Columna rígida: los fármacos biológicos reducen un 60% las prótesis de cadera

De los 180.000 españoles que sufren espondilitis anquilosante, un tercio no responde al arsenal terapéutico clásico y ha de recurrir a los nuevos tratamientos. Éstos permiten evitar las cirugías y proporcionan una mayor calidad de vida a los pacientes 

Resulta difícil de imaginar qué ocurriría si la columna, la cadena de 33 vértebras de la columna se solidificasen y formasen un sólo hueso. ¿Qué pasaría? ¿Cómo podría vivir alguien sin apenas movilidad en el tronco? Cualquiera de los cerca de 180.000 españoles que viven con una «sola vértebra» puede responder a estas cuestiones. El culpable de ello es la espondilitis anquilosante (EA), una enfermedad inflamatoria crónica del esqueleto que poco a poco limita el día a día de los pacientes.
Todo empieza con un lumbago, un extraño dolor que sólo desaparece cuando el enfermo realiza cualquier actividad que no sea el reposo. «El diagnóstico de espondilitis anquilosante se sospecha por determinados síntomas, como son el dolor en la zona de las nalgas o en la columna vertebral. Suele ser nocturno y acompañarse de rigidez por las mañanas al levantarse. A veces la espondilitis debuta con inflamación en una articulación como rodilla o tobillo», asegura Juan Mulero Mendoza, jefe del Servicio de Reumatología Hospital Puerta de Hierro de Majadahonda en Madrid.
La gran revolución llega de la mano de los medicamentos biológicos, como explica Eugenio De Miguel, médico adjunto del Servicio de Reumatología del Hospital Universitario de La Paz de Madrid, «bien seleccionados los pacientes, los resultados son muy buenos. Con este tipo de fármacos hemos visto una reducción del número de cirugías de cadera hasta un 60 por ciento. Eso además repercute en la calidad de vida de los pacientes».

Candidatos
Si bien es cierto que sólo pueden recurrir a ella aquellos pacientes en los que ha fallado el arsenal terapéutico de antiinflmatorios no esteroideos (AINEs) y en los que la patología ha progresado de forma agressiva. «Estaríamos hablando entre un ocho y un dieciséis por ciento de los enfermos», apunta De Miguel. Pese al coste económico que suponen, los expertos apuesta por ellos, ya que los beneficios se reflejan en menos bajas laborales e incapacidades. «Llevo un años sin hacer este tipo de informes», añade De Miguel.
Poco se sabe de su origen. Una etiología que los expertos atribuyen a la genética, que modifica y altera a su antojo las condiciones óseas del paciente. Así pues, en el momento del diagnóstico, ante las dudas que pueden mostrar las pruebas de imagen, se analiza el ADN. «La confirmación del diagnóstico se lleva a cabo con radiografías de las articulaciones sacroilíacas que están localizadas en la parte de atrás de la pelvis y que muestran secuelas de inflamación (llamada sacroileitis). El problema es que las alteraciones en las radiografías tardan años en aparecer, por lo que no sirven para el diagnóstico precoz. Para este fin recientemente se ha definido que es recomendable recurrir a la resonancia magnética de las articulaciones sacroilíacas en la que se ve la inflamación, aunque la radiografía sea normal, y a la determinación en la analítica de un marcador genético llamado HLA B27», explica Mulero.

«Esperanza»
Todos estos avances se recogen en un programa de la Sociedad Española de Reumatología (SER) denominado «ESPeranza», coordinado por Eduardo Collantes. «Con los nuevos criterios podemos adelantarnos hasta un año antes de la evolución de la patología y hemos involucrado a muchos especialistas, ya que el tratamiento de la espondilitis exige un abordaje multidisciplinar, incluido el médico de Atención Primaria, ya que hay muchas coomorbilidades», manifiesta Collantes. Complicaciones como uveítis, enfermedades intestinales o psoriasis hacen necesaria la implicación de más profesionales en la terapéutica de los pacientes.
Otro proyecto de la SER, «Escuela de Espondilitis», como iniciativa del Grupo Español para el Estudio de las Espondiloartritis (Gresser), ha servido para respaldar un estudio que se publicará en breve en una revista científica, que demuestra las bondades de la rehabilitación y que las rutinas de ejercicios tienen importantes beneficios sobre los pacientes. «A través de este proyecto certificamos que las personas que seguían los ejercicios tanto en casa como en la piscina, mejoraban su condición física de forma notable, respecto a los que no ponían en práctica los consejos que remitíamos», explica Francesc Xavier Juanola, jefe del Servicio de Reumatología del Hospital de Bellvitge en Barcelona y portavoz de la SER.
 

La importancia de la huella genética
Esta enfermedad inflamatoria tiene una importante carga genética. «El principal factor de susceptibilidad genética es, con mucho, el antígeno de histocompatibilidad HLA-B27. Aproximadamente el 90 por ciento de los pacientes de EA son B27-positivos, aunque la frecuencia de este antígeno en la población general es entre el cuatro y el ocho por ciento en Europa», explica José Antonio López de Castro, profesor de investigación del CSIC y del Centro de Biología Molecular Severo Ochoa de Madrid. Sin embargo, el HLA-B27 no es el único protagonista. Como apunta López de Castro, «Llos estudios genéticos han detectado dos importantes genes de susceptibilidad: ERAP-1 (endoplasmic reticulum amino peptidase-1) e IL23R (interleukin 23 receptor)». En este sentido, los investigadores trabajan para encontrar respuestas que ayuden en el tratamiento de la enfermedad. «Comprender los mecanismos moleculares de neoformación ósea en EA y, en particular, la base molecular y pato-fisiológica entre la inflamación y la osteogénesis es clave para desentrañar el mecanismo de la enfermedad y para diseñar una terapéutica curativa o, al menos, capaz de detener y controlar el daño estructural óseo», añade López de Castro.