Eurocopa

Una guerra de 80 años por César VIDAL

Las últimas elecciones han roto Bélgica y puede que sea definitvo
Las últimas elecciones han roto Bélgica y puede que sea definitvo

La guerra de los Ochenta años es la clave para comprender la configuración de la Europa atlántica y la de naciones como Bélgica, Holanda y Luxemburgo. Posiblemente, el conflicto comenzó a gestarse cuando Carlos I –nacido en Gante y criado en Flandes– abdicó en su hijo Felipe II en Bruselas. Mientras que Carlos podía dirigirse a sus súbditos en flamenco, Felipe desconocía la lengua. Era una mala situación porque Flandes permitía amenazar directamente a Inglaterra, cerrar el cerco sobre Francia y acceder a Alemania. A esa circunstancia se sumó el hecho de que una parte no pequeña de Flandes se sumara a la Reforma protestante. La cosmovisión del trabajo, la frugalidad y el espíritu de empresa de los flamencos casaban muy bien con la teología calvinista, pero chocaban con la visión imperial de España.Un Felipe II más flexible hacia la libertad de conciencia –como el francés Enrique IV– y más sensible a las cuestiones económicas hubiera podido evitar el conflicto. Por desgracia para España, tomó el camino opuesto. En medio de una fuerte crisis económica, el 5 de abril de 1566, la nobleza flamenca presentó a Margarita de Parma, gobernadora de los Países Bajos y hermana de Felipe II, una súplica para abolir la Inquisición y permitir la libertad religiosa.Felipe II no estaba dispuesto a ceder en esas cuestiones y, para colmo de males, en agosto de 1566, tuvo lugar una subida del precio de los alimentos que derivó en una revuelta con ribetes iconoclastas. Como respuesta, Felipe II envió a Fernando Álvarez de Toledo, duque de Alba. Éste implantó el famoso tribunal de los tumultos que procedió a la ejecución de centenares de flamencos. En 1568 incluso, procedió a ejecutar en la Gran Plaza de Bruselas a Egmont y Horn, dos nobles que habían prestado servicios relevantes a España. Para colmo de males, el duque de Alba, en plena crisis económica, impuso a los flamencos que pagaran el ejército enviado a reprimirlos. No sorprende que el príncipe Guillermo de Orange, un noble muy querido por Carlos V, se lanzara a la rebelión. El 23 de mayo de 1568, la victoria flamenca de Heiligerlee sobre las tropas españolas dio inicio a la guerra de los ochenta años. La victoria española de Jemmingen neutralizó esa primera derrota y quizá todo hubiera concluido favorablemente si Felipe II hubiera accedido a viajar a Flandes como soberano clemente. No lo hizo y en 1572, volvió a iniciarse la rebelión flamenca. Durante los años siguientes Luis de Requesens, Juan de Austria y Alejandro Farnesio fracasarían en el intento de mantener Flandes bajo dominio español. Fronteras religiosasA esas alturas, el conflicto regional se había convertido en guerra mundial en la que se enfrentaban con Felipe II la Inglaterra protestante y los rebeldes flamencos sobre el trasfondo de la guerra civil francesa. Durante la última década del siglo XVI, los holandeses sumaron triunfo tras triunfo hasta el punto de que Felipe II juzgó conveniente desprenderse de los Países Bajos. Al fallecer, dejó como herederos de los Países Bajos a su hija Isabel Clara Eugenia y a Alberto de Austria, aunque, en realidad, su dominio se limitaba al sur católico, es decir, la actual Bélgica. Un Felipe III más realista que su padre concluyó en 1609 la Tregua de los Doce años con los holandeses. España restauró las hostilidades en 1622, pero las fronteras ya estaban fijadas por razones religiosas y no lingüísticas o nacionales. Los Países Bajos católicos –hablaran francés o flamenco– no pudieron ser absorbidos por la Holanda protestante y republicana. Para cuando se llegó a esa conclusión con el Tratado de Münster en 1648, España había dejado de ser una potencia hegemónica y Holanda se había convertido en una potencia internacional. La futura Bélgica era un híbrido unido por la religión. Cuando el peso del catolicismo comenzó a reducirse a causa de la secularización, los lazos que unían entre sí a los belgas también empezaron a debilitarse. El futuro, desde luego, no está escrito.