Fernández Flórez el humorista compasivo

«Tragedias de la vida vulgar» recupera la triste mirada sobre el alma humana de este autor universal, un conservador puro que se negó a comulgar con el izquierdismo. Tamaña afrenta aún no se le ha perdonado.

Fernández Flórez, el humorista compasivo
Fernández Flórez, el humorista compasivo

Mucha gente recuerda a Wenceslao Fernández-Flórez (1885-1864) por las adaptaciones al cine de algunas de sus novelas. «El bosque animado», dirigida por José Luis Cuerda, recreó una peculiar sensibilidad ante la naturaleza, sorprendente en un escritor tan urbano y cultivado como él. Edgar Neville dirigió una adaptación de «El malvado Carabel», vuelta a adaptar para el cine, años más tarde, por Fernando Fernán Gómez. El actor hizo una interpretación memorable del protagonista, un hombre que no podía traicionar su naturaleza y debía seguir siendo bueno a pesar de su decidida intención de no serlo. Fernández-Flórez contó en «Una isla en el mar Rojo» su dramática estancia en una embajada extranjera en el Madrid del Frente Popular, durante la Guerra Civil. Nunca se le ha perdonado tamaña afrenta a la «memoria histórica» y, como muchos autores de su generación que se negaron a comulgar con el izquierdismo, ha pagado muy caro aquella inclinación más cultural que estrictamente política. En realidad, Fernández-Flórez fue un conservador puro, sensible a la tradición y a la complejidad de una realidad ajena a cualquier simplificación ideológica.

Como muchos otros, entre ellos Azorín, fue en su tiempo seguidor de Antonio Maura. Hay quien recuerda sus crónicas parlamentarias, recogidas en «Acotaciones de un oyente» (1916) un título célebre por entonces. Fernández-Flórez cultivó con finura, un poco a lo Julio Camba, el artículo político. También fue un excelente ensayista y un gran prologuista, como recuerda Fernando Iwasaki en sus palabras preliminares al volumen de relatos y cuentos que ahora se publica. «Tragedias de la vida vulgar» que acaba de editar, con su cuidado ya habitual, Ediciones 98.

El volumen, subtitulado «Cuentos tristes», contiene veinte relatos, casi todos muy breves, que giran alrededor de las frustraciones, las tristezas, las promesas sin cumplir de personajes cotidianos, casi triviales. En «La quiebra de la casa Rorís» una mujer que ha soñado toda su vida con abrir un comercio queda arruinada al no saber reconocer un billete falso.


Una porción de chocolate
En «La voz de la sangre», un hombre frustrado, entrado en años, no tendrá ni siquiera la fuerza de dar a su hija, a la que acaba de conocer y que le ha decepcionado, el dinero con el que le pensaba ayudar ahora que esta se marcha a Cuba a trabajar. «La onza de chocolate» cuenta los efectos que en Lucía, una niña ingenua, tienen las mentiras de la malvada Carlota, una compañera que se divierte engañándola y aprovechándose de su inocencia. En «El padre», Don Pedro, consciente de su pobreza, no se atreve a pedir explicaciones al novio rico de su hija, que la acaba de abandonar y se dispone a marcharse a San Sebastián de vacaciones.

En su mayor parte, los relatos recogidos exploran una zona muy peculiar del alma humana. Aquí la ingenuidad se mezcla con la timidez y el apocamiento. Juntos, llegan a rozar la cobardía, en algunos casos, y en otros la falta de escrúpulos morales.

Aun así, Fernández-Flórez no maltrata a estas almas pequeñas, absortas en unas desgracias a su medida, y que serían sórdidas si no estuvieran tratadas con una peculiar delicadeza. La protagonista de «Soina» una criada gallega en Madrid que abandona a sus señores harta de los maltratos a los que la someten, no le reprocha a su único amigo que no le proponga matrimonio, como ella habría deseado. Ninguno de los personajes de estos cuentos se rebelará nunca contra las desgracias que le afligen. De la misma manera, y con la misma fatalidad, aceptan lo que el mundo tiene en ocasiones de revelación sobrenatural. En esta atmósfera de blanda resignación, de aceptación de las reglas de un mundo inabordable, radicalmente ajeno a la voluntad de quienes lo pueblan, la pluma de Fernández-Flórez se desliza de la estampa engañosamente costumbrista al relato de terror, poblado por fantasmas y trasgos, algunos de ellos de la más pura estirpe galaica. Así ocurre en «La fría mano del misterio (Historia de pesadilla)», de inspiración próxima a algunos cuentos de terror de Maupassant, y en «El miedo». En su prólogo a esta recopilación de relatos, el propio Fernández-Flórez recuerda que el humorista no es un payaso, sino «un hombre perfectamente serio, que trata con toda seriedad asuntos serios». Los asuntos tratados en este volumen de relatos son muy poco humorísticos, pero iluminan esta faceta de su obra, probablemente la más recordada de su autor. Como es sabido, Fernández-Flórez pertenece a esa generación de humoristas geniales, entre ellos Gómez de la Serna y Jardiel Poncela, que contradicen con su sola existencia todas las tonterías que se han vertido acerca del atraso de la cultura española. Fernández-Flórez comparte con ellos el gusto por el humor inteligente y disparatado.


El humorista
El protagonista de su novela «Visiones de neurastenia», una novela de 1924, cuenta en primera persona su encuentro con un hombre aún más neurasténico que él cuando iba sentado en el tranvía, él mismo «leyendo un periódico colocado al revés» y el otro «gesticulando y hablando solo».

En Fernández-Flórez, sin embargo, el humor tiene una dimensión moral, satírica, en la que él mismo insistió en su discurso de ingreso en la Real Academia, que versó sobre el humor en la literatura española. Además, este humor va teñido de respeto y de ternura hacia sus creaciones, nunca del todo ajenas al artista. Esa misma ternura es la emoción predominante en estos relatos, escritos con una prosa sobria y limpia. Para Fernando Iwasaki, excelente especialista, constituyen «el mejor libro de relatos español».



El detalle
Un hombre apasionado por las letras
Nació el 11 de febrero de 1885 en La Coruña, aunque también se señala otra fecha más temprana, 1879. Era el hijo mayor del matrimonio formado por Wenceslao Fernández y Florentina López. En el año 1910 murió su padre y el joven, un adolescente, se vio abocado a abadonar sus estudios para ayudar a la familia. Los tiempos apretaban y era necesario buscar el sustento familiar con un empleo. No tardó mucho en conseguirlo en la redacción de un periódico, «La Mañana». Posteriormente sus artículos aparecerían en publicaciones como «El Heraldo de Galicia», «Tierra Gallega» «Diario de La Coruña», «Diario Ferrolano», del que fue director, y «El Noroeste». Más tardé emprendería el camino hacia Madrid, donde trabajó en la Dirección General de Aduanas; sin emabrgo, era un trabajo demasiado rutinario para un hombre inquieto como Fernández Flórez. recalaría, entonces, en las redacciones de importantes diarios nacionales. Su talenta LIberal y conservador, le llevó a entablar una amistad sólida con Castelao. De él ilustró algunas de sus obras y se mostró preocupado por la situación social gallega, así como (ahí fue un avanzado a su tiempo) por la defensa del ámbito ecológico rural. En 1934 fue elegido miembro de la RAE.