Vacaciones

La veranidad de Pedro Sánchez

Se sabe que en ocasiones han invitado a varios matrimonios con sus hijos a Doñana, al Palacio de las Marismillas y todo a costa del Estado

Agentes policiales ante la entrada de La Mareta, residencia en la que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, veranea
Agentes policiales ante la entrada de La Mareta, residencia en la que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, veraneaJavier Fuentes FigueroaAgencia EFE

Mi felicidad en verano consiste en mantenerme alejada de los bochornos estivales y no hay playa recóndita, ni refrigerado spritz, ni Isla Fiji, ni piscina turquesa de cisnes hinchables, ni casino monegasco, ni playa Estrella Damm, ni lambada, ni sensualidad, ni templo en Indonesia, ni pecado ardoroso alguno, más tentador ni atractivo para mí que un retiro incomunicado en la cima de alguna cordillera.

Para empezar, el cuerpo y el alma humanos no están preparados para tan altas temperaturas por lo que el calor somete a nuestro organismo a un estrés que viene a sumarse a los estreses naturales de la vida, que ya arrastrábamos en primavera.

Para adaptarnos a estos rigores, hombres y mujeres debemos hacer malabarismos: beber litros y litros de líquidos, que nos mantienen hinchados y barrigudos con la tensión por los suelos; cambiar de residencia y modificar casi todos nuestros hábitos por el bien común.

Pero… ¿Qué harán Pedro, Begoña, Ahinoa y Carlota el día de hoy? Me pregunto desde la frescura de mi huida a la sierra (este verano, como otros, he procurado poner a salvo a mi familia y mi persona del verano mismo). Y no es que me guste especialmente pasar frío, bañarme en aguas gélidas o contemplar la lluvia tras los cristales; no huyo del sol sino de la fealdad, mucha más de la que mis sensibles retinas pueden tolerar, acompañada, por estas fechas, sin sombra de pudor, de petulancia, afectación, jactancia y estrépito.

Yo me refugio en la soledad del campo para recibir la menor cantidad posible de veranidad, de Caribe mix, de individuos desahogados (incluso ahora, en la pandemia y a pesar del ahogo covidiano) con el móvil como única actividad conocida, venga a hacerse selfies de piernas y pies…

A nuestro presidente y a su mujer, por el contrario, les gusta compartir las vacaciones con sus amigos, lo cual está muy bien.

Se sabe que en ocasiones han invitado a varios matrimonios con sus hijos a Doñana, al Palacio de las Marismillas y todo a costa del Estado, aunque el gabinete se niega a informar al Portal de transparencia lo que supone para el Erario.

Se sabe que comen mariscos (algo que a todos nos gusta por su sabor, su riqueza en proteínas y su bajo aporte calórico) y que se apoderan de la playa (que como todo el mundo sabe, es pública). En 2019 se publicó que eran 157.000 euros los que se dedicaban a unos días de vacaciones de Sánchez y familia en Las Marismillas, dada la necesidad de servicio doméstico constante y atención 24 horas, escoltas y otros elementos de seguridad, chóferes, etc.

Mas 2.000 euros de cada traslado en Falcón, claro.

¡Qué manera de proceder tan extraña para un socialista y sobre todo para esa personalidad libre de narcisismo de Sánchez!

Me cuentan que el hombre más rico del mundo Carlos Slim veraneaba en una aldea enana de Galicia, entre vacas y moñigas, ¿será verdad?

¡Qué gente tan bonita hay en Galicia!, qué amables, qué dulces, y tan sencillos que te da pudor hablar con ellos casi… aunque claro, de esas modestias siempre acaban saliendo las grandes fortunas como Inditex…

¿Sabían que el magnate Francois Pinault, propietario del segundo mayor grupo en el mercado del lujo internacional (Gucci, Boucheron, YSL, Balenciaga, Bottega Venetta, Christies…entre otras marcas) era un campesino paupérrimo que dejó el colegio porque le llamaban paleto sus compañeros? El verdadero lujo solo puede ser amado, soñado, ideado por un pobre. Para una persona que ha sufrido necesidades, el lujo es Dios.

Yo, en cambio, soy espartana convencida y cada día más austera. El lujo, que de jovencilla me divertía, ahora me incomoda; y no me refiero al buen gusto, sino a la ostentación, y sobre todo a la falta de compromiso con este mundo doliente… Y todo esto, se hace más evidente y grosero en verano. ¡Menos mal que dura poco este momento de laxitud universal!.

Las altas temperaturas, naturalmente, nos precipitan a un cambio de vestuario, lo que supone más y más estrés, rabia y desazón, e introducir elementos diabólicos como la fatigosa sandalia o la chancleta que es signo y símbolo de la falta de autoestima y respeto por los demás.

Los hombres sacan a pasear sus camisetas de algodón. Las mujeres visten toda la gama de prendas y accesorios azul turquesa, a juego con sus tapabocas y las más jóvenes no se quitan el minishort.

Interesante el asunto de las personas obesas en shorts. No es gordofobia, ¿eh? En mi familia hay personas delgadísimas y personas con sobrepeso, pero el común denominador es que nadie enseña nada que no interese mostrar; yo personalmente encuentro más atractiva a una persona rellena que a una delgaducha, me cae mejor la gente con cierta laxitud y hedonismo, pero el problema aquí no es el peso, es la escasa autocrítica y un vestuario también escaso… ¡insuficientes ambos!

A cualquier puesta en escena en paños menores hay que mentalizarse y acostumbrarse porque (a diferencia de nuestro bello presidente) el común de los mortales es feo, asumámoslo: los flacos estamos fatal en la piscina y los gordos se desparraman, lo que hay que hacer es tener consideración y taparse un poco. ¡Me río yo del #bodypositive!