Debates a cara de perro

Mañana se celebra el cara a cara entre Rajoy y Rubalcaba, la cita más esperada de la campaña, un enfrentamiento dialéctico en el que no sólo se medirán los programas, sino cada gesto. Pero, ¿tan decisivos son en el resultado electoral?

McCain contra obama. El veterano republicano no pudo hacer nada frente al carisma del candidato demócrata: la cámara captó un mal gesto, pero fue divertido. Era el 15 de octubre de 2008
McCain contra obama. El veterano republicano no pudo hacer nada frente al carisma del candidato demócrata: la cámara captó un mal gesto, pero fue divertido. Era el 15 de octubre de 2008

Lo más importante en los asuntos de gobierno y política es no aburrir a la gente». La frase la pronunció el vicepresidente de Estados Unidos, Richard Nixon, en agosto de 1960. Unos días después, sin embargo, demostró no haberse aplicado su propia medicina. Su fracaso estrepitoso ante el atractivo candidato demócrata, John Fitzgerald Kennedy, durante el primer debate presidencial televisado de la historia, fue decisivo para el giro político del Gobierno norteamericano. Además, inauguró una nueva fórmula mágica para alcanzar el poder: la imagen.

Era 26 de septiembre de 1960. Chicago. 19:30. El vicepresidente Nixon bajó de su flamante vehículo y se dio un golpe con la puerta del coche en la pierna. Le habían operado de la rodilla hacía unas semanas. El dolor era evidente en su cara, pero el político republicano saludó, como pudo, a la gente que lo esperaba. Dentro ya, Kennedy mostraba un rostro sano, agradable y empático. Un grupo de reporteros se había trasladado a la residencia de la familia, donde su esposa, Jacqueline celebraba una «listening party», una fiesta para escuchar a su marido. La esposa de Nixon, sin embargo, no había llamado a la Prensa. Veía el debate con sus hermanas. Perdieron puntos. Principio del drama.

Más fácil perder que ganar
En los encuentros en directo, según los expertos en comunicación, todo cuenta: el gesto, la corbata, la expresión facial, la mirada, la postura ... «Es más fácil perder un debate que ganarlo. Es una situación de alto riesgo porque, con solo un error, un imprevisto, se puede perder el pulso», explica desde Boston Alan Schroeder, profesor de Periodismo, columnista en «The New York Times» y autor de «Presidential Debates: 50 Years of High-Risk TV, en 2008». Los trucos para este apasionado de los debates, que se ha recorrido medio mundo para verlos en directo, son calma, confianza, comodidad ante las cámaras y respeto al oponente. «La presión es alta, claro, pero más presión es gobernar un país, así que los debatientes deben saber soportarla», añade Schroeder, quien a su vez lamenta el formato hermético de España. «El moderador, Manuel Campo Vidal, sólo presenta los temas y no puede salirse del guión. Eso no es bueno para la calidad dialéctica. Quizás alguno de los candidatos formule una pregunta directa al otro y así se anima la cosa», bromea el también columnista de «The Huffington Post» o «The Boston Globe».

Con Kennedy y Nixon se inauguró un formato en el que el ciudadano podía comparar a los dos candidatos a la vez. Un hito en aquel momento. «Todo cambió a partir de aquí», afirma Schroeder. Después, en 1975, Gerald Ford, por detrás de Jimmy Carter en las encuestas, retó a su oponente a un «face-to-face». Fue entonces cuando Ford sentenció: «Los americanos tienen derecho al debate, a saber dónde estamos posicionados».

Desde entonces, los encuentros presidenciales se han sucedido, de una forma u otra, como parte esencial de la democracia. Otro gran encuentro lo protagonizaron Carter y Reagan en 1980. «Fue sólo una semana antes de las elecciones», explica Schroeder, «sin tiempo para Carter, el gran perdedor, para recuperarse». Jimmy Carter consideraba a Reagan «intelectualmente inferior». Por eso quería una serie larga de debates televisados, para pillarle en algún renuncio. «Como le ocurrió a Nixon, se equivocó al pensar que la sustancia pesaría más que la imagen», agrega. El presidente no tuvo en cuenta la experiencia del actor de Hollywood ante las cámaras. Ni tampoco su telegenia, que conectaba con el público al instante. Finalmente, fue uno de los duelos más recordados. Reagan, el campeón, lo supo. Su comodidad bajo los focos dejó «ko» a un impecable Carter, más serio, un tanto gris. Tras el encuentro, cuando le preguntaron a Reagan sobre sus posibles nervios al medirse con el mismísimo presidente de Estados Unidos, el actor remató la faena con humor. «En absoluto. Yo he compartido escenas con John Wayne».

Sentido para los que escuchan
«El lenguaje debe ser sencillo, con elementos comunes, que todos entendamos», explica desde Roma Yago de Marta, prestigioso preparador de directivos y candidatos políticos. En su artículo «Cómo se ganan debates», asegura que lo importante es que las palabras «tengan sentido en la vida de los que escuchan», que se sientan identificados o entendidos. En la actualidad, más de 80 países celebran debates en directo. En Estados Unidos, se negocian entre 30 o 40 en primarias. Después hay una serie de tres entre los candidatos presidenciales y uno más entre los que optan a la vicepresidencia. Las cuotas televisivas son impresionantes. También ocurrió en España, con una tradición casi nula. El último duelo televisivo entre Mariano Rajoy y José Luis Rodríguez Zapatero, en 2008, sumó 13 millones de espectadores.

