Historia

Déjate aconsejar por Naty Abascal

Naty Abascal, en la boda de Manuel Lastra
Naty Abascal, en la boda de Manuel Lastra

Las ventas navideñas estimulan nuevas memorias. Por si ya fuesen pocos los recuerdos de Belén Esteban, pergeñados por un Boris Izaguirre que niega autoría –y él sabrá por qué–, Jesulín contraataca anunciando su libro de memorias, miedoso de que vaya a descolocarlo lo que evoca «la princesa del pueblo». Y el ex torero, que va tirando de exclusivas y los desplantes de su María José –tolón, tolón–, también amenaza con lanzar un libro acaso superador de las reflexiones de la siempre doliente, efectiva y popular Belén. Lo rubrica y recoge Isabel Rábago, una de las portavoces familiares como apenas ya lo es Carmen Pardo, antaño rapidísima en dar noticia puntual o incluso deformada de los avatares de la troceada «Ambiciones», con la familia tan desperdigada como lo fue la de Rocío Jurado. Hoy está irreconocible y significa lo que tenía de unidora, pacificadora y aupadora de una parentela que ya no es de recibo. Aguantan por ella: ordenaba, mandaba y, encima, sostenía a unos y otros amparados por su quehacer. Mientras, en Twitter prodigan imitaciones del anuncio de la Lotería navideña donde las figuras aparecen poco cuidadas físicamente. Ocurre desde la gran Caballé, que hoy recibe premio extra de la Comunidad madrileña, a Marta Sánchez, ya no digamos un irreconocible Raphael, que es la mejor evidencia de cómo impacta, llega y cuaja tal publicidad.

¿Guerra al canto renovadora de interminables batallitas entre Jesulín y la madre de Andreíta? Está por ver, pero nadie duda de lo importante, directa y contundente –incluso descalificando con motivos– que es Belén mientras que está por ver lo del mediocre matador. Mucho tendrá que afanarse la Rábago afilando colmillos para poder competir o incluso superar la finura de Boris, que empezó escribiendo folletines en un canal de Compostela, poque la tele gallega de Fraga mostraba prodigalidad nada diferenciadora. Un enfrentamiento en ciernes como el que literariamente también de seguro potagonizarán Naty Abascal y su discípula Eugenia Silva. Coinciden sacando libros de consejos, interminable el de la sevillana ex duquesa de una internacionalidad que ahora la retiene en México. Imparable, salta de las colecciones de alta costura –alta moda la llama ella recordando sus orígenes italianos, que allí empezó el «boom» de la hoy inagotable cantora de temas, momentos y caras bien vestidas– a retratar interiores moscovitas o pasmar con esas recomendaciones, experiencias y vivencias que mensualmente plasma en dos páginas de «Fashion», la revista que ya supera a su apadrinada «¡Hola!» en cuanto a presentación, alarde, minuciosidad y cometidos. En sólo catorce números ya tiene elegante personalidad sobresaliente, como también ocurre con Naty, incluso más baqueteada que la sobrina modelo de Antonio Hernández Mancha. Mientras que la ex duquesa de Feria magnificó un momento insuperable de nuestra aristocracia beneficiando al título de su marido Rafael Medina, que marcó el primer descalabro dinástico de la nobleza hispana, Eugenia es maniquí muy internacional, distanciada de lo que pretenden haber sido Nieves Álvarez o la barcelonesa Judit Mascó. Una de las múltiples musas de Armani que se pierde por su esbeltez coincide con esa Naty de la que tanto aprende en sacar volumen recomendando estilismos. Lo de Naty Abascal es más preciso, lo presenta el 26 recién llegada del país azteca, y supondrá obsequio preciso y precioso cara a los intercambios del inminente «Merry Christmas». Será otra manera de conocerla y de tomar lecciones magistrales de buen gusto no sólo indumentario. Porque si algo distingue a «forever Naty» es su habilidad mixturando Mango o Zara con Blanik, Óscar de la Renta o Valentino.