A José Fernando le ponen un bar cuando debería huir del alcohol

Ortega Cano es de reacciones tardías o acaso despreocupadas. Lo hacía mejor con sus faenas toreras en donde Rocío Jurado le echó «más de un capotazo», que así definen en Sevilla –hasta ahora cuna del toro, veremos tras la poco atractiva feria abrileña donde pueden despeñarse los Canorea– a los desplantes arriesgados. La cantante apostó fuerte y no sólo admitiendo prohijar cuando ya bastante tenía con Rocío Carrasco. Pero entendió los deseos paternos del diestro entonces en la cumbre. Quería traerse de Colombia nada menos que a seis tiernos infantes de los que ¡ya tenía fotografías!, y la chipionera le recomendó calma porque estaba más en el mundo que el cartagenero. Aplacó sus ansias adoptadoras con un «vamos despacio». Y fue clarividente ante lo que estamos viendo, quizá un exceso de cariño o mala educación impartida al varón que ayer ingresó en un centro rehabilitador sito en las afueras de Barcelona donde ya no coincidirá con Sofía Cristo, la divertida hija de Bárbara Rey. José Fernando necesita una rehabilitación de ocho semanas, tiempo que parece insuficiente para estar nuevamente en forma, cuando Sofía estuvo un año, y proyecta seguir tratamiento con su terapeuta madrileño yendo una semana al mes a la ciudad Condal. Lo de José Fernando va para largo o posiblemente el mocito no esté tan enganchado como ella. Pero el entorno del ex torero considera que es un tiempo menor para salir renovado después de esos cuatro meses de prisión sevillana de los que, como su panda, parece muy arrepentido. Todo lo atribuyen, ya se sabe, a excesos que los hicieron desvariar. «Hipócrates» es su rampa de cura y relanzamiento que culminará, si todo sale como anuncian, con un restaurante del céntrico y siempre abarrotado Paseo Marítimo de Benidorm, en el edificio Don César, zona limítrofe con la del despendole nocturno de tan popular zona turística, pródiga en visitantes de la tercera edad. Quizá espoleado por Ana María Aldón, Ortega se distancia del niño que crió en esa Yerbuena que hoy parece el país de nunca jamás, nada que ver con la blanca ermita, casi de los Quintero, con retablo de Juan de Ávalos donde se casó «la más grande» y luego su hija con Antonio David. Fue aquella memorable madrugada del «estamos mu a gustito».

Gloria Camila se queda

El bullicio como medicina rehabilitadora, quién podría suponerlo, cuando los médicos en estos casos recomiendan tenerlos alejados del alcohol. Es lo que ha elegido Ortega como futuro de su hijo. Nada de mantenerlo a su lado. Ana María no se casa con nadie consciente de que el «casado, casa quiere». Es lo de siempre: de ahí ese recurso más alejador que protector en la costa levantina en un restaurante de 150 metros cuyo alquiler cuesta 8.000 euros mensuales. Vivirá en unos apartamentos encima por si surgen emergencias o para evitar ocasiones para disiparse más de lo que estuvo tras la mayoría de edad recién alcanzada. Ortega toma las riendas. Es otro capotazo preocupado o para lavar la imagen. Mientras, su hija Gloria Camila pretende no moverse de Madrid donde estudia con buenas notas. Aunque también apunta maneras, y es cuestión de tiempo al tiempo. Cuestionan si ponerlo de camarero es lo más adecuado y opinan que acaso Ortega debió consultarlo con algún experto en recuperaciones traumáticas. Pareció despreocupado cuando el ya no tan niño recibió el millón de la herencia materna. Porque Rocío se pasó de previsora asegurando el porvenir de los niños, que admitió sólo por amor a su segundo marido. Pedro Carrasco la hizo madre de Rociíto, que inteligentemente se distanció del hoy alborotado clan. Ahí todos campan por sus respetos, superada la presión que sobre ellos –desde el desprestigiado Amador a Rosa Benito pasando por Chayo, que ya no colabora con Telecinco– ejerció con voz de mando. Los ponía firmes.