Libros

Miriam de Ungría: «No me gusta cuando me adulan o me presentan como un ejemplo»

Tenía que presentarse el lunes por la tarde en la oficina. Iba a ser su primer contrato. Había terminado la carrera de Geografía e Historia y se había especializado en Historia del Arte. Nunca llegó a firmar. El día anterior, un desayuno con los periódicos sobre la mesa, le hizo cambiar de planes. De repente, en una de las páginas se topó con un curso de gemología, y con ello, vislumbró su vocación. Ya no firmó aquel contrato. «Aquel lunes llamé por la mañana, les di la gracias por la oportunidad que me habían brindado y me puse a estudiar», explica Miriam de Ungría a LA RAZÓN. Un año después, presentaba su primera colección de joyas fabricadas en oro y piedras preciosas. Hoy, puede presumir de llevar casi 25 años al pie del cañón. No hay que olvidar que fue directora de alta joyería de Carrera y Carrera, adquiriendo gran proyección internacional con su colección «Jardín de rosas». Ahora, regresa con ideas renovadas y estrenando firma: MdeU. «Quería bajar la joyería de ese pedestal inaccesible en el que a veces la situamos. Es cierto que hay piezas que por el propio origen y calidad de la pieza, sólo están al alcance de unos pocos, pero sí es posible hacer llegar otras muchas». Un esfuerzo que no significa «low cost» ni bisutería. «Joyería y bisutería son conceptos distintos no sólo por el precio sino por los materiales que la componen. En otros idiomas puede dar lugar a confusión pero en español no da lugar a dudas. Una buena joya es insustituible».

En 2012 decidió volver al trabajo, después de sufrir un accidente de tráfico con su esposo, Kardam de Bulgaria. A principio de 2013 decidió dar el paso y crear la marca. En junio empezó a dibujar y 2014 es su año de regreso, con venta de sus joyas en El Corte Inglés y a través su web mdeu.es.

–¿Cómo ha sido volver a la creación y al trabajo?

Ha sido muy positivo. La creatividad es un ejercicio de por sí muy satisfactorio y requiere una importante dosis de concentración. Poder encontrar el hueco para volver a esa parcela me ha llevado más tiempo de lo previsto, pero lo he conseguido, que es lo importante.

–En estos cuatro años de retiro obligado, ¿han cambiado mucho la tendencias? ¿y las formas y canales de vender?

–Efectivamente, cuarto años después, me encontré una realidad bastante diferente. La crisis ha hecho replantear modelos económicos y eso afecta a todos los sectores. La joyería ha cambiado mucho y me atrevo a decir que para bien, porque ha acelerado un proceso que yo siempre consideré imprescindible: asociarla a las tendencias de la moda y la realidad de nuestro día a día. La joyería no podía seguir siendo algo al alcance de muy pocos o propia de momentos excepcionales en la vida de las personas. Respecto a los canales de venta, internet es una alternativa que está despertando con más o menos rapidez según los países, pero es una realidad que las ventas por internet suponen un incremento en la cuenta de resultados.

Emprendedora, madre, esposa... ¿En algún momento ha pensado aquello de: «Que se pare el mundo que me bajo?» «Muchas, pero también sé que si me bajo me voy a perder muchas cosas fascinantes», asegura Miriam, cuya mejor lección aprendida en este trecho recorrido bien podría ser un eslogan compartido: «En la vida hay que saber ver la oportunidad en cada dificultad». Precisamente, esta mirada a la vida le hace considerarse una persona «razonablemente feliz. Aunque es complicado definir qué es y qué no es felicidad, puedo decir que estoy razonablemente contenta con como soy y con lo que hago». De ahí que no se vea como una heroína. «No me siento a gusto cuando dicen que soy un ejemplo o cuando me adulan, simplemente he hecho lo que he creído conveniente en cada momento». Se considera una mujer creyente, «pero no sé hasta qué punto actúo porque es lo que quiere Dios, o hago las cosas porque verdaderamente me hacen sentir bien. No sé cuánta generosidad puede haber en esta forma de actuar o de ser». Con esta naturalidad responde desde el «loft» en el que se ha instalado su oficina y taller desde hace unos meses. Mientras Miriam idea, proyecta, recibe a clientes y proveedores, a pocos metros Fernando, un artesano de los que escasean por nuestro país, da forma a cada una de las piezas que ya están en el mercado. «La creatividad se multiplica cuando tienes el laboratorio en casa, puede volar mucho más allá. Eso lo descubres cuando trabajas con talleres externos. A priori puede resultar más rentable económicamente, pero lo cierto es que las limitaciones son muchas a la hora de materializar tus ideas», comenta mientras muestra el molde original de una de sus piezas de referencia: «Modelé muchos corazones hasta llegar al que quería. Y me gusta así, gordito, con la forma definida, abrazable, tierno. A estas alturas, en joyería está todo inventado, por eso buscaba mi manera de interpretar un concepto y hacerlo propio».

Así nacieron la colecciones «Corazones y rosas» –«la rosa siempre me ha encantado, tiene un simbolismo especial, es la flor que más sentimientos despierta»– y «Asia», en la que prima el componente étnico. A ellas hay que unir las piezas únicas y las que realiza por encargo. «Es como hacer un traje a medida, porque tienes que conocer a la persona, escucharla y lograr que aprenda a confiar en ti», explica consciente de que puede ser «tan especial una pulsera de comunión como una tiara que para una boda. El componente emocional es clave. Cuando a alguien le roban las joyas, en muchos casos se lleva peor que cuando se llevan un bolso o unos zapatos. Y no por el valor económico que tengan sino por su carga emocional». Ella lo sabe bien. «Mi joya más especial es mi anillo de pedida, porque me lo hice yo. Se trata de una pieza que me regalaron mis suegros y que tenía un valor histórico para la familia, por lo que cuidé especialmente lo que hice y cómo lo hice». «Mis suegros me regalaron una pieza de familia con un gran valor histórico, propia de ocasiones especiales, pero yo quería además algo que poder llevar cada día, así que, con el apoyo de mi marido, diseñé un anillo que llevo casi siempre junto a la alianza de boda».

Pero el trabajo de Miriam no se acaba en la creación. Lo compagina con su labor como tasadora y asesora en la compra y venta de piedras de inversión, tanto a clientes particulares como a compañías de seguros, judicaturas, notarías, abogados, bancos o empresas privadas. «A veces le he dado sorpresas agradables a un cliente. Pero también he tenido que comunicar algo desagradable en relación a una joya que alguien pensaba que tenía un gran valor y no era así. Es duro contar que no tienen un tesoro. A menudo se compraban piezas por desconocimiento del cliente, pero también de propio joyero, que no tenía tantas herramientas como ahora para catalogar un piedra y se valoraba a ojo de buen cubero. Mira el gran rubí de la Alhambra de la Corona Británica, que en realidad era una espinela. Eso no le resta su valor histórico, pero no es lo mismo en el mercado». La duda es inmediata: ¿Nos meten gato por liebre a los clientes cuando vamos a comprar una joya? «¡Espero que no! El engaño se puede dar en cualquier sector, gato por liebre, pescadilla por merluza o circonita por diamante. Para mí el concepto de profesional pasa por el hecho de ser por una persona íntegra. Además, hoy en día existen análisis gemológicos para saber exactamente qué tenemos entre manos».