El sello "Blanca Cuesta"dispara su cotización

Sus colecciones se agotan. «Una vez mi hijo Eric me dijo: ‘’Mamá, creo que vas a ser una buena pintora, por qué no llevas tus cuadros al Museo”» explica la artista a LA RAZÓN.

Blanca Cuesta, con la colección que presentará en su nueva exposición. Foto: Gonzalo Pérez
Blanca Cuesta, con la colección que presentará en su nueva exposición. Foto: Gonzalo Pérez

La esposa de Borja Thyssen ha pasado de vender sus obras POR 3.000 euros a hacerlo por 20.000 en menos de cinco años. Sus colecciones se agotan. «Una vez mi hijo Eric me dijo: ‘’Mamá, creo que vas a ser una buena pintora, por qué no llevas tus cuadros al Museo”» explica la artista a LA RAZÓN.

Apenas ha salido el sol y la casa de los Thyssen-Cuesta ya es un auténtico torbellino. Preparar a los niños para ir al cole, desayunos, mochilas y, además, el montaje de las más de 30 obras que Blanca va a presentar en su nueva exposición. El matrimonio comparte con LA RAZÓN un día que para ellos está cargado de ilusión y también de adrenalina. Al filo de las diez de la mañana, comienzan a llegar las piezas a la galería madrileña de David Bardía donde Cuesta inaugurará en un par de días su segunda muestra en solitario. Borja se remanga el jersey y se pone manos a la obra a descargar las piezas, algunas de las cuales pesan más de 20 kilos. Ella da indicaciones y sí, también carga con algunas de las obras. Quiere que todo esté perfecto ya que, para ella, el proceso de producción de un cuadro no termina cuando da la última pincelada al lienzo, sino que la ubicación de cada una de ellas en la galería es fundamental. «El naranja queda mejor en esta pared, y el grande al fondo. El corazón es más apropiado ponerlo sobre esta caja industrial, el contraste queda fenomenal», apunta Blanca. «¿Y éste donde lo quieres, en la sala del fondo?», pregunta Borja que traslada a pulso junto con el galerista una de las obras estrella de esta colección, que lleva por título «Rock Art». Tenemos el privilegio de ser los primeros en ver una muestra que supone un interesante paso adelante de la ya consagrada artista en los circuitos profesionales. «Ya no es novel, sus cuadros se venden todos, la aceptación que ha tenido en estos años su creación ha sido increíble. Quien ha dado impulso a su trabajo ha sido la clase media y ahora ya tiene una clientela abundante. Fíjate, los primeros cuadros que se vendieron no llegaban a los 3.000 euros, ahora, los más grandes pueden cotizarse a más de 20.000 euros. El precio no es un secreto. Todas sus obras, cuando se exhiben, llevan su nombre y a cuánto se venden, así que quien se hizo al principio con una obra de Blanca ahora su valor se ha multiplicado», explica Ana, la mujer de David y también galerista. La mujer de Borja está pletórica. Para ella, cada exposición es como dar a luz a un nuevo hijo. «Son trabajos explosivos, enérgicos, alegres, aunque creo que éstas son diferentes en cierto modo a las anteriores. Más limpias, con más profundidad... yo digo que son más melódicas», apunta. Y es que la música también juega un papel fundamental de su expresionismo abstracto. Nunca pinta en silencio. Necesita el acompañamiento musical. «Pongo de todo mientras pinto, desde Queen hasta Camela pasando por Alejandro Sanz, Pablo Alborán, Luis Fonsi... eso sí, cuando hago las esculturas, necesito algo más calmado, principalmente música clásica», confiesa. Y es que, precisamente, las esculturas son otra de las novedades de esta muestra. Son tres: dos perros y un inmenso corazón.

