«Zarkana» por arte de magia

En una noche inquietante, los relámpagos siembran el cielo y dejan ver las lápidas de un cementerio antiguo. Una figura poderosa cruza ante los ojos. Es un mago, no hay duda: capa roja, alto sombrero de copa, media perilla. Ha comenzado «Zarkana». Aunque no hay nada que temer, la cosa no va de terror.

Los cantantes Garou y Cassiopeée (arriba) dan vida a Zark, mago y maestro de ceremonias, y su amada; abajo, otra escena, con un monstruo de feria
Los cantantes Garou y Cassiopeée (arriba) dan vida a Zark, mago y maestro de ceremonias, y su amada; abajo, otra escena, con un monstruo de feria

Es más bien un ritual de magia y música, otra aventura de unos «enfants» ya crecidos especializados en hacer soñar al público, el Cirque du Soleil. El inmenso Radio City Music Hall acoge hasta el 8 de octubre, a varios miles de espectadores por función. «Es un lugar mítico en Nueva York, mi deber es conseguir que este espectáculo haga historia aquí», explica a LA RAZÓN François Girard, autor y director de «Zarkana». Una prueba de fuego para un montaje novedoso de los canadienses, cuya siguiente parada, el 9 de noviembre, será en el Madrid Arena de la capital española.
Con «Zarkana», el Cirque ha hecho bueno el dicho de renovarse o morir y se ha lanzado a un espectáculo que parece concebido a medida de Broadway: un musical en el que los protagonistas cantan sin descanso entre número y número de circo. También un montaje muy visual, con una potente apuesta tecnológica y llamativos cambios de escenografía para una historia mágica que parece sacada de un cómic o de un anuncio de principios del siglo XX. Nada que ver con la claridad mediterránea de «Corteo». «La historia no es narrativa, es más un espectáculo basado en personajes. Si es oscuro, lo es como podría serlo un cómic. Es más bien una oscuridad suave, como una ópera rock, o un cuento infantil», añade Girard.
Números de escaleras, barras rusas, trapecistas, un llamativo juego de malabares de rebote contra el suelo o la cuerda floja tan habituales como efectivos se combinan con propuestas artísticas sorprendentes como los dibujos de arena de Erika Chen o un número que deja a todos boquiabiertos: la rueda de la muerte de los hermanos Navas, un alarde de agilidad en una estructura metálica de varios metros que gira sin cesar sobre la que casi vuela la troupe de ecuatorianos.
Para el cineasta Girard –ha firmado películas como «El violín rojo» (1998) y «Seda» (2007)–, ésta es su segunda colaboración con la compañía. «El mayor reto es la creación. Lo primero que valoramos es la seguridad, y después seguimos los pasos de validar y probar cualquier cosa que hacemos. Eso nos da un ritmo muy lento. Hay muchas capas diferentes, el Cirque es una maquinaria muy compleja. Pero, si te adaptas, está hecho». Aún así, aclara, sobre la compañía y su emblemático presidente: «Siempre se me ha dado mucha libertad para trabajar y mucho apoyo. Guy Laliberté no interfiere. Lo cual, dado el tamaño de este proyecto, es muy llamativo».

Criaturas de barraca
Girard marca distancias con otro mago de moda, Harry Potter: «No estamos en esa línea. Este montaje no tiene nada que ver con otras cosas, tiene su propia voz». Para inspirarse, el director viaja a barracas de feria, las que Todd Browning inmortalizó en «Freaks», y cita en concreto las de Conney Island, allá por 1930. «Es un poco un freak show». Una criatura fetal en un enorme tarro de formol deja los momentos más extraños.