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Carmen Sevilla, novia de España

En el altar de las mujeres más deseadas y pocas veces conseguidas, la actriz reconoció haber sido muy cobarde en su vida sentimental.

En el altar de las mujeres más deseadas y pocas veces conseguidas, la actriz reconoció haber sido muy cobarde en su vida sentimental.

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En las noches de los 60 y los 70, Paco Rabal, que bebía a mi lado, decía con su voz rota de tabaco y whisky al verla entrar en Oliver: «Ahí viene la Virgencita de España». Carmen Sevilla estaba en el altar de las muy deseadas y las pocas veces conseguidas, según los galanes más audaces y cipotudos de la época. Yo la decía en broma que vivía entre el reclinatorio y el confesionario. Sonreía: admitía las coñas como piropos. Carmen se sentaba a nuestra mesa, porque Paco, antes del sexto whisky, era un imán irresistible para las mujeres. Para escandalizarla, proclamó un convencimiento: las franquistas follaban mejor que las rojas. «Qué cosas dices, Paco», susurraba ella jugando a la novicia sonrojada.

Según él, y lo ratificaba su tío (a Buñuel le llamaba tío), lo hacían mejor porque las franquistas eran conscientes del pecado, «y eso añade morbo». «Pero las rojas –dije yo– son más accesibles». «Ya, pero se bajan las bragas mientras te hablan del «Contubernio de Munich» –aclaró Paco– Un coñazo».

Carmen sonreía, sin saber ni importarle lo que pudiera ser el «Contubernio de Munich». Su principal y única idea política era «que manden los buenos y mejores para bien de los españoles», como me dijo una vez. Era guapa sin peros, y de ella se enamoraron todos los majos oficiales de España y parte de los más ricos de América, incluso «Cantinflas», que la prometió cubrirla de oro si se casaba con él. «¿Y por qué no te casaste, Carmen? –le pregunté–Era muy rico». «Quería probar el plato antes de meterlo al horno. No era mi tipo».

Las entrevistas con ella eran siempre blancas y rosas, un rosario de buenas palabras y deseos, y cuando pretendía ser un poco picantona, lo más que llegaba a decirte era que el «wonderbrá era el viagra de las mujeres, nos sube hasta la estima». Un día le piqué con Jorge Mistral, el galán de galanes que se suicidó en México. «Ahí sí que caíste, Carmen». «Pues no. Eso sí, era tan guapo que lo mirabas y te desmayabas. La pena es que yo fuera tan decente y tonta, en ese caso y en otras muchas ocasiones».

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Podría decirse que esa pena, entre la decencia y la tontuna, ha marcado la vida afectiva de Carmen. Ella misma me reconocía que en su vida erótico-festiva había sido muy cobarde: «Cuando aún estaba con Algueró y las cosas no iban bien, Sara Montiel me decía: “Tú eres tonta, si a mí no me va bien con un hombre, lo tiro y cojo otro”. Yo nunca he sido capaz, tú lo sabes». Yo no lo sabía, pero decía que sí, porque era la fina estampa que ella vendía con total devoción y la que enamoraba a toda España. Aquella estampa y su sonrisa.

En su bolso llevaba siempre una estampa del Padre Pío, otra de san Judas, muchas medallas de vírgenes, Chanel nº 5 y fotografías de su hijo. En la madurez tardía se hizo vaga: Dolores del Río, con la que hizo amistad en México, le aconsejó que mejor tumbada que sentada: era bueno para el cutis y la circulación. Cuando Patuel la retiró del trabajo y la ciudad en la finca de Herrera del Duque (Badajoz), pasó de los modelos de Balenciaga a las faldas de mercadillo, de la alfombra roja a las ovejitas. Por amor, dijo.

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Años antes, fui hasta Almería para verla en el rodaje de «Marco Antonio y Cleopatra», que dirigía Charlton Heston. Era Octavia, la esposa fiel, humilde y abnegada de Marco Antonio. «¿Crees que Heston te ha elegido porque eres como Octavia, devota, tradicional y casi santa?» «Quizá. Pero a veces hasta siendo así, tu hombre te pone los cuernos con una Cleopatra».

Puede que el inconsciente la traicionara y pensara en Algueró y en su matrimonio a punto de zozobrar. Nos vimos en Tele 5 en los 90, cuando presentaba el Telecupón. Le comenté lo que se decía: que los gastos de la finca de su segundo esposo, se comía el patrimonio del productor y exhibidor, y que ella había vuelto a la tele para echarle una mano. Lo negaba para no humillar a su marido. «Fíjate –siguió para cambiar de tema– cuando Valerio Lazarov me llamó para ofrecerme 300.000 pesetas, creía que era el sueldo del mes, y resulta que era por programa. Dije que sí enseguida, claro».

Sus equivocaciones en el Telecupón y Cine de Barrio eran oro puro para los imitadores. No le importaba. Antes que los TAC, en la tele detectaron que algo no iba bien en el cerebro de Carmen. Grabar era un martirio. No se aprendía sus líneas. Había que repetir y repetir. Hoy, con las luces apagadas por el alzheimer, no recuerda nada, y mucho menos lo que le gritaba Lazarov desde el control: «¡Carmen, come higos secos, coño, que son buenos para la memoria!».