Otro de los reyes del tv-show político fue Bill Clinton. Sus intervenciones fueron siempre de un talento oratorio casi comparable al del actual presidente de Estados Unidos, Barack Obama. Clinton, cuentan los expertos, tenía estudiados hasta los gestos faciales. Fuera de Estados Unidos, los analistas destacan al presidente de la república francesa, Nicolas Sarkozy («dejó muy atrás a la socialista Ségolène Royal en 2007»), o el liberal Nick Clegg, en Reino Unido. «Fue fantástico, muy espontáneo, con mucha chispa», recuerda Schroeder, que lo vio en vivo. También se desplazó a Latinoamérica, de donde destaca al mexicano Vicente Fox y, recientemente, al «curioso» Ollanta Umala, actual presidente de Perú, «que supo ganarse al pueblo».

También ha habido meteduras de pata históricas. George Bush Jr. miró el reloj mientras un ciudadano, entre el público, le formulaba una pregunta. La imagen dio la vuelta al mundo. «Parecía que le daba pereza escuchar al pueblo. Un fallo tremendo», comenta el también «media trainer» Yago de Marta. Desde entonces, algunos candidatos incluso prefieren quitarse sus relojes de pulsera.

La republicana Sarah Palin, en los ensayos, antes de enfrentarse dialécticamente al vicepresidente demócrata, Joe Biden, en 2008, se equivocó varias veces y lo llamó O'Biden. Debido a los nervios, mezclaba el nombre de Obama con el apellido Biden. Cuando llegó la retransmisión definitiva, Palin salió airosa del conflicto. Lo primero que le dijo al vicepresidente, tras los reglamentarios aplausos, fue: «¿Puedo llamarte Joe?». Los telespectadores, que no conocían la confusión anterior, lo interpretaron como un gesto de superioridad, de falta de complejo, y transformaron el lapsus original en simpatía de voto.

Debate «made in Spain»
En España las encuestas arrojan resultados muy favorables al PP. El contexto de crisis económica –agravado por problemas endémicos de nuestro país y unas cifras de paro de más del 20%–, benefician a Rajoy. Sus asesores, según fuentes cercanas, le aconsejan cercanía, empatía, calma, ser menos encorsetado. A Rubalcaba, por otro lado, le recomiendan un perfil fiable para salir de la crisis y mantener su guiño liberal y social para la izquierda. El catedrático de Comunicación de la Universidad de Lausana Blas Lara explica en términos didácticos la esencia de los encuentros de los últimos años, más basados en el impacto visual, que en el contenido. «El debate televisivo no es una altercación verbal, no es una defensa de tesis... Aunque puede tener algo de todo ello. Se sitúa entre dos modalidades extremas: el género propiamente expositivo, cortés y académico, y el esencialmente polémico, más del gusto de muchos espectadores». Lara también critica otros aspectos: «Existen otras motivaciones personales profundas –y quizás espurias– de las que a veces los actores mismos no son conscientes: la vanidad, hacerse oír, exhibir su capacidad retórica o elegancia verbal, posturismo narcisista». Quién sabe. Una de las novedades de este año es la presión de Twitter. Según Yago de Marta, «se intentará usar frases cortas, que puedan tuitearse rápido, en pocos caracteres, muy llamativos». El duelo estará en la red.

Para el segundo debate, el 9 de noviembre, Rajoy ha elegido al alcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón, una apuesta segura. Y de centro. Así podría «arañar» el voto de los indecisos y, según fuentes cercanas al PSOE, «incluso votos socialistas». Los resultados de Rajoy frente a Rubalcaba se sabrán mañana. Habrá un posible récord de audiencia. Se comentará en casas, bares y calles. Twitter premiará al campeón visual. Las urnas, al mejor Gobierno posible.

El mensaje: breve y repetitivo
En España, si se puede, los debates se evitan. Aunque el porcentaje de indecisos que cambian su voto es de un 6%, según los expertos. «Los espectadores usan los programas para afianzarse en su voto», comenta De Marta. «Si uno es votante de la derecha, valorará cualquier detalle positivo de Rajoy y obviará los fallos. Si uno apuesta por los socialistas, buscará señales de la ‘‘superioridad'' dialéctica de Rubalcaba». Para el analista, lo más importante es que el mensaje sea coherente, breve y repetitivo. «El vestir ya no es tan importante. Todos van iguales», añade. «El trabajo no es convencer sino llegar a la gente, crear imágenes...». El catedrático en Comunicación de la Universidad de Lausana, Blas Lara opina sobre los contendientes: «Rajoy, en el terreno ideológico, lo tiene todo ganado pero en la confrontación personal, Rubalcaba podría comérselo. Rubalcaba, por otro lado, evita lo que no le conviene y muestra una gran facilidad para desenfocar los problemas que le perjudican», cuenta por teléfono desde Suiza. Su blog, Tendencias 21, trata el tema.