Usabiaga, un mes después: un conocido y probado dirigente de ETA anda suelto de nuevo

Tras examinar los muchos documentos encontrados en 1992 en Bidart, en desarticulaciones a comandos de ETA y en registros llevados a cabo en la sede de LAB a primeros de los noventa se demostraba lo que ya entonces todo el mundo sabía: la conexión entre HB y ETA.

Aquellas investigaciones, que se hicieron públicas en 1994, revelaban que desde años antes Rafael Díez Usabiaga venía siendo junto a José Luis Álvarez Santacristina (“Txelis”) el jefe político de ETA de lo que se denominaba entonces “complejo ETA”, es decir la suma de banda terrorista más el entramado de organizaciones que la apoyaban.

Díez Usabiaga ha pasado los últimos seis años en la cárcel pero por cuestiones menores y más recientes. A su salida, le recibieron 150 personas y no 150.000 y dio un par de mítines al que asistieron otros cientos de sus militantes. No es Nelson Mandela, vamos. Dejando a parte el hecho de tener que soportar como un dirigente terrorista se pasea por la tierra de uno dando charlas y la grave patología que padece, sin saberlo, su público, yo creo que eso no es lo más importante. Tampoco que nos lo pongan (¡que nos lo pondrán!) en prime time en el canal autonómico para que entendamos su contribución a la paz. Tampoco que se presente como candidato a lehendakari en las próximas elecciones, a todo esto ya estamos acostumbrados (lástima, pero parece que el Gobierno de la nación también).

Como asegura Ander Zurimendi, periodista, escritor (uf!) y jefe de prensa de la CUP (ay!) en su reciente libro “Recoja sus cosas” en el que relata la vida de los presos de ETA tras cumplir su condena, “el contexto de una persona que sale de prisión por haber pertenecido a ETA es que va a tener un ‘colchón’ económico y social, y un relato en el que integrarse. Sin embargo, un preso social puede ser alguien pobre que pudo entrar en prisión por robar, y cuando sale no tiene dónde integrarse”. Como Díez Usabiaga no es un pobre preso común sino que organizó otro tipo de trabajos, digamos, más especializados, tampoco debemos preocuparnos por su integración en su pueblo de acogida. No le faltará “colchón”.

No parece que la cárcel le haya cambiado cuando nada más salir de ella ha lanzado su compromiso de “seguir en la lucha” pero así y todo debería conocer algunos de los consejos sobre “cómo pedir perdón” que tiene escritos su compañero de entonces en la jefatura política de ETA (José Luis Álvarez Santacristina-“Txelis”) quien sí se ha esforzado por mostrar su verdadero arrepentimiento:

“La petición de perdón, para ser auténtica y reparadora, debe hacerse desde el sufrimiento de la víctima....Pedir perdón de forma sincera no obliga a la víctima a tener que otorgar su perdón, ni siquiera a escucharte...es un acto de humildad, pues te reconoces radicalmente falible y responsable del mal causado a alguien...es un acto de valentía porque te atreves a enfrentarte al mal que has provocado...es un acto que te reconcilia con lo más profundo de tu dignidad...es manifestar la firme voluntad de no volver jamás a realizar un acto semejante.”

Casi nada. Pero no perdamos el tiempo en preocuparnos por si debería arrepentirse totalmente, a medias, en la intimidad, en público o no lo hace nunca. ¿Qué más dará? Ya hay quienes lo han perdonado todo, observen como recibe a Otegi en Cataluña el “pueblo” y la policía autonómica.

Díez organizó la estrategia global de la banda y participó en sus decisiones durante muchos años. En ese tiempo subordinados suyos asesinaron a cientos de personas. Para que darle más vueltas: participó en una trama asesina y no ha pagado por ello. Y no es él, lo que haga, lo que diga o las alabanzas de los suyos en lo que deberíamos emplear atención y energía.

Lo que sí debe preocuparnos y, sobre todo, ocuparnos es saber si hay manera de que esta persona responda ante la justicia por lo que hizo la banda mientras él estuvo en su jefatura.

Ahora no se trata tanto de mirarle a él como de volver la mirada hacia los nuestros, a nuestro Gobierno y a quienes desde la Justicia deben poner el mayor empeño posible en esclarecer quienes fueron y qué hicieron los autores intelectuales en cada tramo temporal de la existencia de ETA.

La justicia para con estos individuos (la que se les debe a las víctimas) y no su integración en la sociedad, debería ser una preocupación natural del Gobierno y de los órganos judiciales de nuestro país.

Un conocido y probado dirigente de ETA anda suelto de nuevo.

Es el tremendo peso de las injusticias pendientes el que impide ese pasar página soñado hipócritamente por tantos.