La importancia de la salud mental en tiempos de pandemia

José Luis Carrasco es Catedrático-Jefe de Sección de Psiquiatría en Hospital Clínico San Carlos.

Celebramos hoy el Día Mundial de la Salud Mental, como podríamos celebrar el Día del Deporte o el día de la Concordia. Con la diferencia de que en cuanto al Deporte o a la Concordia sabemos de qué estamos hablando. Aunque pudiéramos tener nuestras diferencias en cuanto a sus límites, todos entendemos la esencia de estos conceptos. Pero, ¿quién se atreve a definir la Salud Mental?

Parecerá sorprendente, o incluso impertinente, hacerse esta pregunta cuando disponemos de Organizaciones Internacionales de Salud Mental, de Centros de Salud Mental y hasta de Programas nacionales y autonómicos de Salud Mental. Pero también disponemos de organismos y asociaciones dedicadas a materias como la Memoria Histórica, la Educación en Valores o la Perspectiva de Género, por mencionar algunos, que no significan lo mismo para todos. Esto no es una novedad en un tiempo en el que incluso idolatramos conceptos cuyos objetos están sin definir, como la “excelencia”, el “progreso”, la “calidad” o los “valores”, entre otros, que pueden significar algo distinto, incluso lo contrario, para distintas personas. En otras épocas menos relativistas que la nuestra, a los valores se les llamaba virtudes, al progreso se le conocía como mejoría, la excelencia estaba asociada con lo supremo y lo supremo a su vez con la integridad.

Del mismo modo, en tiempos pasados, hoy denostados, la salud era la ausencia de enfermedad (y la salud mental era la ausencia de enfermedad mental). Y todo el mundo parecía saber que una enfermedad era una condición fisiopatológica o psicopatológica que alteraba o destruía la supervivencia o el crecimiento de una persona, y que los avances de la Medicina conseguían curar cada vez más enfermedades. Pero llegó el día en que los avanzados ciudadanos de los países ricos nos dimos cuenta de que aunque la Medicina curaba nuestras enfermedades, seguíamos siendo infelices. Y entonces inventamos la categoría absoluta de la Salud, que es un estado imaginario en el que una persona no solamente carece de enfermedades, sino que además está “del todo bien”. Finalmente llegamos a la conclusión de que la enfermedad no es una condición natural y decidimos que el “no estar bien del todo” debía tener culpables. No tener Salud era culpa nuestra por no invertir lo suficiente en ella, o era culpa del entorno que nos la había robado. Y empezamos a hacer negocio con la Salud o política con la Salud.

Pero si no se define como el contrapunto de la enfermedad, el concepto de Salud (“estar del todo bien”) queda sujeto a que alguien lo defina como una categoría absoluta. Y a falta de referentes teológicos que lo hagan, serán nuestra cultura y nuestras instituciones sociales quienes reescriban los mandamientos universales que definen lo que es saludable y beneficioso o lo que es tóxico y pernicioso. Y así, más allá de la Medicina, alguien nos indicará lo que es la alimentación saludable, las relaciones saludables, la sexualidad saludable, la autoestima saludable, la educación saludable, el ocio saludable y hasta las ideologías saludables. Y siguiendo estas pautas nos acercaremos a la Salud, que pasa a ser el Fin último de la persona.

Por tanto, respondiendo a la primera pregunta, ¡claro que hay quien se atreve a definir la Salud Mental¡ La Organización Mundial de la Salud (OMS) por ejemplo, que la describe como un COMPLETO estado de bienestar físico y mental (¿completo?). O los ideólogos pseudo-clínicos, que la definen como un estado de libertad completa y de ausencia de cortapisa alguna a la legítima expresión individual. Necios los primeros y cínicos los segundos.

El bienestar nunca será completo, aunque este sea el fin último de nuestra cultura individualista, hedonista y estética De lo que deviene que la sociedad y sus ciudadanos nunca alcanzarán la Salud Mental y estaremos todos enfermos de amargura, resentimiento o desesperación. Lo que de hecho ya ocurre en esta cultura que idolatra el Bienestar, al cual concibe como una combinación de disfrute, falta de estrés y ausencia de compromiso. Sin duda es una necedad sustentar la Salud Mental en lo externo (el bienestar físico, económico y social) y no en el reforzamiento de lo interno (la tolerancia a la frustración y al sufrimiento, la capacidad para la autocrítica y la aceptación, el sentido del humor, la amabilidad, la relativización del egocentrismo, la disposición al compromiso y al riesgo o la vocación de servir a los demás). La auténtica Salud Mental va más allá del bienestar sin estrés; aspira a la Felicidad y a la Alegría. Y los psiquiatras sabemos bien que ninguna de ellas correlaciona linealmente con el bienestar socioeconómico. Los ideólogos por otra parte se declararán defensores de una Salud Mental que se encuentra trastornada por las estructuras sociales, económicas y médicas dominantes, que estrangulan al individuo originariamente libre y feliz y lo condenan al sufrimiento y a la represión. Constituye un malicioso cinismo esta forma de infantilizar a los enfermos, estimulando su narcisismo más primario y su falta de autocrítica y de compromiso, para posteriormente seducirlos e incorporarlos a sus movimientos y tinglados socio-liberadores que ellos mismos dirigen con eficaz autoridad. Demonizarán estos cínicos cualquier tipo de tratamiento psiquiátrico o de intervención médica, pero a cambio ofrecerán atractivas experiencias sanadoras y liberadoras, de las que por supuesto son ellos expertos, y que restaurarán la dignidad perdida por el usuario (ya no se hablará de enfermos). Tanto necios como ideólogos agrandarán más y más el abismo abierto por la combinación del “derecho” al bienestar y de la “demolición” de la autoridad. Y contribuirán a aumentar aún más el sentimiento de vacío generalizado, el que subyace a todo este ruido social y el que alimenta la enfermedad mental, la soledad y el suicidio.

Tanto unos como otros se preocupan de la Salud Mental y del bienestar o de la liberación ideologizada, respectivamente, de los ciudadanos. Pero les repugna el enfermo mental, el de carne y hueso, el que sufre y que incomoda, el que estresa y que no se cura con sus psicologías positivas, diálogos abiertos o discursos demagógicos. En el día de la Salud Mental veremos a muchos personajes desfilando por los escenarios, adalides de la lucha contra la enfermedad mental pero insensibles a las personas con trastornos mentales. Mientras, en algún centro, hospital o sala de urgencias, alguna médica, psicóloga o enfermero intentarán mejorar la vida y la salud mental de una persona real, no imaginaria. Y estarán solos y faltos de recursos mientras los ideólogos y adalides de los derechos civiles organizarán su festival de pancartas y eslóganes vacíos. Incluso llevarán a algunos pacientes y familiares seducidos por ellos. Pero cuando la Salud Mental se les quiebre, estos pacientes y estos familiares vendrán a la médica y al enfermero del centro a que le ayuden. El cínico estará en una comisión parlamentaria sobre el derecho a la Salud Mental. Y el necio en su despacho de la OMS, o en algún ministerio.

El Dr. José Luis Carrasco es Catedrático-Jefe de Sección de Psiquiatría en Hospital Clínico San Carlos. Escribe en este blog.