Paralizan definitivamente el museo de Rocío Jurado

Aunque el museo no prospera, Rocío Jurado tiene un monumento en Chipiona
Aunque el museo no prospera, Rocío Jurado tiene un monumento en Chipiona

Estaba cantado, y no con aires de fandango de Huelva, sino por las repetidas contradicciones, incoherencias y maniobras que buscaban el despiste para no reconocer las pocas ganas que tenían de echarlo para adelante. Amador Mohedano lo usó de excusa y escudo para refugiarse en Chipiona, donde su actual alcalde evita responsabilidades. Simplemente no da la cara. Ni contesta ni responde por mucho que se le insista. Opta por meter la cabeza bajo el ala, ya que teme posibles investigaciones para descubrir en qué se gastó el dinero invertido en esa nave industrial que consideraban poco menos que una megaobra de Norman Foster o Calatrava. Así la vendían para hacer un museo sobre Rocío Jurado con escaso contenido, puesto que lo único atractivo eran los 240 trajes de la artista cedidos por su hija.

«Habitaciones-armario»

Menuda tarea era plancharlos. Más de una vez presencié en su casa de La Moraleja a Juan López de la Rosa: veía cómo se encargaba de colgarlos en «habitaciones-armario» próximas a la piscina cubierta que tenían en el sótano. En una ocasión se produjo un escape de agua y ahí quedó destrozado el traje aflamencado con el que se unió a Pedro Carrasco un 21 del florecido mayo. Celebraron el enlace en Jerez y Paquita Rico acabó tumbada en un banco del jardín –le pudo el amontillado– mientras Juanita Reina la abanicaba e Isabel Pantoja asistía como espectadora pasmada.

Han sido años perdidos mareando la perdiz, ya que se ha comprobado que no había un empeño auténtico para homenajear a la que fue, y es, el principal atractivo turístico del pueblo gaditano, hoy con tanto olor a fritanga. Allí veraneaban en casas propias desde Gracia Montes, espejo en el que Rocío siempre se miró, hasta los mencionados Rico y Juanita Reina, que huían de la urbe sevillana buscando brisas marineras. Era idílico, eran aquellos unos tiempos en que no había una masificación urbanística, cuenta el tío Antonio, que creo que aún sobrevive y asiste atónito a la debacle familiar, él que es tan tradicional. Vivía en esa casa con un patio que estaba a pie de playa y que para Rocío era su segundo hogar antes de iniciar el vuelo. Antonio, que me bautizó como rociero en 1976, fue el segundo padre para el clan Mohedano que ahora echa «p'alante» su hermana Rosario.

Proyectaron el museo como gran atractivo turístico igual que Ortega Cano hizo años antes con la finca Yerbabuena, que ahora proyecta quitarse de encima para poner tierra de por medio entre él y Castilblanco de los Arroyos. La gente del pueblo no le ve con buenos ojos. Ya saben, la distancia es el olvido. Tampoco hay que olvidar el desinterés municipal, como el de este Ayuntamiento despreocupado que cancela definitivamente el proyecto en el que Amador encontró la excusa para alejarse de Rosa Benito. Le tenían de «asesor» y todavía choca que el amplio vestuario destinado a la admiración de sus seguidores esté guardado en armarios. Pusieron los bueyes antes que el carro. Es un enorme despropósito y gasto político del que la Junta de Andalucía no supo zafarse a tiempo. Con el museo idearon una «Ruta Rocío Jurado» que tampoco sería el Camino de Santiago –según la atinada reflexión irónica de Jorge Javier Vázquez–, que debía guiar el fallecido Juan de la Rosa. No tenía nada que ofrecer. Se pensó por si su hermana Gloria era despedida de Yerbabuena y necesitaba reubicarse profesionalmente. Esta familia no da puntada sin hilo. El itinerario se limita al lugar en el que nació, su tumba, el Santuario de Regla y la polémica finca Huerta de los Naranjos, además del balcón donde siempre posaba con su familia unida teatralmente.