Barcelona

La ofensa por Alfonso Ussía

La Razón
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Cuando una decisión ofende públicamente a varias personas, a un grupo, la ofensa se diluye. Cuando la ofendida es una mujer, y además disciplinada y obligada a responder con una sonrisa a la ofensa, el agravio multiplica su gravedad. Exiliar a la Infanta Elena de la tribuna Real en el desfile del 12 de octubre ha ofendido indirectamente a cuantos creemos que la Infanta destribunada reúne en su persona todo lo bueno y ejemplar que debe sintetizarse en una Infanta de España. Cabía. Claro que cabía. Había muchos espacios para ocupar a espaldas de los Reyes. Su presencia no restaba protagonismo a nadie. Presencia de costumbre, por cuanto ha estado ahí en todos los desfiles celebrados durante el reinado de su padre. De golpe, en un año, la privan de una de las pocas dignidades institucionales que cumple con aprobación unánime.
Si la decisión de ubicarla en la tribuna de los políticos fue adoptada para no distraer la atención de la gente de otras personas Reales, el objetivo no se cumplió. Todas las miradas se centraron en ella, en su nuevo sitio, junto al secretario general del PSOE y líder de la Oposición, Alfredo Pérez Rubalcaba. Si la decisión se sostuvo en la necesidad de evitar comparaciones con su hermana, la Infanta Cristina, la decisión no se sostiene. La Infanta Cristina ha aceptado, y creo que con gran lealtad hacia su marido, el papel de la evaporación pública. Podía haberse presentado sin Iñaki Urdangarín, pero ha preferido renunciar a su protagonismo institucional en beneficio del padre de sus hijos. La Infanta Elena no está sometida a ese tipo de dilemas. Y es la hija mayor de los Reyes. Y a las preguntas de los periodistas, sin darle importancia a la antiestética de su desplazamiento, ha respondido que «este momento tenía que llegar». Pues ha llegado tarde y mal. El pueblo no es protocolario, pero nada tiene de tonto, y ha interpretado el gesto como un castigo indirecto por una falta cometida por otra persona. Además, que se equivocan los que la han desplazado. La Infanta Elena cae bien porque es una españolaza sin fingimiento ni sobreactuación. Ha heredado el carisma de «La Chata», aunque no tenga a un poeta como Rafael Duyos para que le escriba un romance. Tengo su imagen, bajando en soledad por la calle de Juan Bravo hacia la Castellana, envuelta en la Bandera de España, para formar parte de la muchedumbre que recibió a la Selección vencedora del Mundial de fútbol. Es una Infanta de Cibeles y de Neptuno, de calle paseada, de toros y caballos. Forofa colchonera. Con el Rey, la persona de la Familia Real que más ha ayudado con su afición y su presencia a la Fiesta Nacional. Como amazona y taurina sale a su abuela, Doña María. Por lo demás, vive en la discreción de la más estricta intimidad. Se ha lamido sus heridas y ha tragado sapos y culebras manteniendo la estética de lo ejemplar. Tiene un mal pronto, eso sí, que se suaviza rápidamente, pero eso también es heredado de su padre y de su abuelo, el Conde de Barcelona. No tiene sentido que si la Familia Real que acude a una acontecimiento de la importancia del desfile del 12 octubre está compuesta por cinco personas, a la tribuna accedan sólo cuatro y dejen a la quinta en una localidad de gallinero.
La Infanta no puede mentir en su edad. Nació en diciembre de 1963. Está a punto de cumplir los 49 años. Una edad muy rara y caprichosa para que le llegue el momento que «tenía que llegar», y que en mi opinión, no tenía que haber llegado. Un desplazamiento chocante y extraño. Una ofensa gratuita. Cabía perfectamente en la tribuna Real, porque es una Infanta de España y lo demuestra con su ejemplaridad.