La generación que todo lo “sabía” por Google

Google llegó para cambiar todo y en ese grandísimo océano se puede buscar todo pero ¿cómo buscar bien? o, lo que es más importante, ¿cómo saber que lo que estás leyendo es cierto?

Leo en el estado de una red social de un amigo virtual, profesor, que una alumna de segundo de bachiller (último curso previo a la universidad), le pregunta que qué significa segoviana. Perplejo, le contesta que mujer natural de Segovia. Y más perplejo todavía se queda cuando le pregunta si sabe qué es Segovia y la respuesta es: no. A continuación le pide que le diga al menos cinco ciudades de cualquiera de las dos Castillas y es incapaz de decir una.

Veo que en TVE un profesor dice que la tarea fundamental de éste es transmitir felicidad a los alumnos. ¡Ahí es nada! Otra amiga virtual cuenta que el dichoso grupo de padres de wassap se arma la marimorena porque los profesores repartieron mascarillas rosas y azules y las niñas se acopiaron de las primeras. Hubo déficit lo que provocó que varios padres, especialmente madres, protestasen por tamaña ofensa a la identidad de género, que el rosa perpetúa el patriarcado y cosas similares. ¡En qué cosas están algunos padres hoy día!

A mí me da la sensación de que no estamos a lo que tenemos que estar. Y que, claramente, la educación, al menos la pública, está siendo politizada desde hace años (y no señalo a nadie), en lugar de servir para formar personas con unos conocimientos que les sirvan para poder enfrentarse a un mundo globalizado desde hace ya muchos años, lleno de personas muy bien preparadas que les darán sopas con ondas en cuanto pisen el terreno laboral si es que llegan a él. Luchar contra el machismo es desde luego una tarea de toda la sociedad, pero éste no se combate con discursos vacuos sobre el color que les gusta a las niñas, que, perdonen, suele ser el rosa. ¡Qué le vamos a hacer! Una niña o un niño no aprende a despreciar el machismo o a interpretarlo, incluso cuando no es visible, despreciando dicho color, sino sabiendo, es decir, conociendo. Conocer implica averiguar a través de capacidades intelectuales la naturaleza, cualidad y relaciones de las cosas. Del vocablo latín cognoscĕre, formado por el prefjo co- (del latín cum), que significa ‘com’, y el verbo gnōscere, que expresa ‘saber o tener noción’. Y, para eso no hay atajos y el que los ponga fracasará. El conocer se basa en investigar para obtener información y conocimiento sobre un asunto, materia o ciencia. Asimismo, es distinguir una cosa sobre otra. El o la que conoce, por tanto, distinguirá perfectamente que si una niña prefiere el rosa no es víctima de ningún patriarcado, pero que si no estudia y se forma de manera adecuada será más propensa a ser manipulada.

De un tiempo a este parte se promulga por coaches (ay, ¡qué parcela tan singular!), algunos pedagogos y profesiones similares varios conceptos referidos a la educación. A saber: que el alumno tiene que divertirse o ser feliz, que memorizar no sirve para nada y genera ciudadanos borregos y, la que más me gusta, el trabajo de las emociones, que tienen que emocionarse para aprender y que sin emoción no hay tu tía. ¿Y qué hacemos, entonces, con los niños que no se emocionan aprendiéndose los ríos de España, por ejemplo? Nada, que se queden sin saberlo, como la muchacha que no sabe dónde está Segovia y asunto zanjado.

Está claro que las emociones forman parte de la vida de los seres humanos, eso no hay nadie que lo ponga en duda, como tampoco podemos negar que estudiar lo que te gusta es lo mejor que te puede pasar, así como trabajar en aquello para lo que te has formado. Pero eso viene después, una vez que has terminado la educación básica, la que todos tienen que hacer con materias comunes. No a todos los alumnos les gustan las matemáticas y aprenderse la tabla de multiplicar puede ser emocionante o no. Pero lo que es cierto es que se la tienen que saber como también tienen que saberse las normas ortográficas y por dónde pasa el Ebro o el Guadalquivir. Podría eternizarme poniendo cientos de ejemplos sobre cosas que son básicas para tener unos mínimos conocimientos.

