Señora Doubtfire II por Julián Redondo

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Robin Williams seguía a Lance Armstrong por las carreteras de Francia. No era extraño cruzarse con él en un vagón del TGV durante uno de los largos desplazamientos del Tour. Le gustaba el ciclismo y no ocultaba su admiración por el campeón texano. Si sus compromisos cinematográficos se lo permitían, reservaba fechas en julio para estar cerca de su amigo. Era todo un personaje, que se movía entre las bambalinas de la ronda con más soltura que Alain Delon o Dustin Hoffman, otros destacados huéspedes de la carrera más «glamourosa» del mundo.
Williams ganó el Globo de Oro en 1993 por su magnífica interpretación en Señora Doubtfire. Era un padre ejemplar que, cuando su matrimonio con Sally Field hizo aguas, se transformó en institutriz para estar cerca de sus hijos sin que nadie lo sospechara. En 1993 Armstrong ganó el Mundial de Oslo. A partir de ahí, el cáncer, la victoria sobre la enfermedad y el otro milagro, los siete Tours consecutivos. Apetito insaciable de Johan Muehlegg y, cual «Juanito», cayó en su propia trampa al descubrirse la farsa sin que saltara la alarma en medio millar de controles. Lance, como Robin, tenía dos caras e interpretaba dos papeles: el del ciclista endiosado, poderoso y arrogante, y el del benefactor de aquellos enfermos de cáncer a quienes su fundación ayudó con tratamientos para ellos inalcanzables y con investigaciones esen-ciales para atajar el mal. El problema de esta Sra. Doubtfire II es que no era afable sino perversa, y la USADA lo demostró.