María Luisa San José: «Cuando el destape nos trataron como mercancía»

Como su familia no tenía claro que ella lo tuviera claro (quería ser actriz) la hicieron montadora cinematográfica.

Como su familia no tenía claro que ella lo tuviera claro (quería ser actriz) la hicieron montadora cinematográfica, y ahí tienen a María Luisa San José, joven, ingenua y tímida, cortando celuloide y pegándolo con acetona en los laboratorios Madrid Film, destrozándose los dedos. También revelaba. Ella, blanco y negro; Emilio Guiérrez Caba, el color. Por allí pasaban Berlanga, Bardem, Fernando Fernán Gómez, etc., y María Luisa los miraba con ojos soñadores y se decía que algún día trabajaría con ellos.

–Su primera película: «Hagan juego, señoras». ¿A qué juega en la vida?

–A divertirme trabajando en lo que me gusta, a ser mejor persona. Siempre me tendrán donde haya una reivindicación justa.

–En el franquismo fue una actriz concienciada, participaba en manifestaciones...

–Y me detuvieron junto a Aurora Bautista por estar esperando con otras 3.000 personas la salida de la cárcel de la Plataforma Democrática, con Marcelino Camacho al frente. Recuerdo a Juan Diego rompiendo apresuradamente su agenda de teléfonos antes de ser detenido. Nos dejaron libres a las ocho horas.

Sigue concienciada, no ha caído en el desencanto, «pero a veces pienso que hay cosas que no tienen arreglo; hay mucha decepción por la falta de apoyo a la cultura; algunos creen que los actores nadamos en la abundancia, y yo conozco a muchos que no tienen para pagar el recibo de la luz». Es una mujer de izquierdas sin partido, «porque a mí no me controla ni Dios; seré guerrera siempre». Esta San José, especie de santa laica de pelito corto e ideas largas, siempre ha buscado su independencia. Y lo ha logrado. Nunca se casó ni tuvo hijos. «No va conmigo el matrimonio, aunque quizá mañana...Todos tenemos alguna contradicción, ya sabe».

–Me decía hace poco Paca Gabaldón que el problema de la actriz madura está en la discriminación por la edad...

–Es así. Ya lo ve: todas operadas y reoperadas con la esperanza de seguir trabajando. Es un panorama cruel. Y la situación se complica si estás bien, si aparentas menos edad de la que tienes. Porque entonces no saben dónde ubicarte: eres joven para unos papeles y mayor para otros. A mí, ahora, no me han aceptado para la versión teatral de «Las chicas del calendario» por joven. Pero es que hasta para hacer de abuelas eligen a actrices de 40 años...

Está claro: «Lo que vende en el cine es la juventud y las maduras sobrevivimos gracias al teatro». María Luisa nunca fue muy ambiciosa: «He conseguido cosas sin perder la dignidad; no he sido ni soy muy consumista, las joyas y el lujo no me han dicho nada». Le gusta viajar y caminar. Vive en Villafranca del Castillo y hace senderismo. De los 8 a los 16 años practicó natación sincronizada y salto de trampolín. Tiene una medalla de plata.

–Era una niña buena...

–Siempre he sido una niña buena. Creo que lo sigo siendo.

–Y llegó el destape...

–Era un virus que teníamos que pasar. Nos desnudaron a todas menos a Rafaela Aparicio, y nos trataron mal, a patadas, como mercancía, sobre todo porque lo hacían mal, ética y estéticamente mal. Sólo éramos carne para el mercado. Incluso llegaban a vender fotogramas de las películas a las revistas, nacionales y extranjeras.

–Usted le ganó un pleito a «Interviú»...

–Sí. Me hicieron un reportaje para «Interviú», con un contrato, y una foto de ese reportaje fue a parar luego a otra revista del grupo, «Lib». Les puse un pleito y les gané. Me tuvieron que pagar el doble.

–¿Se atrevería a repetir ese reportaje ahora?

–Hoy me daría mucha vergüenza. Siempre he tenido mucho sentido del ridículo, y aunque ahora tengo menos, no me atrevería.

Delante del espejo se ve bien, «pero no como antes, claro». No necesita trabajar para vivir: «No estoy forrada, pero puedo sobrevivir; soy una superviviente que ya no necesita hacer lo que sea para comer». No ha perdido la ilusión, le sigue gustando mucho su profesión. «Nunca seré una mujer amargada, pero la realidad del presente y el futuro es negra; son pocas todas las manifestaciones que hay». Su presente es relajado. Nada, camina, hace yoga. Trabaja poco. «Una pena, porque es ahora cuando mejor estoy como actriz». No le preocupa la arruga (tiene pánico al quirófano) y cree que lo peor de envejecer es llegar a perder la cabeza, «el alzheimer, no saber quién eres, no reconocer a nadie, eso es terrible». Sigue siendo ingenua, dice, y más inocente que el asa de un cubo. Y comprensiva: su mejor amiga es muy de derechas.