¿Por qué tantos espectadores han firmado para que Juego de Tronos tenga otro final?

Un psicólogo analiza la baja tolerancia a la frustración de una sociedad cada vez más infantilizada

Esta semana terminó, después de ocho temporadas, 73 capítulos y varios años, la archiconocidísima serie Juego de Tronos. El mundo se ha divido en dos: los que la han visto y los que no.

Esta semana terminó, después de ocho temporadas, 73 capítulos y varios años, la archiconocidísima serie Juego de Tronos. El mundo se ha divido en dos: los que la han visto y los que no. Y dentro de ambas categorías nos hallamos ante otras dos. De entre los que no la han visto los que asisten con curiosidad ante un fenómeno imparable y los que protestan por el exceso de información de los protagonistas de Poniente, una sobresaturación que les molesta. Y dentro de los que sí la han visto están los telespectadores que la han disfrutado y entienden que ya ha llegado a su fin con un final más o menos esperado y los que, furiosos con la decisión de los guionistas, han firmado una petición para que se acabe la serie con otro guión que ellos, consideran, se merece otra serie.

¿Por qué se produce esto? ¿Por qué cerca de un millón de personas firman que algo se modifique y no asumen cómo ha terminado lo que los guionistas han decidido? ¿Hay un comportamiento psicológico que explique esto? ¿Qué esconde esta actitud que hace que una persona exija el cambio de n final de algo que no existe más que en la ficción con el mismo ímpetu que se puede pedir justicia para un preso condenado de manera injusta?

Alberto Weisman es psicólogo y un gran crítico con la sociedad actual que vivimos. ‘El grado de enajenación mental que tenemos actualmente en nuestra sociedad es elevado y muy preocupante. Recordemos que las ondas alfa que emiten las pantallas de televisión generan en los espectadores un estado cercano al hipnótico en el que, lo que se asume como real, es fantasía. Este es el efecto que se produce en la mente, no sólo a través de las series sino también con los telediarios’. El fenómeno fan no es nuevo y la serie Juego de Tronos responde a un sentimiento muy clásico. ‘Notemos lo siguiente: una serie que lleva 8 años emitiéndose -y que ahora acaba- es como una relación afectiva en toda regla. Inconscientemente el espectador establece un vínculo personal con los personajes; se generan dentro de él expectativas y deseos. Fascinan reyes, soldados y sicarios, se crea una familia virtual con la que el televidente casi que establece más intimidad que con los propios miembros de su familia. Los roles de víctima y verdugo se sienten en las propias carnes como asunto personal, como causa de justicia o injusticia- explica.

‘Los deseos y las expectativas son reales, provienen de una persona, pero en lugar de focalizarse en seres de carne y hueso -sostiene Weisman- se hace en personajes de ficción. Llega un punto en que la mente no distingue entre lo real y lo ficticio. De esta manera toma lo ficticio como propio. Lo virtual suplanta a la realidad y se convierte en cobijo de las frustraciones personales’.

Las reacciones de petición del cambio responden a una reacción de un determinado espectador cuya realidad le aburre y el adicto a la serie inventa el idilio con estos personajes ficticios hasta el punto de identificarse con ellos y llega al punto de no conformarse con el destino que el guionista de la serie ha pensado’. En realidad, argumenta el psicólogo, ‘es una baja tolerancia a la frustración que muestran quienes organizan una plataforma para pedir el cambio del final...y de quienes lo suscriben. ¡Cuántas frustraciones e impotencias reales se están desplazando hacia una ilusión que sólo existe en la cabeza de los demandes del cambio del fin de la serie! Además -continúa- esta ambición de cambiar el final revela la incapacidad que tienen las personas para cerrar y poner fin a las cosas. Los fines limitan y hacen que pasemos a la siguiente página. Pero el apego tiene más fuerza que la propia vida’, advierte.

Para Weisman este es un fenómeno más de cómo está la sociedad de infantilizada: ‘La edad mental del espectador es cada vez menor, independientemente de su edad cronológica. La energía que estos espectadores invierten en la reivindicación del cambio del final de la serie, bien podría emplearse en crear una plataforma para reivindicar el cambio de alimentación sana, un comité de supervisión de la ética en política o de transformación educativa. Pero no, la inopia mental de quienes reivindican un cambio de final representa el colmo de la alienación como individuos. Sus mentes se desplazan hacia temas ilusos y ficticios en vez de hacia temas reales y de compromiso social. El individualismo virtual está teniendo sus consecuencias y la audiencia lo vive como normal y algo legítimo, es un fenómeno que, cuando menos, es curiosísimo, reflexiona.

‘Sólo la mente de un niño aspira a cambiar el final de los cuentos. El fin de la serie genera tal vacío interior que la mente necesita inventar una manera de prolongarlo. La manera de hacerlo es querer cambiar el final de la serie, un final imaginario que, por enfado con que se acabe, quiere detener el tiempo, o sea, un estado de muerte en vida. La falta de aceptación de la realidad se traslada al refugio de lo virtual y el condicionamiento mental está servido’, se lamenta.

Quién sabe si el guionista de la serie ha cumplido su propósito: provocar que el deseo de cambio virtual del final de la serie se convierta en que efectivamente se alargue la serie y se plantee otro final. Todo con el objetivo de complacer a la audiencia. Si esto fuese así, según el psicólogo: ‘Sería entonces otra manera de haber conseguido desplazar la toma de decisiones hacia un lugar equivocado. La incapacidad para conseguir darle la vuelta a las decisiones reales que no gustan se habrá producido al menos en el ámbito de la ficción y ¡qué alivio por fin para el espectador!, finaliza.