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Anna Sorokin, la cara más snob de la mentira

En apenas una semana, una de las estafadoras más glamourosas de la opulenta sociedad del Madison Avenue se enfrentará a una sentencia que podría alcanzar los 15 años de cárcel.

Anna Sorokin se presentó en la sala del tribunal de Manhattan con un elegante vestido blanco y unas grandes gafas negra
Anna Sorokin se presentó en la sala del tribunal de Manhattan con un elegante vestido blanco y unas grandes gafas negra

En apenas una semana, una de las estafadoras más glamourosas de la opulenta sociedad del Madison Avenue se enfrentará a una sentencia que podría alcanzar los 15 años de cárcel.

Anna Sorokin, más conocida en el ambiente como Anna Delvey, 28 años, jet set de quita y pon, estafadora con encanto que enamoró por igual a los esnobs de las galerías, los abogados de los «hedge funds» y los príncipes de Wall Street, entró en la sala del tribunal, en Manhattan, con las manos esposadas a la espalda y un exquisito vestido blanco. Con sus telas color nieve y sus gafas negras y grandes de secretaria en un programa en televisión más que una coleccionista de pufos parecía una muñeca sexy cruzada con una estudiante de un máster en gestión de eventos. En palabras de Vanessa Friedman, del «New York Times», la suya era una indumentaria más apropiada para una comunión que para encarar una sentencia. Pero Delvey, además de abogados, cuenta con un buen estilista. Un profesional de los trapos con garbo, el buen paño y las mejores marcas.

Lujos que según Friedman han sido financiados por un admirador secreto, y que han transformado las vistas del juicio en un auténtico desfile de moda. Concebido para corregir la infeliz posibilidad de que los miembros del jurado valoren sus estrepitosas andanzas con el añadido del prejuicio naranja butano que siempre proporcionan las ropas del maco, donde Sorokin lleva guardaba desde hace meses. A fin de cuentas, y como escribió Jessica Pressler en la revista «New York», todo en Sorokin consistió en distraer la atención del gentío aparentando lo que no eras. Según la reportera y en según qué ambientes de Manhattan la gente vive tan enganchada al dinero y al triunfo, tan fascinada por la cercanía y el aura de los muy ricos y famosos, que está más que dispuesta a suspender su incredulidad a cambio de que el juguete al que se arriman centellee con fulgor suficiente. Desde luego que Delvey brillaba. Mucho. Sus estancias en los hoteles más lujosos del Soho, sus viajes en jet privado al Oeste, sus correrías por los mejores palacios de Marruecos, sus fiestones con los ases de Madison Avenue, sus lujosas reuniones y sus legendarias cenas con los abogados que iban a proporcionar fondos fueron durante varios años una de las comidillas inevitables del bajo Manhattan. Aquella chica de acento raro, vagamente centroeuropeo, que se reclamaba de origen alemán y afirmaba ser la multimillonaria heredera de una fortuna inimaginable, dispuesta para su disfrute no bien cumpliera unos años que en realidad nunca terminaba de alcanzar.

En el interín negoció con fiereza para abrir una mezcla de centro de exposiciones, receptáculo de restaurantes de lujo y confortable lugar para ver y ser visto ubicado en el epicentro de Midtown. Jeff Koons y otros monstruos sagrados del arte contemporáneo lucirían allí sus penúltimas obras. La de Nueva York era solo el aperitivo. No hubiera logrado reunir los más de 50 millones que necesitaba para arrancar su humilde club con el que planeaba abrir sucursales en Los Ángeles, Londres, Hong Kong y Dubai. Tampoco crean que el dispendio parecía tanto a los ultrarricos de esta ciudad: ahora mismo, en mitad de la isla de Manhattan, alguien ha comprado un apartamento de tres plantas y tiene locos a los vecinos: las excavadoras están construyendo en la pura roca una piscina de dimensiones olímpicas, ubicada en el sótano de la casa; se estima que el precio de la residencia superará con creces los 150 millones de dólares. Fiel a un ansia por rutilar y dejar muy claro que era quién decía ser, Delvey regalaba botellas de carísimo champán francés a los empleados de los hoteles. Había peleas por ver quién le subía las bolsas hasta la suite: la muchacha repartía propinas de 100 dólares. Eso sí, nunca pagaba con tarjetas de crédito.

