Los agoreros presagios de Rocío Jurado

El 8 de septiembre se celebra en Chipiona la festividad de la Virgen de Regla, a la que la chipionera más ilustre y recordada, Rocío Jurado, veneraba. Como sucede todos los años en esa fecha tan especial, en la localidad lloran la ausencia de “la más grande”, la mujer que situó Chipiona en el mundo.

Catorce años después de su muerte me viene a la memoria la última conversación que mantuve con la artista seis meses antes de aquel adiós tan prematuro. Estábamos en un plató de televisión y Rocío veía, con inmensa pena, los desafueros entre su hermano, su hija Rociito y su novio, Fidel Albiac. La tensión se notaba en el ambiente. Ella ya vaticinaba lo que ocurriría en el futuro. Tenía algo de bruja buena y miraba a unos y otros casi con desesperación, intuyendo serias desavenencias familiares. Por mucho que intentaran ocultarle los rencores, era tan lista que presagiaba las tormentas.

Hablamos en un aparte y me confirmó lo que yo temía: “no me gusta lo que veo, este cáncer me está matando en vida, pero me duele más que mi familia acabe distanciada cuando yo me vaya de este mundo. Me horroriza pensarlo... He luchado mucho para que estuviéramos todos unidos, mi familia es lo más grande, la que me da la vida, les quiero con toda mi alma, y el simple hecho de pensar que pueda romperse me hunde”.

Me pidió que no contara esa conversación, que no revelara tan agoreros presagios, y respete su decisión por la admiración y el cariño que sentía hacia Rocío. Una mujer que es una estrella sobre el escenario y una persona súper sensible, sencilla y cariñosa en las distancias cortas.

Prefiero no pensar lo que ocurriría si pidiera ver hoy la desestructuración familiar. Conociéndola, se moriría de pena. O haría lo que fuera para lograr una reconciliación entre los suyos, que, hoy por hay, parece imposible.