Cine

«Sólo espero que me llegue un riñón»

PALOMA CELA/ACTRIZ
PALOMA CELA/ACTRIZ

Una de las pocas revistas que guarda Paloma Cela en la alacena de los recuerdos es una norteamericana en la que figura (años 70) entre las once mujeres más espectaculares del mundo: la española con más «sex appeal», dijeron. La retrató el que fuera fotógrafo y descubridor de Raquel Welch, Terry O'Neil. Era la suya una de esas bellezas poderosas, salvajes, casi inaccesibles, que según los expertos acobardan un poco –o un mucho– a la generalidad de los hombres. «Y quizá por eso –me dice– en aquellos tiempos no me comí tantas roscas como la gente pueda creer».

–En aquellos tiempos de esplendor su destino era Hollywood, pero se quedó en Madrid.

–Por cobardía y por el novio de turno con el que, por cierto, nunca me casé. Me dijo: «Te irás y no volverás». Y me quedé. Nunca he sido una mujer aventurera. Me daba miedo ir a vivir a otro país. Me ofrecían un contrato: cuatro años en Hollywood con casa, profesora de inglés...Pero me acobardé: dejar a mi novio, no saber inglés, alejarme de la familia, de España, era demasiado para mí.

–Fue la modelo que se convirtió en actriz casi sin pretenderlo...

–Me entró el gusanillo después de hacer varios papeles. Yo nací modelo y luego me convertí en actriz. Creo que he llegado a ser una actriz pasable. Salvaría películas como «Tepepa», con Orson Welles, y «El alijo», que dirigió Ángel del Pozo.

Robert Shaw («El golpe», «Tiburón») la persiguió con la tenacidad de un explorador inglés del siglo XIX durante el rodaje de una coproducción. «Ya tengo cuatro hijos –le decía–, quiero completar el equipo de fútbol contigo». Paloma no aceptó su propuesta de matrimonio, no tragó. No le gustaba. «A veces sucede que un hombre te persigue tanto, insiste tanto, que por eso deja de gustarte».

–Cuántos papeles habrá perdido por decir aquello que decía: «No me prometa nada, que yo no trago»...

–Muchos, y aún hoy, a mis años. Nunca fui una santa, pero tampoco promiscua. Sí podría haber tenido mucho más de lo que tengo, más éxito, más dinero, pero nunca fui ambiciosa. Me conformo con lo que poseo y con no tener que bajar la cabeza ante nadie. Además, todo se queda aquí. Lo que dijo el Papa Francisco: «Los sudarios no tienen bolsillos». Yo sólo pido salud. Llevo año y pico yendo a diálisis tres veces a la semana. Ya sólo espero que me llegue un riñón para el trasplante.

La ansiada llamada de La Paz. Ya la llamaron una vez, pero luego resultó que el riñón no era compatible. De la alegría a la decepción, para volver a la lista de espera. Volviendo a las otras cosas de la vida, le digo que quizá no supo sacarle todo el partido a su belleza, y me dice que probablemente es así, «la verdad es que nunca me creí que era tan guapa como decían; yo solía comentar que, del grupo de modelos de entonces, yo era la más fea, pero la más simpática». Llegó el destape y no se destapó. No era capaz, le daba vergüenza. Cree que siempre ha sido un poco chapadita a la antigua, «es ahora cuando estoy un poco más lanzada».

–Cuando murió Horacio, el hombre de su vida, se encerró en casa...

–Eso me dejó mordida para toda la vida, nunca me voy a recuperar de ese golpe. Murió en la noche del 1 al 2 de mayo, a las tres de la madrugada. Qué putada. Me encerré en casa durante siete u ocho años; estaba en los 55 kilos y cuando salí del encierro pesaba más de cien. Y salí porque tenía que trabajar, no había otra. Tuve que inventarme de nuevo.

Le echaron una mano Hugo Stuven y Andrés Pajares, que le dio trabajo en dos series. «Andrés fue un cielo; pido a Dios que le bendiga y le ayude siempre».

–Hábleme de su presente...

–Es raro. Estoy mayormente en la gasolinera, como yo le llamo a la diálisis. Mi presente es esperar la llegada de un riñón, como le decía antes. Y mi futuro también es esperar. Que en La Paz se acuerden de mí.

–¿De qué se arrepiente?

–De no haber tenido hijos y de no haber sido más aventurera.

Su más dulce recuerdo está en los desfiles de moda en el Ritz de Barcelona y de Madrid, cuando paseaba vestidos de Balenciaga, Asunción Bastida, Lino... Envejece bien, «aunque siempre diré que envejecer es una putada». No se ve mal en el espejo, «tengo aún buen cuerpo y mejor alma». Sus devociones están divididas entre el equipo de diálisis de San Camilo, capitaneado por la doctora Gota («son tan amables, nos tratan tan bien...»), el cirujano Gil Vera («me salvó de lo del colon») y el Cristo de Medinaceli, al que visita cada primer viernes de mes junto al actor Pepe Álvarez. Le quedan dos perros: Poquito y Santi Cañizares, ya viejitos. Aprendió a vivir sin hombres, pero no sin animales.

Haciendo memoria

-Su salto a la fama

«Fue con aquellas películas con José Luis López Vázquez y Gracita Morales que dirigía Mariano Ozores. Creo que me contrataban porque yo calmaba mucho el genio de Gracita. Le regalaba perritos de peluche».

Momento feliz

«Cuando me casé con Horacio. Me daba mucho miedo casarme, estaba muy nerviosa. También cuando nació mi sobrina Palomita. Tiene ya dos hijos, que son como mis nietos».

Momento triste

«La muerte de mi marido; se me quedó en los brazos. Fue lo más terrible que me ha pasado en mi vida. También lo pasé muy mal cuando murió mi tío Carlos».