Cuando lo hacía, siempre había un problema. Al día siguiente de hacerte correr con los gastos de una cena para dos por valor de 500 dólares era perfectamente capaz de darte un sobre con 1.500 dólares en efectivo, y de remate una camiseta de otros 400. Pressler cuenta que una de las personas hechizadas por Delvey fue Neffatari Davis, la joven recepcionista del maravilloso hotelito 11 Howard, en el Soho. Cierto que algunas cosas en Delvey no encajaban, que sus modales parecían corresponderse con los de alguien criado entre los algodones de la casta, que a veces dejaba colgadas las deudas y no acaba de entrar el dinero que había prometido al hotel. Pero por decirlo con Pressler, «esto es Manhattan en el siglo XXI, y el dinero es más poderoso que nunca. Raro es el habitante de la ciudad que, cuando se le presenta la oportunidad de una repentina e inesperada afluencia de efectivo, no la aprovecha. Por supuesto, este dinero casi siempre viene deudas».

Hasta que los hoteles dejaron de tragarse sus bulos, explotó el esquema Ponzi con el que financiaba sus correrías, acabó con las maletas en la calle y, finalmente, remató la jugada delante de un tribunal. En diciembre de 2018 la fiscalía le ofreció ser deportada a Alemania a cambio de declararse culpable. Sorokin se negó, fue a juicio y finalmente ha sido declarada culpable de estafar unos 275.000 dólares. La sentencia podría alcanzar los 15 años de cárcel.

¿convicta penitenciaria?

Tiene suerte de haberse librado de la acusación de haber intentado obtener un préstamo de más de 20 millones de dólares, así como de haber despejado a córner otro pufo, por valor de 60.000 dólares. Conocerá su sentencia el 9 de mayo. Para entonces su familia, que durante varios años apenas supo de ella, podrá asimilar que la niña nacida como Anna Vadimovna Sorokina en 1991 en Domodedovo, una ciudad de 90.000 habitantes a 34 kilómetros de Moscú, es ya una convicta de fama planetaria.

En efecto, la hija del camionero y el ama de casa, que emigró con sus padres y un hermano a Alemania en 2007, tendrá no una, sino posiblemente dos plataformas para explicarse. La primera, a cargo de Shonda Rhimes, que compró los derechos del reportaje de la revista «New York» escrito por Pressler, trabajaría en un proyecto de serie para Netflix. Rhimes es conocida, fundamentalmente, por ser la creadora de la exitosa «Anatomía de Grey».

El segundo proyecto, todavía por confirmarse, involucra nada menos que a Lenna Dunham, la chica maravilla que concibió «Girls», y podría tratarse de una serie para HBO. Desde luego Dunham conoce el ambiente. Hija de un pintor y una fotógrafa, criada en los colegios más exclusivos de la ciudad, ha mamado desde que era una auténtica cría las conversaciones, anhelos, temores y ambiciones de todos los privilegiados, banqueros de inversiones y bohemios con y sin tenedor de oro, que pululan por las exposiciones del Lower East Side, trabajan en las tiendas fetén del Soho, en las oficinas de cristal y acero del Downtown o son propietarios de exquisitas coctelerías. Un ecosistema estimulante en el que Delvey ejerció durante unos años de gran promesa exótica y aspirante a emperatriz plenipotenciaria.

A falta de un Truman Capote que le escriba las andanzas, bien está que Rhimes y Dunham sean las cronistas de esta tragicomedia, de estas plegarias atendidas con música, entre rutilante y siniestra, para los mejores camaleones. Aquellos que como Delvey soñaban con engrosar la «high society» y despertaron aparcados en los corredores de Rikers Island, 167 hectáreas de isla a caballo entre el Bronx y Queens donde 11.000 presos sueñan con el fastuoso skyline que titila más allá de los barrotes.