Todas las letras de Barceló

Lleva, según sus cuentas, «veinte años sin pasar un invierno en Europa». A Miquel Barceló se le podía encontrar en Mali, el Himalaya o Kachemira, pero no en la isla de Palma. «Me interesa reflejar la relación de lo local con lo universal», dijo ayer el artista en la presentación del número 19 de la revista «Matador» (La Fábrica) que ha dirigido como un catálogo de sus obsesiones y una puerta a su mundo, en el que hay amigos y cefalópodos.

La primera imagen que eligió no es una obra de arte, pero tiene denominación de origen, como le gustan las cosas. Son fotografías de la sobrasada que amasa él mismo y que deja madurar en su casa. Una parte de la tierra, como ese arte orgánico que le interesa, pero a partir de ahí, no todas su referencias son tan evidentes. «Me importan mucho los textos. Cuando me pidieron hacer el número quería que fuera una revista de fotografía que se tuviera que leer, porque para mí la poesía está muy relacionada con mi trabajo, y con mi deseo de ir de Felanitx (Mallorca) a Rusia o Georgia (EE UU)», explicó.

Ferlosio, Gimferrer, Manguel

Barceló eligió los textos y pensó en Sánchez Ferlosio, que escribe el primero, aunque no fue fácil. «No había manera de que escribiera», reconoce Alberto Anaut, editor de la revista, con el que Barceló mantuvo algunas discusiones. «Decía que el cuerpo de la letra era pequeño, que era como si diera vergüenza incluir los textos». Junto a Ferlosio, tienen cabida un poema inédito de Gimferrer y fragmentos de Safran Foer, Jonathan Franzen, Jaime Rosales y Alberto Manguel. La numeración alfabética que le correspondía al monográfico es la «N» y Barceló asumió el juego eligiendo a Napoleón, Nemo o Nosferatu como temática de los textos. Para explicar esa inspiración literaria que no había contado antes, Barceló se defendió: «Trabajo con la tierra pero me lavo las manos antes de leer». «Tengo mucho que ver con algunas de las obras que se incluyen, como las de Wirkkala y Sarpaneva», que en los años 50 creaban formas en cristal parecidas a moluscos, «pero sólo tangencialmente, lo literario me parece más excitante –dijo–. Mi relación con los poetas es determinante», aseguró.

Las referencias elegidas por Barceló desbordan lo previsible e incluyen al torero Luis Francisco Esplá, al pintor mallorquín Rafael Joan («hay mucha gente de mi pueblo», decía riéndose) o Ivan Aivazovsky, un pintor ucraniano del XIX del que incluye naufragios pintados al óleo. Hay amigos y familiares en un homenaje íntimo. También Josef Nadj, Mike Bidlo, el gran falsificador y Edison Simons, poeta bohemio y vividor neoyorquino, del que se publica un cuaderno con obra inédita, impresa con tinta mezclada con sus cenizas heredadas por Barceló tras su muerte.

En el collage caben los bodegones de Luis Meléndez, que en el siglo XVIII sufrió la decepción de no ser admitido como pintor de la corte y en un gesto de desesperación «marcaba los lienzos con muescas como si fuera el revólver de Billy el Niño», y el primer estudio sobre las termitas, de Henri Smeathman, del mismo siglo: «Las termitas se comían mis telas cuando trabajaba en Mali y me ayudaban a trabajar».

Para Barceló, la selección «no me define comol artista, ni marca principios ideológicos ni nada parecido. Definen el tiempo que vivo ahora, nada más». En la actualidad, trabaja en un proyecto grande «que será la exposición de un cuadro de gran tamaño en un teatro», que, aclaró, no será escenografía de ninguna representación, sino que ese será el lugar donde se expondrá, como una especie de «acción única». También desde hace poco entrega dibujos a su madre, que los cose en manteles. Pero no se van a vender ni nada parecido.

Para cerrar el número de «Matador», Isaki Lacuesta (amigo de Barceló con el que ha trabajado en «Paso Doble») entra en el matadero de Salt (Girona), el pueblo con más porcentaje de población marroquí de España y en el que el imam de la mezquita ha recibido acusaciones de fomentar la yihad. Después de ocho minutos de descuartizamiento de animales, Lacuesta avisa: «Esto no es una metáfora. Es nuestra comida».


Egipto iba a ser lo próximo
En la obra del artista mallorquín, África ha ocupado un lugar central. El trabajo de la arcilla y otras técnicas que aprendió en Mali, los ahumados, o los retratos en los que desgastaba papel negro con lejía, han tenido su ensayo africano, y las imágenes de ese mundo viajaron con él a su habitación de París que inundó de retratos, especialmente de mujeres. Ahora iba a viajar con sus hijos a El Cairo (Egipto) para ver uno «de los museos que más me gustan del mundo». Tenía los billetes y los tuvo que cancelar. «Pero la situación de miseria extrema de Egipto era intolerable», dice. «Es muy interesante y bueno lo que está pasando. Y también el efecto dominó que se puede producir», afirmó.