«Nunca eché de menos un hombre en mi vida»

Amparo Rivelles reconoció que si volviera a nacer elegiría la misma profesión. Así era, humilde como mujer y altiva como actriz

La actriz Amparo Rivelles, en una imagen de 1996
La actriz Amparo Rivelles, en una imagen de 1996

Llevaba siete años retirada de una profesión que le había dado la vida. Amparo Rivelles (nacida en Madrid el 11 de febrero de 1925 y fallecida en esta misma ciudad el pasado jueves) me dijo dos meses antes de su muerte que no echaba de menos los escenarios, quizás porque se había dado cuenta de que necesitaba «vivir sin sobresaltos». Bastantes tuvo en su vida como para no querer olvidarlos. Era querida y admirada por todos los que la conocimos, independiente y poco vanidosa. Y mira que podía vanagloriarse de cosas, incluso de sus múltiples conquistas amorosas. Pero ninguno de los hombres que pasaron por su vida fueron capaces de atarla a un matrimonio. Ella me confesó que «si hubiera querido tener una pareja estable, la habría tenido de joven, y no ahora, y nunca eché de menos un hombre en mi vida. He sido lo suficientemente independiente como para no dejar que nadie me dijera lo que tenía que hacer. Para eso, me valgo yo sola». Y recalcaba que, «si volviera a nacer, elegiría de nuevo esta profesión, porque la interpretación te permite vivir diferentes vidas».

Personalidad propia y belleza serena

Era madre de una hija, María Fernanda, y adoraba a sus sobrinos, Amparo Larrañaga, Luis Merlo, Pedro y Caco Larrañaga... Se veían poco, pero hablaban todas las semanas por teléfono. Hay muchos que creen ver en Amparo a la sucesora de su tía, pero ésta, que también admiraba muchísimo a su sobrina, estaba convencida de que no: «Amparo no es mi sucesora porque tiene personalidad propia, una belleza muy serena y es una actriz sensacional». Ella era así, humilde como mujer y altiva como actriz. Sus razones tenía. Pero dentro de esa sencillez, se había ganado un gran respeto en el mundo artístico. Para la mayoría era «doña Amparo», la hija de dos grandes de la escena: Rafael Rivelles y María Fernanda Ladrón de Guevara.

Recuerdo mis visitas a su casa cercana a la Gran Vía madrileña, un piso lleno de recuerdos y que te transportaba a tiempos pasados, a aquellos en los que Amparo dominaba los escenarios. Ella me contó en una ocasión que «no por ser hija de quien soy empecé como primera actriz de la compañía teatral de mi madre. Ella me enseñó cuando yo era una cría que, si mi intención era seguir sus pasos, había que comenzar desde abajo. Y fue ella la que me ayudó a impulsar mi carrera cuando se dio cuenta de que su hija servía para esto». María Fernanda le dio un sabio consejo: «Mi madre me dijo que todo lo hiciera con mi temperamento y mi personalidad, y he seguido ese consejo al pie de la letra tanto en mi vida personal como en la profesional». En su vejez fue muy austera, alejada de los lujos de antaño. Cuando un día le pregunté si mantenía una buena relación con su hermano Carlos Larrañaga, al que quería muchísimo, puso cara de póquer y contestó sin dudarlo: «Es que Carlos ya sabes cómo es, va muy a su aire». En el fondo le dolía el distanciamiento. Aunque lo disimulaba con un rotundo: «Cada uno lleva su vida como le apetece». No hace mucho entrevisté a Amparo Larrañaga y hablamos de su tía. Me comentó que «es una mujer retirada, tiene sus ochenta y tantos, pero su cabeza es un prodigio, cada vez que nos vemos me da una lección de inteligencia; es un ejemplo de vida y de saber estar. Nuestros reencuentros son una gozada». Hubo quien la definió como «mujer elegante, cercana y humilde», y acertó de pleno. Infundía respeto y, en sus actuaciones, naturalidad y seguridad en sí misma.

Ha muerto víctima de una larga enfermedad, y hoy estamos de luto en España, pero también en México, donde Amparo, durante muchos años, fue la indiscutible reina de las telenovelas. En un momento tan triste me quedo con la frase que me soltó hace dos años, cuando le ofrecieron un gran homenaje: «Que me quiten lo ''bailao''». Pues eso.

Una vida plena

Vivía en armonía consigo misma, tranquila y sin echar de menos los triunfos del pasado, tan sólo se quedaba con «el cariño y la ternura del público. Lo demás, pasado está. El día que me subí por última vez a un escenario lo hice convencida de que no iba a sufrir con el adiós. Me había preparado emocionalmente para ese día. Y en estos años de retirada me he dedicado a vivir plenamente»