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Chelo Vivares: «Estoy orgullosa de haber sido Espinete»

Chelo Vivares / ACTRIZ
Chelo Vivares / ACTRIZlarazon

Fue compañera de Pedro Almodóvar en la Telefónica, allá por la prehistoria de todos nosotros, concretamente en el departamento de Asignación y Conservación. Compartían despacho, eran amigos y les llamaban «los raros», tanto por la singularidad de Pedro como por el estilo medio hippie que Chelo lucía entonces. «Llevaba minifaldas», añade.

–Nos dejábamos notitas en las mesas -me cuenta- y a veces desayunábamos juntos berenjenas de Almagro en un bar próximo. Eso también les parecía raro a los demás.

–Pero luego no la convirtió en chica Almodóvar...

–No, pero ya me hubiera gustado que me llamara. Comprendo que necesitaba nombres populares, sobre todo al empezar. Me lo encontré años después en unos estudios de doblaje, cuando ya era conocido, y me saludó muy cariñoso. Y eso es todo.

–Teatro, musicales, televisión, radio, cine, publicidad, doblaje... ¿Qué no ha hecho Chelo Vivares?

–He hecho hasta circo. Creo que me faltan muchas cosas por hacer. Ojalá me queden siempre muchas cosas por hacer.

–¿No le tentaba ser una importante ejecutiva de Telefónica?

–No. Quería el teatro y sus adyacentes. Pedí una excedencia para ser actriz.

–En el 83 llega Barrio Sésamo y se convierte en Espinete, un fenómeno social en España, sobre todo entre el público infantil...

–Y entre los adultos. Hice unas pruebas y aprobé. También eligieron a mi novio, que luego sería mi marido, Juan Ramón Sánchez: fue Chema el Panadero. Un regalo total para los dos. Yo iba escondida en el disfraz rosa de erizo, pero él no, y le conocía todo el mundo. Mira, es Chema el Panadero, decían las madres a sus hijos, y alguna apostillaba señalándome: y ella es Espinete. Los niños me miraban con extrañeza. ¿Me parezco a Espinete?, preguntaba yo. No, decían. Pues no soy Espinete, hala.

–A eso iba: no se le veía la cara, el famoso era Espinete, el erizo, no Chelo Vivares. ¿Eso le molestaba?

–No, no me importaba el anonimato, nunca me ha importado, porque jamás quise ser famosa. Es más agradable andar por la vida como una persona cualquiera. Espinete fue un éxito inesperado. Viví tres años y medio dentro de aquel erizo. Sí, le quería, me gustaba, y siempre he estado orgullosa de Espinete, de haber sido un erizo.

–Por cierto, ¿le gustan los erizos?

–Sólo he visto uno en toda mi vida. Dicen que tienen que hacer el amor con mucho cuidado...

Para Chelo, la vivaz Chelo, el éxito es tan sólo una consecuencia del trabajo cuya única virtud debe ser generar más trabajo para vivir del oficio. Sólo eso. Como si permanecer oculta bajo un disfraz fuera la metáfora de su vida, su segunda gran fama le vino como Curro, la mascota de la Expo de Sevilla. Y luego, aquel anuncio de los caramelos Praims con aquella coletilla que se sigue utilizando hoy: «¡Qué cosas tiene mi novio!». Aún se lo dicen por la calle. Ahora trabaja en el musical «Por los ojos de Raquel Meller», en el teatro Reina Victoria. «Como soy una actriz multiusos, hago varios personajes», dice.

–Hábleme de su presente...

–Estoy «atacá». Tengo mucho trabajo, sobre todo doblaje.

–¿Y ha ganado lo suficiente para retirarse y vivir sin trabajar?

–No. Necesito trabajar, y mucho. Tengo un hijo que acaba de terminar la carrera de Aeronáutica. Es especialista en materiales aeroespaciales. A ver si encuentra trabajo en la NASA...

–¿Y qué tal envejece, cómo se ve en el espejo?

–Veo que todo se cae, pero no me siento mal. A veces me fijo y me digo: jo, ¿y esta arruga cómo ha salido de ayer a hoy? No me veo envejeciendo mal. Siempre he aparentado menos edad, y eso me viene bien. Y de cualquier forma, mejor cumplir años que no cumplirlos, ¿verdad?

Verdad. Para Chelo, lo peor de envejecer es la discriminación, «aquí se aparta de un manotazo a los viejos; es una de nuestras mayores lacras; en esta profesión, a partir de los 40 llega el trance difícil: todo tiene que ser carne fresca, y no digo que este mal la carne fresca, pero sin que haya que jubilar a todos los demás, ¿no?». No ha dejado de fumar, ni piensa dejarlo, «y eso que soy asmática». Nunca ha jugado a nada, «ni tampoco he corrido, sobre todo porque cansa; eso sí: procuro caminar ligero». Del pasado le gusta recordar a las personas que se fueron. La voz privilegiada, multiusos, capaz de muchos registros, es su gran arma. La clave quizá esté en las berenjenas de Almagro en vinagre.