Rappel: «Supe que mi hijo iba a morir al poco de nacer»

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Rappel
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Es más un personaje singular que un futurólogo, astrólogo o echador de cartas. Así lo he visto siempre y creo que así se ve él, quizá en el fondo de los posos de la taza de café. Y la verdad es que su inicio profesional en este mundo de la videncia fue digno de una película de Polanski: al segundo día de haber nacido su segundo hijo, lo tomó en brazos y dijo: «Qué pena, se nos va a morir antes de un año». Ni su mujer ni sus suegros, horrorizados, entendieron cómo podía decir algo así.

–Y a los once meses –me cuenta– el niño murió de un derrame cerebral. Fue un golpe terrible. Ojalá me hubiera equivocado. Mis suegros creían que le había echado una maldición o algo así. Mi mujer cayó en una fuerte depresión. Fue entonces cuando decidí dedicarme a la videncia.

Algo que le atraía desde niño. Mientras los demás chavales jugaban al fútbol, él iba a la Cuesta de Moyano a buscar viejos libros de ciencias ocultas. Rappel cree que estas habilidades se heredan: su bisabuelo era un gran vidente y su bisabuela preparaba ungüentos curativos.

–Pero en un principio fue modisto de alta costura...

–Mi abuelo y mi padre se fueron a París en el 39, no tenían ni un duro, la guerra les había dejado sin nada. Balenciaga, que era amigo de mi abuelo, les aconsejó que pusieran un comercio de telas y les prestó dinero. Balenciaga quería que yo fuera modisto: me enseñó a probar vestidos a las señoras. Él no diseñaba: creaba sobre la modelo, añadiendo y quitando telas. Fui modisto durante 22 años, el primero que hizo un desfile con las modelos bailando en la pasarela.

Lo dejó cuando llegó el «prêt à porter». «Yo era un creador artesanal y no podía mantener el taller». Echaba las cartas a las clientas entre prueba y prueba. Niní Montián fue su madrina: «¿No te ha echado las cartas Rafael? Es extraordinario», decía a todo el mundo. Después del suceso con su hijo vio que aquello era más que un hobby y Rafael Payá pasó a ser Rappel. Sus primeras apariciones en la televisión fueron en los programas infantiles de María Luisa Seco: hacía astrología rodeado de niños sentados en el suelo.

–¿Cómo llamaría a lo suyo?

–Pseudociencia. En todo caso, yo hago magia blanca, que tiene que ver con la santería.

–Y a estas alturas, ¿no es más confesor que vidente?

–Puede que sí. Mucha gente sólo quiere que se les escuche; hay mucha soledad, quieren hablar y recibir algunos consejos. Pero yo no les absuelvo, ¿eh? Les escucho y les hago reflexionar.

–Dicen que los que le consultan son gente poco culta, ignorante.

–Eso se decía antes. Le contaré algo. Durante mucho tiempo vino a mi consulta una señora distinguida a que le echara las cartas. Una vez me preguntó si podía echarle las cartas a su marido sin estar él presente. Se las eché. Despareció y un año después me llamó para decirme que iba a visitarme con su esposo, pero que como era un personaje muy conocido, me rogaba que no hubiera nadie en la consulta. Así conocí a Severo Ochoa.

–¿Y qué le dijo don Severo?

–Que estaba allí por curiosidad. Me quedé perplejo. Después de echarle las cartas, dijo: «Me gustaría abrir tu cerebro para ver que hay dentro; me has dicho cosas alucinantes, cosas que sólo sé yo; tu cerebro no es normal».

Se ríe cuando le digo que le hacen competencia desleal los políticos jugando a adivinar el final de la crisis. Sus famosas túnicas nacieron de la necesidad de crearse una imagen y, a la larga, le han hecho más famoso que sus predicciones. «Yo quería llamar la atención; Ramón Areces, el padre de El Corte Inglés, decía que yo era el mejor relaciones públicas de mí mismo, el mejor creador de un marketing propio, y tenía razón».

–Le han animado a publicar las consultas de los personajes famosos...

–No lo haré nunca. Es secreto profesional. Ahora escribo una especie de memorias y contaré algunas anécdotas, pero nada más. Las consultas van conmigo a la tumba.

–Sé que le consultan financieros y políticos, pero no lo reconocerán nunca...

–Les da reparo. Antes, la mayoría de las consultas eran por asuntos sentimentales; ahora, por la economía. Manda el dinero, pero el amor siempre vuelve. El gran miedo del hombre es a envejecer solo.

Cree que envejece muy bien: «Sólo me faltan las dos muelas del juicio; pero cuando vea que se me cae la papada, pasaré por el quirófano». Lo peor de envejecer, para él, es ver cómo se van los amigos. Ha dejado el tabaco. Nada en su piscina climatizada. Le hubiera gustado ser cantante de ópera: «Una gran voz es lo que más admiro y envidio». En abril será abuelo. No lo ha adivinado, ha visto la ecografía.