Historia

En casa de Chencho Arias por Martín Prieto

La Razón
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En el chalet de Inocencio Arias siempre encuentras alguna sorpresa interesante de la mano de Ludmila, la rusa buena, de nuestro gran diplomático. Una vez me topé con una llama abrevando en la piscina, regalo del antiplano americano a los Reyes o a un presidente cualquiera sea éste. El camélido no muerde ni patea pero cuando se enoja te escupe femeninamente un salivazo verdoso. Los conquistadores le trasmitieron la sífilis. Sobre la baranda del piso superior emergía una fotografía a tamaño natural de Butragueño que parecía clavarnos un gol a los huéspedes. Una de las veladas de los anfitriones la compartimos con Carlos Fuentes, impecable como el Embajador que fue en París, como un cosmopolita lustroso, siempre dispuesto a la política, a la cultura, a los hombres y a las mujeres. Nos angustiaba Fuentes con sus relaciones con la actriz francesa Jean Seberg, la chicuelina de «Al final de la escapada» junto a Jean Paul Belmondo, tan bien descrita por Jean Luc Godard que la retrató como la chica desamparada y desorientada que vendía por Paris el «International Herald Tribune». En amores con ella cuando era cónsul en Los Ángeles se horrorizaba en la cama porque tenía en su mesilla con la luz encendida grandes fotos enmarcadas de todos sus amantes y eso le provocaba a Fuentes estados de ansiedad e impotencia. Apareció en un coche estacionado en París. Los viandantes tardaron tres días en advertir que estaba muerta. ¿Sobredosis, suicidio o desesperación? Nunca conoceremos el secreto de la chica rubia y rapada. En otra ocasión departimos con Álvaro Mutis quien compaginó su excelente literatura con largas estancias en las cárceles mexicanas y colombianas por estafa a una línea aérea de la que era relaciones públicas. Pero eso ya es otra historia. Fuentes ha muerto provecto, regresando de Buenos Aires sin enfermedades previas, ni pasar por la humillación de los hospitales. La muerte de Artemio Cruz, aunque, me parece, que hubiera preferido la del Gringo Viejo.