«Literalmente tumbada»

«Esto fue un absoluto reto para mí. Comencé a esculpir después de dar a luz a mi hija Kala. Ese embarazo me dejó tumbada literalmente y después dejé aparcada un poco mi vena artística porque lo que quería era estar con mi hija, la niña de la familia», explica. Ahora, cinco años después de aquello se ve mucho más «rockera» y de ahí el nombre de su colección. «El rock transmite potencia, rebeldía, imperfección. Es transgresor y es así como yo veo mis cuadros, como un desorden ordenado», dice. Como su estudio, que cuando está en plena creación es una un auténtico caldo de cultivo. «Me pongo encima de los cuadros, me subo a escaleras, es algo muy primitivo, un movimiento libre», dice. «¿Sabéis que os lo voy a cambiar todo ¿no?», dice en medio de la entrevista dirigiéndose a David y Borja, que siguen desembalando las obras y colocándolas por la galería. Su esposo, para ella, es su mayor apoyo, «aunque no le hago mucho caso cuando me dice que le encanta lo que hago, pero, ¡qué me va a decir!», dice entre risas. Toda su familia la apoya en este camino que ha decidido tomar y muy especialmente sus hijos (Blanca y Borja tienen cuatro: tres niños y una niña), que «alucinan» con los progresos de su madre. «Vas a ser una gran pintora mamá, tienes que llevar tus cuadros al museo», recuerda Blanca que le ha dicho Eric en una ocasión. Además, a la esposa de Borja, la pintura le ha servido para reafirmar su identidad, alejada de los focos que antes simplemente la seguían por ser «mujer de». «Exacto, esto, entre otras cosas, ha servido para cambiar mi imagen aunque no haya sido algo buscado, quizá al principio me veían más como un ''personaje que pinta'', ahora ya no y la verdad que también me alegro de ello, aunque también, en estos años, he aprendido a dar importancia a las opiniones que realmente aportan, ya sean negativas o positivas», subraya al tiempo que reconoce la suerte que ha tenido al conocer a Borja. «Fíjate, si te gusta la pintura es un lujo tenerle a mi lado, por todo lo que sabe él de arte, por las cosas que he podido vivir a su lado. Desde visitar los museos con explicaciones de sus directores a conocer incluso a familiares de importantísimos pintores. Es algo que me ha enriquecido y me ha servido también para hacer mejor mi trabajo. Porque, desde mi punto de vista, abarco todo el proceso creativo. Yo voy a la tienda a comprar mis materiales y luego tengo la fortuna de ver las mejores obras del mundo en los museos», reconoce. Cuesta se define como una mujer «competitiva», pero en el mejor sentido de la palabra, matiza a continuación. Siempre quiere superarse, nada le es suficiente. Por eso, cuando comenzó a realizar las esculturas fue una pequeña frustración el ver cómo se le desmoronaban las piezas. «Estaba acostumbrada al lienzo y hacerlo en tres dimensiones ha sido un absoluto reto. Se caía por todos los lados. Ahora, la verdad es que estoy bastante contenta con el resultado», asevera con la mirada puesta en uno de los perritos multicolor que asoman por la ventana. Es más, nos cuenta que, cuando realizó la popular Menina 3D, como el proceso de creación fue tan largo y la escultura estuvo tanto tiempo en su taller, sus hijos la cogieron muchísimo cariño. La «obsesión» fue tal que cuando tuvo que entregarla para la subasta benéfica sus hijos se llevaron un buen berrinche. «Teníamos que ir a buscarla por la Madrid donde estaba expuesta. Era divertido, íbamos los cinco localizando meninas por toda la ciudad», relata. Comienza a anochecer y el matrimonio sigue colgando cuadros. Ha habido que hacer nuevos agujeros en las paredes y equilibrarlos. Quedan poco más de 24 horas para la inauguración y aún queda mucho por hacer y muchos curiosos con ganas de conocer su nueva creación. «Hay quien ya nos ha reservado alguna pieza», advierte Ana. Blanca, que al hacer pública su faceta artística se sentía más insegura por el qué pensaría la opinión pública sobre sus creaciones, afirma sentirse en este momento mucho más segura. Cuestión de experiencia y años. «Es muy gratificante cuando, sin que te lo esperes, por la calle, en el tren o en la playa, alguien que no conoces te dice que le gusta mucho lo que haces. Esto es lo que me impulsa a seguir trabajando», esto y la función benéfica que también tienen sus creaciones porque, según ella, esto ocupa gran parte de sus objetivos: ayudar a los que más lo necesitan. Así, siempre ha trabajado de la mano del Padre Ángel o de la Fundación Querer o Aladina, entre otras. «Lo bueno de ser una persona conocida es que puedes ayudar a los demás. Siempre que esté en mi mano así lo haré», sentencia.