Un ejemplo para Don Felipe como jefe de Estado

No había un plan habitual de reuniones entre padre e hijo. Despachan menos, pero sus encuentros van por temporadas

Don Juan Carlos abraza a Don Felipe tras firmar la Ley Orgánica que hacía efectiva su abdicación en una solemne ceremonia
Don Juan Carlos abraza a Don Felipe tras firmar la Ley Orgánica que hacía efectiva su abdicación en una solemne ceremonia

No había un plan habitual de reuniones entre padre e hijo. Despachan menos, pero sus encuentros van por temporadas

Los que conocen a Don Juan Carlos recuerdan que sus lágrimas en el funeral de su padre en El Escorial no sólo eran el tributo a una difícil relación durante años, sino también a unos últimos años en los que el Conde de Barcelona tampoco había ocupado un lugar en el protocolo de La Zarzuela. Es verdad que habían sido años tranquilos, tras el largo exilio en Estoril. El chalé de la calle Guisando cumplía las necesidades de los padres del entonces Rey. Pero Don Juan, al no tener un papel asignado dentro del protocolo real, se dedicó a viajar, pasar largas temporadas con sus amigos, al mar... y ahí surgieron algunas amistades peligrosas, como la de Mario Conde, que complicaron bastante las cosas.

Pero la historia se repite. Quizá por aquella experiencia, a Don Juan Carlos le preocupaba su abdicación. Aunque sabía que debía tomar aquella decisión, surgían dudas sobre su estatus y el papel que debería desempeñar en el futuro. Tampoco había nada escrito. Quizá por eso, lo primero que decidió –de acuerdo con su hijo, claro está– fue que debía seguir conservando el tratamiento de Rey. No Rey Padre, o Rey Emérito como algunos le llaman, sino simplemente Rey. Y con el tratamiento de Majestad. Estuvo listo como siempre Don Juan Carlos. Haber seguido utilizando el Condado de Barcelona que utilizara su padre –como algunos recomendaron– hubiera dado lugar a no pocos desplantes en los últimos tiempos. Pero no: el seguiría siendo Rey y Doña Sofía la Reina. Y ambos mantendrían sus tratamientos ¡y su casa!

Lo de conservar La Zarzuela es un decir. Don Felipe utiliza a diario el salón de audiencias y el despacho del Rey y también es donde recibe de manera más informal a los mandatarios extranjeros que visitan nuestro país. Pero Don Juan Carlos, Doña Sofía y la princesa Irene –hermana menor de ésta– han seguido manteniendo sus habitaciones, despachos y salones privados. Cada uno hace su vida y las coincidencias han dejado de ser mucho menos frecuentes que cuando Don Juan Carlos era el Soberano.

Si me detengo en estos aspectos materiales es porque resulta más fácil entender así cuál es la relación que hoy mantienen Felipe VI y su padre. Como he dicho, no había y no hay nada escrito sobre el papel que cada uno deba desempeñar. Es claro que Jefe de Estado sólo hay uno. Y en el protocolo, el matiz se percibe cuando llegan los comunicados de la Casa del Rey: al escribir «Sus Majestades los Reyes» se refieren a Don Felipe y Doña Letizia, y cuando dicen Su Majestad el Rey Don Juan Carlos o Su Majestad la Reina Doña Sofía, está claro a quién se refieren. Pero nada constaba sobre el papel que padre e hijo iban a ostentar porque no había nada que repartir. Don Juan Carlos –y Doña Sofía, no lo olvidemos– entrarían en los actos protocolarios cuando Don Felipe se lo pidiera. Y así ha venido ocurriendo con las tomas de posesión de los presidentes iberoamericanos, y en algunos otros actos. Pero como tampoco había un plan habitual de encuentros entre padre e hijo, Don Juan Carlos decidió «abrir» despacho en el Palacio Real. Dicen que el anterior soberano quería cierta discreción e intimidad; y que el enorme edificio del palacio de Oriente facilitaba este tipo de encuentros. Me consta que Don Juan Carlos sigue utilizándolo cuando está en Madrid y, quizá por eso, padre e hijo despachan menos; aunque, como me reconocen las mismas fuentes esos encuentros van por rachas y temporadas. La crisis catalana, por ejemplo, cambió bastante las cosas. Don Juan Carlos tiene –desde que se entrevistó la primera vez con Tarradellas– un conocimiento bastante exacto de lo que allí ha sucedido. Siempre ha tenido grandes informantes dentro de ese empresariado y los políticos catalanes. Y aunque algunos «me han salido ranas» con esto del independentismo –como él ha comentado–, otros han jugado un papel destacado que tampoco ha trascendido.

Estos contactos entre padre e hijo cuajaron, por ejemplo, en el discurso del 5 de octubre de Don Felipe sobre Cataluña. Aunque el tono del mismo fue muy meditado y consultado y, algunos le recomendaron dejar las puertas abiertas al diálogo, tanto Don Juan Carlos como el Gobierno eran de otra opinión. Aquel día no tocaba andarse con paños calientes. La trascendencia de aquellas palabras permite afirmar que Don Juan Carlos sigue siendo el gran asesor del Rey. Que le veamos frecuentemente en viajes o comiendo y cenando en restaurantes de lujo no implica que esté todo el día de juerga sino algo tan evidente como su ausencia en el día a día del protocolo. Sirva un ejemplo para lo que digo: en los últimos tres meses, Don Juan Carlos y Doña Sofía han coincidido en tres actos: el 12 de noviembre en la Academia de san Fernando; el 21 en la de Ciencias Exactas y el 16 de diciembre en los funerales por el rey Miguel en Rumania. Es un hecho que a lo largo de 2017 han coincidido hasta en 15 ocasiones, pero los españoles tienen la percepción de que apenas se les ve juntos. Esa sensación, unida a la que digo sobre sus viajes y encuentros con amigos ofrece una imagen bastante distorsionada de la realidad. A estas alturas no es que a Don Juan Carlos le preocupe, pero la popularidad de Don Felipe y Doña Letizia, que ha mejorado notablemente desde su «intervención» en el asunto catalán, podría resultar afectada.

Mejoraría mucho también ver a Doña Letizia más cercana a Don Juan Carlos. La gente piensa que su mala relación podría salpicar a la relación padre-hijo. Pero esa es cuestión que se mueve en niveles más personales, a los que sin embargo habrá que entrar en algún momento.

Don Juan Carlos cumple 80 años el mismo mes que don Felipe cumplirá 50. Son generaciones diferentes, pero cuya sintonía –es justo reconocerlo– ha coincidido con la etapa más próspera de libertad y bienestar en la historia de España.