Arco pasó el calvario

Calma tras la tormenta. No se escucha una palabra más alta que otra, artísticamente hablando. En vez de Arco XXX podríamos hablar del punto de partida, de año cero de la feria. Así lo sienten los galeristas. Los Príncipes inauguran la feria mañana.

Un Cristo negro: Es la atracción de la galería Álvaro Alcázar, una imagen que podría pasar por paso de Semana Santa. Su autor, el malagueño Carlos Aires
Un Cristo negro: Es la atracción de la galería Álvaro Alcázar, una imagen que podría pasar por paso de Semana Santa. Su autor, el malagueño Carlos Aires

Nueve mil metros cuadrados menos de espacio se notan. Como la ausencia de moqueta, que recalentaba zapato y pie como un martirio chino. Dos pabellones, el 8 y el 10, custodian el último arte contemporáneo nacional y extranjero. Bueno, y no tan último. Arco se ha concentrado en el año en que cumple treinta. Las galerías se han trasladado a Ifema con lo mejor de cada casa y cierran filas alrededor de su nuevo director, Carlos Urroz, viejo conocedor de los entresijos a quien casi le salieron los dientes entre los bastidores de las obras. El tono general y el lenguaje, al menos así se percibe a priori, han cambiado. Si 2010 fue el año de la tormenta, este mes de febrero se habla de optimismo, de ganas, de «vamos a ver qué pasa», de tranquilidad, de calma sin tensiones. Como la que proporciona, para abrir fuego en el itinerario del pabellón 8, una mariposa sutilísima, atrapada en un cristal delgado, imposible de levantar el vuelo, obra de Rebecca Horn y que custodian en Pelaires.

Dos colgados

El contraste lo marca un hombre pintado de blanco colgado de la pared de Bernardí Roig (con pieza pareja en Max Estrella). «Volver a donde debemos estar, en materia de arte y en cualquiera, resituarnos», dice Federico Pinya que debe ser el camino a seguir. Sutil y de una finura que impresiona las obras del cubano Carlos Garaicoa en Solo Project, plantas que se levantan como recortables en cartulina negra realizados sobre grabados del XIX francés. Parece que se fueran a tumbar por un soplode aire a pesar de estar dentro de una hornacina.

No muy lejos, Guillermo de Osma guarda como un tesoro un lienzo de Moholy-Nagy que desembala delante de nosotros. El bastidor tiene una y mil historias adheridas. Enfrente un Rivera del 56, Kurt Scwitters, Luis Fernández (una rareza en forma de óleo de los años 30).

Frente a este recogimiento, el gran formato de las obras que ha reunido Carlos Taché: un cuadro de Bosco Sordi en rojo sangre que parece terciopelo (en Álvaro Alcázar cuelga su hermano gemelo), un Campano con tres paneles de 2009; y Sean Scully, como si recibieras un «punch», te da la bienvenida desde la pared de enfrente. «Es impensable vivir sin arte. ¿Te imaginas una casa sin libros, sin fotografías en la que no se escuche música?», pregunta Taché mientras se acoda en una escalera para añadir que «estamos ante un gran espectáculo visual. Hemos apostado por la ilusión. No vamos a pasar de Arco».

El teléfono de Urroz

Urroz vuelve a salir a la palestra. Es el hombre del día. No muy lejos, ajeno pero seguro que sabiéndose observado, habla por teléfono mientras cuenta los minutos de descuento que faltan para que la maquinaria eche a andar. Los galeristas están de acuerdo con el espacio más reducido. Están los que deben, dicen, aunque se noten ausencias. «Quien no venga con ganas, mejor que se quede en casa», comenta desde uno de los stand.

Hay pintura en el pabellón 8, y mucha. Pequeño formato y cuadros inmensos, aunque la fotografía no falta. Es un espacio con poco riesgo. Buscar la pieza a la que disparar con una cámara sin titubeos, una imagen carne de titular no es tarea sencilla. Pero aparece al menos hasta dos veces: «Let's Get Lost» se lee en un neón que corona una escultura de Cristo casi de Semana Santa del malagueño Carlos Aires y está hecha, dicen en la galería, «como se hacen los pasos», aunque se haya pintado de negro con pintura de coche. La imagen tiene los brazos extendidos, pero no hay cruz que los sustente. Álvaro Alcázar explica una y otra vez que «el titular rehúye la polémica, es abierto. Dice "Perdámonos", pero es una invitación sin acotaciones.

No busquemos donde no hay». Y el Cristo te mira sin titubeos, clavando los ojos desde la pared donde descansa. Es un reclamo. Como lo es también la escultura de un niño, un boy scout, labrado en madera de tilo que te entrega un cinturón de madera y te mira con pupilas de madera desde el stand de Raquel Ponce (que no es de madera). «Para mis padres», lleva por título.

Interpretación libre, también. Su autor es Gehard De Metz. La obra ha viajado a Madrid en un camión desde Milán para ella solita. Por un lado la peana, por otro el niño. El festín de pintura continúa en la Marlborough con su abanico de artistas que va de Botero a Richard Estes, pasando por Francisco Leiro o la escultura del millón de dólares de Lipchitz. Antonio López es el reclamo: la galería vende el emblemático «Madrid desde Torres Blancas», vendido en subasta en 2008 por 1,74 millones de euros. «No tiene precio», nos dicen en la galería, aunque éste quizá pueda servir de orientación. Cuando se traspasa y se adentra uno en el pabellón contiguo, el 10, la cosa, el arte cambia. El espacio parece que se estira, aunque el arte no se encoge. Para minipiezas, las obras románticas de Jerónimo Elespe en Soledad Lorenzo, que merecen visita. Los mismo que las mini proyecciones de Tony Oursler en la misma galería a través de un móvil.

Helga de Alvear ha descargado con su grupo de habituales. Y muy cerca, pensativa, casi absorta, mirando desde lejos, como si estuviera fuera, la mujer de pelo rojo a quien se le ocurrió parir esta feria hace 30 años, Juana de Aizpuru: «Recuperamos todo aquello que dejamos en el camino. Recreemos el espíritu que nos animó a poner Arco en pie», comenta en voz baja, mientras recomienda una obra de Dora García, una serie de cinco fotografías por 10.000 euros.


El detalle: EL CIELO SOBRE BERLÍN
Cielo, tierra, agua, alfombras, animales de un zoo minúsculo, esculturas rosa chicle. Y una careta deliciosamente divertida tipo «Scary Movie». Lo de Berlín es porque la galería en cuestión, la más kitsch de todo Arco, es berlinesa. Se llama Mehdi Chouakri. Ayer a pasos de gigante limpiaba y se afanaban por tenerlo todo listo. Aunque quien sí hizo los deberes a tiempo fue Oliva Arauna, con un stand impoluto y sobrio donde reina Alfredo Jaar. Imprescindible la vista a la parisina Lelong y a Luis Adelantado, que regresa a Arco. «Es el año de la esperanza», dicen en sus dominios, mientras llama la atención una escultura femenina a pecho descubierto de Kimberly- Clark (sí, como los secamanos), llena de botellines y con un cajetilla arrugada a los pies. Sin cigarrillos, que lo de fumar...