Política

Teoría del «auto odio»

Momento de la intervención de dos de los conferenciantes de ayer
Momento de la intervención de dos de los conferenciantes de ayer

Entre las categorías políticas que maneja el nacionalismo catalán en esta etapa crepuscular –diríamos de «solución final» si no fuera por su maldita resonancia–, hay una realmente impactante por la violencia que transmite. Hablamos del «auto odio», o el odio que una persona siente hacia sí misma, a los que son como ella y lo que representan. Pero hay otras expresiones: «genocidio cultural», «anomalía histórica», «humillación». Los antropólogos hablan de que el «auto odio» es propio de los pueblos colonizados. Cataluña no es una colonia de nadie, aunque algunos sueñen con ello en un alarde de tirabuzón victimista.

En el simposio «España contra Cataluña: una mirada histórica (1714-2014)», muy prolífero en el uso de términos con sombras tétricas, ha aparecido dicha expresión como una manera de definir a aquellos catalanes críticos con el nacionalismo y abiertamente contrarios a esa cosmovisión en la que Cataluña, como el sol, es siempre el centro. En el fondo, es gente que no ha sabido resistir –o ha aceptado gustosa– la «represión españolista» y ha caído a sus pies con la más humillante de las fórmulas: culpabilizándose de su propia identidad a través de la crítica al pensamiento nacionalista.

El catedrático Jordi Cassasas habló ayer de «comportamientos de auto odio» como una sutil forma de represión. «La represión sobre la cultura nacional se produce desde el campo de la política, el esfuerzo normativo, las instituciones, la economía (por asfixia), la religión, la burocracia, el terror militar o policial, la judicatura, la moralidad colectiva o desde los estados de opinión (sobre todo desde la aparición de la prensa), sin olvidar los aspectos de autorepresión, autocensura, auto odio...». Se entenderá de esta manera que contra Cataluña exista «una represión cultural global», según expresión del profesor Cassasas, probablemente nunca ejercida contra otro pueblo. En todo caso, es una «represión global» tan históricamente planificada que parece salida de un guión reciente: el «terror» posterior a 1714; el «natural» bajo el régimen «liberal uniformador»; el «sistemático» de las dos dictaduras del siglo XX; y el que «se ejerce bajo la cobertura legal de la Transición democrática en adelante».

Existe, por lo tanto, la «excepcionalidad catalana», expresión usada por el nacionalismo más irredento para referirse a ese itinerario histórico o calvario que sólo busca su destrucción. August Rafanell, historiador de la lengua catalana en la Universidad de Girona, se preguntaba: «¿Cómo se explica que la lengua catalana, a pesar de los envites de la represión iniciada con la Nueva Planta y perpetuada por diversas leyes, haya resistido y llegue a confirmarse como un idioma nacional en los tiempos contemporáneos?». Esa «anomalía histórica» tiene una explicación, que en sí misma demuestra una cierta «superioridad moral» del nacionalismo catalán. Dice el profesor Rafanell: «Los hablantes de cualquier lengua que ha desaparecido no han resistido, se han adaptado, porque han tenido la necesidad o porque no han tenido voluntad de ser leales a una nación, sino que simplemente han usado una lengua y ya está». O dicho de otra manera, la lengua catalana «nunca fue perseguida como ejemplo de un dialecto gregario». Es una «lengua de Estado».

Ésta es la excepcionalidad que ha permitido, según el profesor Jordi Cassasas, sobreponerse a un «genocidio cultural» –dicho sin pedir perdón al pueblo judío– en el siglo XX y que da paso, entre 2000 y 2014, a una «violencia recentralizadora creciente contra la lengua y la cultura catalanas. Es una constitucionalización de la uniformidad».

Nadie oculta que 2014 será un año duro en Cataluña y que el simposio «España contra Cataluña», que ha coincidido –casual o voluntariamente– con el anuncio de la pregunta y la fecha del referéndum por la independencia, ha sido un ejemplo de lo responsables que son los intelectuales en los conflictos cívicos.