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Ortega Cano, Trump, Putin y Johnson: padres tardíos con «semen de fuerza»

He aquí a hombres que, como el torero, alardean de virilidad y, ¡ojo! que otros como Ecclestone o Jagger lo fueron pasados los 70

Ortega Cano en 'Viva el Verano'
Ortega Cano en 'Viva el Verano' FOTO: Mediaset

«Mi semen es de fuerza», dijo con chulería torera Ortega Cano. Se apretó los machos e hizo el pase, sin capote y sin muleta, en «El programa de Ana Rosa». Cogiendo al toro por las astas y al hombre por la palabra. Que ya está bien de aguantar varas y para miedo, el de las patas negras. No contó con que a las pocas horas le saldría al encuentro la brigada del pundonor y al maestro no le quedó más remedio que admitir que fue una fanfarronada.

Cuando quiso retractarse de su expresión, sus críticos ya habían echado al ruedo toros más bravos: Boris Johnson, Donald Trump o Putin. Todos padres tardíos, todos alardeando de virilidad. Y nos vinieron a la retina aquellas fotos del ruso derrochando hombría. Montando a caballo y pescando a pecho descubierto en Siberia. Disparando a un oso, acariciando un tigre, haciendo una llave de judo, sumergiéndose en agua helada o con chupa de cuero rodeado de moteros.

Fecundidad, toxicidad, agresividad, ganas de hacer trizas el planeta… ¿todo cabe en el ruedo de la testosterona? La fuerza de la que presume Ortega Cano le viene de la hormona sexual más importante. Es, en buena parte, la responsable del vigor físico de un hombre y de su buen funcionamiento cardiovascular, inmunológico y emocional. Hasta los 90 años no llega a ese punto de no retorno en la producción de esta sustancia, aunque el declive se inicie cinco décadas antes. Al maestro todavía le quedan muchas faenas. En lugar de demonizarla, podríamos llamarla la hormona de la vida, la que llena de razones al torero para dedicarle un brindis a su esposa, Ana María Aldón. Por cierto, Bernie Ecclestone tuvo a su cuarto hijo con 89 años y a Mick Jagger le llegó el octavo con 73.

Mick Jagger
Mick Jagger FOTO: Scott Heppell AP

De machos alfa goteando testosterona está sobrado el mundo. También los gobiernos. Otra cosa es que sea el móvil para actuar como a uno le plazca y, como en el caso de Putin, se quiera hacer creer que es lo que impulsa su crueldad. ¿Influye la testosterona en el modo de ejercer el poder? ¿Esta hormona encarna todo lo malo que hay en la política? ¿Guerra y testosterona van de la mano? Es de agradecer que con su humor el torero haya plantado sobre la mesa un tema de actualidad al que antropólogos, neurólogos y psiquiatras llevan tiempo dándole vueltas.

Un sátrapa puede tener niveles elevados, pero la testosterona no hace sociópatas ni psicópatas. No es responsable ni de la agresividad ni de la violencia. Al contrario, podría incluso inducir una sensación mayor de calma y seguridad. Pensar lo contrario es uno de los mitos más difundidos y retorna cuando la política saca a paseo al hombre blandengue, al del carrito de la compra, mezclando churras con merinas y evidenciando los prejuicios que existen en torno a sus efectos. La ciencia aún no ha podido encontrar una asociación entre comportamiento violento y una elevada concentración de testosterona. Sí podría ser que esta hormona se dispare como consecuencia de un acto delictivo, según científicos de la Universidad de Georgia.

Relación con la violencia

La conducta violenta es el resultado de un complejo cóctel de circunstancias y neurotransmisores que intervienen en el estado de ánimo, la impulsividad o la agresión. Por ejemplo, el cortisol, la serotonina, la dopamina, la adrenalina y, por supuesto, la testosterona. La violencia implacable que ejerce Putin puede que tenga mucho que ver con sus carambolas vitales y una infancia desamparada entre borrachos, humillado y persiguiendo ratas mientras el padre le zurraba. Habría que saber cuántos de esos individuos predispuestos a la agresividad alteran intencionadamente los niveles muy por encima de lo normal con esteroides anabólicos. En dosis desproporcionadas, sí provocarían ansiedad, irritabilidad y tendencia a altercados.

Ocurre también que la testosterona es decisiva en cualquier contexto de competitividad y, por tanto, en los órganos del poder. En ratones de laboratorio, los que son dominantes tienen más cantidad; los que están más abajo, mucho cortisol, la hormona del estrés. Tanto machos como hembras. La mujer libera testosterona a lo largo de toda la vida, aunque en porciones menores y en equilibrio con otras hormonas. En ningún caso su presencia amenaza el compromiso de un político con la justicia y la defensa de los derechos y libertades. Un ejemplo es Nelson Mandela, un líder con extraordinaria inteligencia emocional. Tóxico es arruinar la paz mundial, pero no la testosterona. Tampoco lo es pavonear de masculinidad e invitar a la esposa a un revolcón, como diría Gabinete Caligari, «haciendo frente a la situación con torería y valor».