Google llegó para cambiar todo y en ese grandísimo océano se puede buscar todo pero ¿cómo buscar bien? o, lo que es más importante, ¿cómo saber que lo que estás leyendo es cierto? El conocimiento no es no recordar en qué año fue la batalla de las Navas de Tolosa y que la red te chive el año 1212 en nanosegundos. El conocimiento implica poner en contexto dicha batalla, qué supuso para la historia de la reconquista, qué ambiente se vivía entonces, cómo era Europa, qué se pensaba, qué se construía, es decir, una contextualización que requiere conceptos tremendamente impopulares como son el esfuerzo, la constancia y el tiempo. Y, desde luego, estudiar cosas que no te gustan.

Soy de la generación de la EGB y no me dedico a la enseñanza por lo que desconozco cómo es ahora mismo el temario actual concreto, pero basta ver qué lugar ocupamos en los ranking PISA o basta ver cómo escriben y hablan en general (siempre hay honrosas excepciones) los llamados millenial para vislumbrar un panorama poco alentador que se traduce en un paro juvenil nada esperanzador. En algunas zonas de España rozando el 60%.

¿Hay una intención política en todo esto? Seguramente, sí. Pero ¿cuál? Da miedo hasta pensarlo pero lo que sí genera ciudadanos borregos no es memorizar sino no saber ni de dónde vienes, ni qué sucedió en el ámbito cultural occidental y eso abarca historia, filosofía (sí, esa despreciada asignatura), arte, literatura, geografía...es decir, las siempre maltratadas humanidades.

Hay quién está convencido de que las nuevas tecnologías y sus metodologías son, no ya el futuro, sino el presente. Y no lo pongo en duda pero ¿todos se van a dedicar a diseñar apps? Y, lo que me parece más importante, ¿diseñar apps es incompatible con no saber dónde está Segovia? Otra profesora en la conversación con la que inicio este artículo comenta: “hace años, en 2º de bachillerato, inicié la clase acerca de Aristóteles diciendo: Aristóteles nació en Estagira, en el 384 a. de C. etc, etc....", al momento una alumna se me rebeló diciéndome..."Yo no creo en Dios ni en Jesucristo, por tanto, no sabemos cuándo nació". Y añade que ahí lo relevante no es la ignorancia (yo diría que sí lo es), sino la confusión mental, mezclar conceptos. Creer en Dios es algo muy personal pero es un hecho histórico que Jesucristo existió y, lo que es más evidente, contamos los años como antes y después de Cristo. El hecho de aclarar esto de por sí, ruboriza.

Luego está, cómo no y derivado también de todo este pensamiento que nos domina, la cero tolerancia a la frustración que les impide rectificar y aprender de sus errores, algo básico en el crecimiento de cualquier ser humano en cualquier aspecto de la vida, no sólo el académico. Google y similares facilitan que se esfuercen todavía menos. Y ojo, internet es una herramienta maravillosa, pero como todo en la vida también tiene su parte negativa: que ni todo lo que contiene es verdad ni se aprende consultando un móvil a todas horas.

Los alumnos que superen el bachillerato y acudan a la universidad tendrán (es de suponer) una esperanza puesta en el futuro laboral. Y ahí, cuando salgan a la selva que supone trabajar, especialmente en el ámbito de la empresa privada, tendrán que enfrentarse a la vida real, esa que no contempla ni mundo de emociones ni que tu jefe te haga feliz. Y es ahí, quizás (o no) cuando se den cuenta de que han sido estafados por un sistema que no les ha preparado de la manera adecuada, es decir, de una manera honesta y eficaz para el mundo real. Que tiren entonces de Google y busquen cómo ser feliz en diez pasos y, de paso, dónde está Segovia.