Historia

Gabo y la «gauche divine» de Barcelona

«Eran un grupo de afortunados esnobs que en el crepúsculo del franquismo se reunían ante mesas donde sólo cabíamos seis personas y nos sentábamos veinte», así escribió Juan Marsé sus «Noches de Bocaccio». Se trata de una historia por contar, donde toma especial protagonismo Gabriel García Márquez, cuyo fallecimiento el jueves impactó al mundo. Con su esposa, Mercedes Barcha, cayó en Barcelona en años de vino y rosa, al menos a nivel creativo, que lo económico era ya otra cosa. En seguida fue adorado por la entonces naciente «gauche divine» que tenía Bocaccio –el club más importante de la ciudad– como centro que todos frecuentaban. ¡Ay aquellas noches...! García Márquez se encontraba bien en la entonces nada restrictiva Ciudad Condal, cuyos habitantes siempre estaban enfrentados al Gobierno como no lo hacen ahora, más sumisos o resignados. De hecho, el colombiano podría escribir una nueva «Crónica de una muerte anunciada» –o algo así– aplicada a los pataleos indepentistas de las políticas barcelonesas, que por cierto visten muy mal. Es un cuadro que estéticamente salva la primera dama catalana Helena Rakosnik, de sonrisa política y apaciguadora, y la esposa del alcalde Xavier Trias, quizá porque a través de su hijo conoce cómo respira la juventud barcelonesa, con similar ansia reivindicadora a la de 1970. Entre ese elenco se encontraba Juan Marsé, quien en su opúsculo o diario «bocacciano» se comparaba con un «"Titanic"sin miedo a nada». En aquella época imperaban los brazos abiertos y de ellos disfrutó García Márquez, que solía sentarse en uno de los palcos de la zona baja del club. Lo acompañaba Carlos Barral y a veces también la fotógrafa Colita –ahora se puede disfrutar una exposición de la reciente fallecida artista en La Pedrera–. Nadie como ella retrató la Barcelona de Ana María Moix– y compartía con ellos también asiento en las corridas de toros, donde se gestaba ya su animadversión absurda con Mario Vargas Llosa, quién también se instaló en Barcelona al pairo de José Donoso y demás nombres hispanoamericanos, todos ellos acogidos por esa «Mamá Grande» que era la agente literaria Carmen Balcells. Muchos desayunos compartí con ella en el Mesón del Café del Carrer Llibreteria. Una mujer arrolladora que logró que Gabo pasara de la penuria a «poder comprarme casas». Acostumbrado al exotismo irreal de Macondo, aquello le pareció buen contrapunto a lo indígena: lo analizaba pero no le sirvió de tema inspirador. Incluso se enfadó cuando alquien comentó que «Gabo, tienes bueno al vecindario de la calle Caponata porque ponéis muy alto el tocadiscos hasta las primeras del alba». Al parecer lo colocaban en la terracita a fin de compartir ese aire salsero que les era propio, una novedad en aquella Barcelona donde el Bocaccio era refugio de intelectuales, desde Ricardo Bofill –el padre, «Bofilín», todavía no se había prendado de la carnosidad de Chábeli Iglesias–, Serena Vergano, Emma Cohen –más pendiente de Enric Sió que de Fernán Gómez–, Gil de Biedma y Salvador Clotas, ya con aspiraciones ministeriales. Algo que sorprendió a una Rosa Regás que no dio para mucho ante la brillantez de sus hermanos Oriol y Xavier, siempre al tanto de lo que se gestaba: daban lo mismo las minifaldas de Mary Quant que la «caputxinada», donde los protestones estudiantes encerrados recibían comida de Vía Véneto. Pedían a la carta, buena manera de aligerar tal encierro aplaudido por Ricardo Múñoz Suay, el cineasta valenciano que murió sin haber dirigido ninguna película. En aquellos tiempos no era difícil toparse a Serrat redescubriendo América con García Márquez, aquel que criticó a Modest Cuixart por ilustrar un libro de Paco Umbral, escritor al que consideraban «del Régimen». Sí, todas estas curiosidades hay que escribirlas y perpetuarlas, ya que Marsé apenas lo hizo en las ochenta páginas que componen «Noches de Bocaccio», cuando la librería Cinc D'Oros impulsaba contubernios políticos y no como ahora, que de cara al 9 de noviembre –fecha en la que Mas ha asegurado que se votará la independencia catalana– despacha perfumes baratos patrios con nombres como «Rauxa», «Llibertad» y otras monerías que no son del catálogo de los hermanos Puig. Se trata de los otros «aromas de Montserrat» y carecen de corazón perdurable.