De Azucena Hernández a Nadiuska: ¿qué fue de las reinas del destape?

De iconos sexuales a juguetes rotos: se cuentan por decenas las actrices olvidadas que marcaron toda una época

La muerte de Azucena Hernández ha devuelto al plató de la actualidad, al menos por un día, a las musas del cine «s». Llegó Azucena montada en un carro en el que ya venían Adriana Vega, Silvia Aguilar, Beatriz Escudero o Jenny Llada. Como muchas de las de aquel tiempo, pasó de un título de miss al cine erótico y del destape. También como otras, aunque no muchas, al teatro más serio, como las obras «Enrique IV» o «Un enemigo del pueblo». Del despelote a Pirandello e Ibsen.

La lista de aquellas reinas del destape nacidas en la dulzura carnal liberalizadora (con su lado cutre) del cine español, para gozo de los aquellos que estrenaban libertad, es muy larga: la susodicha Azucena, Nadiuska, María José Cantudo, Rosa Valenty, Sara Mora, Susana Estrada, Agata Lys, Victoria Vera, Bárbara Rey, Sandra Mozarowsky, Amparo Muñoz, África Pratt, Esperanza Roy, Helga Liné, Norma Duval, Mirta Miller… Casi todas decían –y algunas se lo creían– que solo se desnudaban si lo exigía el guión. Fue una de las frases gloriosas de la época de la Transición Sexual que empezó con la muerte de Franco. Ya no hacía falta ir a Perpiñán o a Biarritz a calentar motores.

¿Sexo o política?

Otras, mejor asesoradas por sus representantes y apostando fuerte por la rebeldía libertaria del momento, manifestaban que lo suyo era una postura política a favor de la libertad. Y, efectivamente, el personal llenaba los cines para ver sus posturas. O sea, si estaban más cerca del misionero o del 69. O sea, que ya entonces había tetas de derechas y de izquierdas, aunque el pleno centrista se lo llevó la Cantudo con el primer desnudo frontal íntegro en «La trastienda», de Jorge Grau, que aún no era Jordi. Ahí nació el celebrado club de fans de «El felpudo de la Cantudo», que de haber sido canción o himno ácrata-erótico, podía haber sido número uno.

La Cantudo hizo después «Las delicias de los verdes años» y «La amante viciosa». Luego pasó a la revista y al teatro apoyada por el productor Enrique Cornejo, que también apostó mucho para liberar del destape a Sara Mora y Rosa Valenty. Un gran benefactor, Cornejo. Hoy la Cantudo se dedica a las antigüedades: es experta, puede tirarse una hora hablando de un bargueño Luis XVI o de la diferencia entre la cerámica asiática y los botijos de Talavera.

La Valenty hizo destape con Ozores y Masó, café teatro (Pemán decía que no daban café ni teatro) y fue vedette en «Por la calle de Alcalá». Contaba que lo pasaba fatal desnudándose, que Juanito Navarro era un aprovechón que metía la lengua hasta el paladar y que lo peor fue besar a una alumna (hacía de profesora) de la que supuestamente estaba enamorada. Ha sido y es relaciones públicas de un bingo y en el 2017 tuvo una posibilidad de resurrección con la revista «Un chico de teatro», pero ahí se quedó la cosa.

Sara Mora, una belleza de fuego, hizo «Las alegres vampiras de Vögel», «La insólita y gloriosa hazaña del cipote de Archidona» o «La frígida y la viciosa». Luego, cine de terror. Más tarde, sketches con Pedro Ruiz en la tele, portadas de Interviú, series de televisión y breves papeles en el cine. Hoy está desaparecida.

Hablando de bellezas incendiarias, ahí quedó Sandra Mozarowsky, lolita devastadora, muerta a los 19 años de un traumatismo craneoencefálico. Unos dicen que se cayó del balcón de su casa y otros que la tiraron. Un misterio con su lado conspiranoico: se dijo que tuvo relaciones con una personalidad del país y cuando murió estaba embarazada. Trabajó en una veintena de películas de destape.

El declive de la musa

Lo de Nadiuska, hermosa voraz, más que musa una reina del destape, comenzó con «Lo verde empieza en los Pirineos» cuando lo verde ya era también cosa nuestra. Alemana, la casaron con un pobre tipo que ni la conocía para que obtuviera la nacionalidad española. Llegó a tener hasta tres películas a la vez en la Gran Vía madrileña, y bajo esas mismas luces de neón empezó su carrera de vagabunda, mendiga y loca.

Pedía y dormía en las aceras de sus éxitos. A finales de los 90, después de haber ganado un dineral, a la emperatriz de los labios sensuales y el busto más al gusto de los españoles le diagnosticaron trastornos psíquicos. Hoy reside en un centro asistencial de Ciempozuelos como un juguete roto que no recuerda quién o qué la rompió.

La imagen de las dos transiciones (la política y la sexual) fue cosa de Susana Estrada y Tierno Galván, cuando el entonces alcalde de Madrid le entregó el premio a la Popularidad del diario Pueblo y a la poco casta Susana se le escapó del escote, burla burlando, el pecho derecho. Fue más un homenaje al rijoso Tierno y a la tercera edad que otra cosa. No sé a qué se dedica hoy la Estrada. También Agata Lys anda desparecida pese a su éxito con «Los santos inocentes».

Bárbara Rey deambula por las televisiones para contar, cuando surge, cómo la perseguía el Cesid (ahora CNI) en busca de las supuestas grabaciones de su supuesta relación con el Rey Juan Carlos. Quería una de Hitchcock, pero se quedó en «Me siento extraña», la historia de una relación lésbica y tórrida con Rocío Dúrcal.

Amparo Muñoz, la única Miss Universo que tiró la corona, murió a los 56 años después de una larga relación con las drogas. Norma Duval, que empapeló París con la silueta de su trasero, primera vedette en el Folies Bergére, vive como una sultana en la isla balear de Tagomago con su Matthias Kühn. Ahorró para un buen retiro. Fue también musa del PP, pero dudó de que eso le sentara bien a su figura y lo dejó.

Mirta Miller se quedó en el romance (sin copla) con Alfonso de Borbón. África Pratt está muy instalada en el teatro. De Adriana Vega, la de «Viciosas al desnudo», no se tienen noticias y a Jenny Llada la vi en un reality de isla hace cuatro años. Así es la historia de la otra transición: queda entre la locura, la muerte y la nada.

En 1984, la «s» se convirtió en «x» y ahí acabó la etapa del calentón, más o menos.