonismos sociales... esta aspiración lleva consigo la supresión de la Magistratura, la supresión de la Iglesia, la supresión del Ejército... este partido está en la legalidad mientras la legalidad le permita adquirir lo que necesita; fuera de la legalidad cuando ella no le permita realizar sus aspiraciones». Tanto Arana como Iglesias tenían su contexto pero no se distinguieron por predicar la paz. Iglesias llegó a amenazar con el atentado personal al primer ministro, Maura, crimen que otros intentarían sin éxito. El PSOE se fundó en una taberna pero del nuevo partido dio fe Pau Lafargue, esposo de Laura, hija de Carlos Marx, con la que cometería suicidio pactado cuando la edad les rindió con sus achaques. Felipe González entendió bien que estos discursos y maneras no casaban con las postrimerías del siglo XX renunciando a la interpretación marxista de la Historia y la Política. Esa transición interna no fue fácil y se desarrolló con su dimisión y gran alboroto.

Me telefoneó: «No me voy para retomar más poder. O el partido renuncia al marxismo o me doy de baja y me dedico a un bufete». Felipe era un valor en alza, sin sustituto que le alcanzase, y hasta la Izquierda Socialista de Luis Gómez Llorente y demás compañeros mártires hubieron de plegarse a quien luego Txiqui Benegas calificaría de «Dios». Aquel cambio dejó un poso no de radicalismo pero si de sectarismo como ha recordado recientemente Joaquín Leguina, «padre» de la autonomía madrileña y socialista de pro, salvado «in extremis» de las garras del general Pinochet. A partir de su abrumador acceso al Gobierno en 1982 con 202 diputados el PSOE acusa ese sectarismo: no aceptan su error previo con la OTAN y someten a la sociedad a un psicoanálisis de caballo, y caen en cierta esquizofrenia ya que por una parte te aseguran que no piensan asaltar el Palacio de Invierno, ni siquiera alquilarlo, y por otro lado te dicen con toda seriedad que para superar los 40 años de franquismo deberían ellos gobernar otros tantos. Aquello lo tomabas como bufonada democrática, pero después resultaba más peligroso su convencimiento de que la Educación debía ser asunto exclusivo de los socialistas, como han demostrado con gran éxito y grave daño generacional. Asunto colateral, pero que no se les pasa ni con la edad, es que se arroguen una superioridad moral sobre el resto de las fuerzas políticas, aunque estén a su izquierda. Así Pedro Sánchez pudo recitarnos el monotema de «Rajoy, no» como en el siglo pasado hizo historia el «Maura no». Si te crees maestro de moral puedes caer en la ucronía y perder la noción espacio-tiempo. De estas primarias olvidables, de las que los militantes habrán sacado poco en claro fuera de confirmar sus simpatías personales, mientras la masa de los españoles hemos quedado a la Luna de Valencia sin puerto al que atracar, no saldrá el PSOE necesario para los retos económicos y territoriales que nos acechan. Pero tampoco sufrirán el desmoronamiento de otras socialdemocracias europeas. Ninguno de los integrantes del trío candidato tiene hechuras de Sansón derribando el templo sobre los filisteos. Ni Sánchez, esa ambición fuera de límites.

Se avecina otra transición socialista en un Congreso en el que definirán si prescinden de la O y de la E arrojándose a un sovietísmo federalista de ópera bufa. Entonces, sí, se convertirían en una fuerza residual, porque están haciendo todos los análisis sobre sus afiliados y ninguno sobre sus votantes y simpatizantes.

Mientras Pablo Iglesias Turrión les mira como el gato al canario puede el PSOE resucitar fuertes corrientes en su seno tal como coexistieron en su día Indalecio Prieto con Largo Caballero o Julián Besteiro. Es un juego de adivinanzas o de intenciones, pero tanto si gana como si pierde esta apuesta, Pedro Sánchez interpretará el papel de «Don erre que erre» obnubilado por el Frente Popular portugués, que en España tiene otra lectura y, además, ominosa. Aunque no llene la Puerta del Sol Iglesias sólo tiene que esperar a que le rían sus novatadas de bar de facultad. La esqueletización de la socialdemocracia que aún representa el PSOE desarbolaría la política nacional dando razón a los populismos antisistema y propiciando salvapatrias allende el centro-derecha. Por más que lo proclamen los neocomunistas del Foro de Sao Paulo y su socialismo del siglo XXI (Venezuela como tubo de ensayo) el bipartidismo no ha muerto, aunque desarrolle formas de Gobierno más elásticas propias de mayorías minoritarias. Los socialistas acaso no lo sepan pero un PSOE fuerte, exento de aventurerismos y aventureros, es capital para lo que llamamos España.