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Moscú

1939 Madrid cayó de un golpe

Fotografía tomada el 28 de febrero de 1939. Los madrileños saludan a las tropas de Franco. Al final, la capital de España se rindió sin lucha
Fotografía tomada el 28 de febrero de 1939. Los madrileños saludan a las tropas de Franco. Al final, la capital de España se rindió sin luchalarazon

MADRID- Hacía ya dos semanas que, prácticamente, no se combatía. Sólo bombardeos esporádicos y escasos encuentros de patrullas a lo largo de las líneas del frente. Medio millón de soldados republicanos velaban armas, pero venteando ya que el momento de arrojarlas estaba cerca. Y, sin embargo, esa mañana del 6 de marzo de 1939 estalló el fuego de ametralladoras y el cañoneo a lo largo y ancho de Madrid. Ante los atónitos ojos de sus habitantes, los hasta entonces compañeros de armas, comunistas, anarquistas y socialistas, se batían a muerte...En realidad, la guerra podía darse por terminada una vez que las tropas de Franco ocuparon Cataluña. Había sido una campaña relámpago. En apenas un mes, la defensa republicana se había trasmutado en largas filas de fugitivos, camino de la frontera. El enorme error estratégico de Vicente Rojo, planteando en el Ebro una batalla que no podía ganar, acababa de pasar la factura. El presidente de la República, Manuel Azaña; el de las Cortes, Martínez Barrio, y el jefe del Ejército, Rojo, decidieron quedarse en Francia. Sí volvió Juan Negrín con un Gobierno minado por las deserciones. Antorcha de liberaciónLa guerra estaba perdida y ya sólo se trataba de salvar de las inevitables represalias del vencedor al mayor número posible de gente. Todo lo demás, es retórica. La misma Dolores Ibarruri, la Pasionaria, que el 11 de febrero arengaba a las masas en Madrid: «España será la antorcha que ilumine el camino de liberación de los pueblos sometidos al fascismo»; ocupaba el 6 de marzo un asiento contiguo al de Alberti en el avión que les llevó al exilio. Antes, había despegado otro aparato con Negrín y los restos de su Gobierno a bordo. La República se esfumaba con tintes de ópera bufa, antes de dar paso a la siguiente tragedia.La génesis del golpe de Estado del coronel Segismundo Casado, jefe del Ejército de Centro, no hay que buscarla en la traición, aunque técnicamente lo fuera, ni en la cobardía. No era el único oficial republicano que había evolucionado hacia el anticomunismo. Sus primeros contactos con los espías de Franco en Madrid comenzaron a finales de 1938, con el objetivo de arreglar un final sin represalias. La justificación intelectual, de la que también participaba Julian Besteiro, el gran líder socialista preteritado, cargaba toda la responsabilidad de la tragedia española sobre los comunistas, los bolcheviques. Y de ahí, se pasó a la idea de que, convirtiendo al PCE en ofrenda propiciatoria a Franco, se podría salvar al resto. La entelequia, ingenua, tenía por aquellas fechas muchos seguidores en la España republicana. Los comunistas no sólo se habían hecho antipáticos por su tendencia a ocupar todos los resortes del poder, sino que, y esto era lo más grave, parecían dispuestos a prolongar la carnicería hasta sus últimas consecuencias. No era así, pero los españoles de entonces, hartos de guerra, no tenían acceso a los documentos secretos descubiertos casi un siglo después en los archivos de Moscú.Las razones aducidas fueron, pues, casi las mismas que las de los sublevados de 1936: el peligro bolchevique amenazaba a España. Y Casado, con el socialista Besteiro y el general Miaja; con los anarquistas de Cipriano Mera y los burgueses de Izquierda Republicana; pero, sobre todo, con la adhesión de los principales jefes militares, dio un golpe de Estado el 5 de marzo, destituyó al Gobierno de Negrín, que se dio a la fuga con alivio indisimulado, y se puso con entusiasmo a la tarea de detener comunistas, cerrar sus periódicos y clausurar sus sedes.La respuesta es «No»A la dirección del Partido Comunista, el golpe le vino como agua de mayo. Tenían la guerra perdida, sus antiguos compañeros les miraban mal y el gran jefe, Stalin, aislado tras el pacto de Múnich, no estaba por la labor de prolongar la guerra. Así que, tras la retórica pregunta de «si creían que el Partido había desaprovechado alguna ocasión de tomar el poder», a la que respondieron con un «No», se dedicaron a organizar la evacuación de sus cuadros dirigentes, dejando la responsabilidad del final de la guerra en manos de la Junta de Casado. Hay que atribuir a las malas comunicaciones de aquellos momentos el que los mandos comunistas de Madrid no se enteraran de la hábil finta. De hecho, tampoco sabían que el propio Negrín se había largado. El comandante Ascanio y el coronel Luis Barceló tildaron el golpe de «faccioso» y desplegaron los batallones comunistas. Frente a ellos, carabineros y guardias de asalto. Tomaron enseguida la «Posición Jaca», en la Alameda de Osuna, que era el puesto de mando de Casado en Madrid, y avanzaron hacia los Nuevos Ministerios. Los combates les eran favorables y, pronto, los casadistas se vieron rodeados en Cibeles-Antón Martín-Plaza de Oriente. Pero hacia el día 8 de marzo comenzaron a llegar refuerzos anarquistas. El 10, los hombres de Cipriano Mera recuperan la «Posición Jaca». La lucha fue inmisericorde y ambos bandos asesinaron prisioneros. Entre ellos, tres coroneles del Estado Mayor de Casado: Pérez Gazolo, López Otero y Fernández Urbano; fusilados en El Pardo por orden de Barceló, que los consideró traidores y fascistas. Poco a poco fueron llegando noticias de lo sucedido en el resto de la España republicana y, lo más importante, de los acuerdos adoptados por el PCE. Barceló y Ascanio pactaron una tregua, la lucha se detuvo y se contaron los muertos: unos 2.000. Barceló, que el 18 de julio de 1936 había sido uno de los hombres clave en la derrota del Alzamiento en Madrid, sería fusilado en las tapias del cementerio de la Almudena. Con él, Conesa, su comisario político en el Regimiento. Los que pedían una rendición sin represalias, no se habían privado de ejecutar las suyas. Al otro jefe comunista, Ascasio, se lo entregarían a Franco, en Valencia, para que lo fusilara él.Poco quedaba ya por hacer. Las negociaciones de la rendición fracasaron. Franco la exigió incondicional. Tras unas semanas de conversaciones imposibles, se dio la orden para la ofensiva final. No hubo combates. «Los soldados confraternizan en tierra de nadie. Algunos beben con el enemigo y cantan», rezan los partes del frente llegados esos últimos días de marzo a Madrid.Pero, en las carreteras, hacia Alicante, una riada de fugitivos trata de abandonar España. Sólo unos pocos privilegiados lo conseguirán. Casado, entre ellos.